Manuel Telis, nuestro DT del barrio. El último romántico del fútbol local

Manuel Telis.

Por Gerardo Iglesias

Estaba sentado sobre una de las montañas de tierra que se habían convertido en improvisadas tribunas. Abajo, en la vieja e histórica “canchita de San Lorenzo”, a metros de la entrada al Itapé, ese hermoso balneario popular en el que aún se podía bañar en sus aguas, desconocidos jugaban un partido de fútbol. Era una prueba de jugadores de Gimnasia, en las semanas previas a su debut en el Nacional B. Manuel Telis miraba desde ahí arriba, con el pelo negro cayéndole en el rostro para ser despejado de un manotazo. Era la siesta de un día de semana, en el frío del 96. Hace 25 años. La Gata puso el ojo en dos o tres jugadores y no le erró. Habían pasado más de 50. La tarde se iba lenta con el sol tras los campos del Ejército.
La Gata venía en el banco como DT del Lobo desde hacía un tiempo. Se le había escapado en el 91. Fue, volvió, se cruzó varias veces con la dirigencia, pero había formado una base con espíritu de campeón. Y acá vamos a hablar de eso, de fútbol, de potrero, de picardía para armar equipos, grupos y jugar. El resto, se lo dejamos a los demás.
La Gata supo tener, en los finales del 70 y comienzos de los 80, ese kiosko en plena Plaza Ramírez, donde la Perón ya consumió casi una cuadra antes de llegar a la San Martín. Ahí, bajo un gran árbol, ese kiosko era el reducto de cierta bohemia y mucho fútbol. La redonda estaba siempre, porque era punto de paso y en esa época, la ciudad respiraba fútbol y Fórmula Entrerriana, sentados en uno de los viejos bancos de madera, pintado de verde, que había corrido hasta cerca de la pequeña puerta de ingreso al kiosko. Y después aquel bar frente al club Rivadavia, donde la pelota y el fútbol era dueños también. Manuel era eso. Respiraba fútbol, potrero. Tenía la viveza del que se sabía no tener la habilidad suficiente pero debía sobresalir en una época de oro de nuestro fútbol. Y esa viveza, ese ojo para el juego, lo llevó a la dirección técnica para escribir un capítulo entero de lo mejor de nuestro fútbol.
En la semana que se cerró se cumplieron 25 años de aquellos cruces conseguidos por el entonces presidente de la Liga, Ramón Roque Galotto, ante Patronato de Paraná para quedarse con la plaza a la B Nacional. Con la Gata en el banco fueron dos victorias, allá primero, con un inmenso Noni Alba, y acá con los tantos de Ronaldo Da Silva y el Yiyo Montalbetti, tras una comba exquisita, soberbia, soñada.
Ahí, en ese banco estuvo sentado la Gata mientras todo era delirio alrededor. La mirada picara, sabedora de lo que había logrado, que sus muchachos iban a jugar en la segunda categoría del fútbol argentino, honrando la historia toda del fútbol uruguayense.
La Gata supo respaldar a sus jugadores al mismo tiempo que libró batallas con la dirigencia que hoy serían un escándalo, de acuerdo lo que se maneja por estos tiempos. Pero siempre fue al frente, en esos duelos con los dirigentes, con los rivales en cualquier cancha o con algunos periodistas que lo tildaban de “vago” por no “trabajar” durante la semana en la parte táctica. La Gata fue el un exponente clásico de aquel fútbol romántico que ya no vemos más, de jugar sin miedo, al ataque como local y como visitante. El respeto por la pelota siempre, la elección de jugadores con buen pie y a jugar.
Por eso, cuando ando caminando rumbo al Núñez o a cualquier cancha de la ciudad recuerdo a Manuel. Recuerdo a La Gata y me apena que haya pocas referencias en el fútbol nuestro por alguien que hizo tanto por el. Olvidado por muchos, sin lugares, sitios o canchitas que lo recuerden, hasta las nuevas generaciones, esas que tapizan con sus banderas el Núñez, han elegido presidentes y hasta hinchas para sus trapos. Pero no a La Gata. Pocos saben de aquel 4 de agosto del 96. Cualquiera que pasó cerca de la cancha intuyó que algo importante pasaba ahí adentro, que ese pasto que se pisaba era testigo fiel de algo grande. Ese cemento mezclado con madera rugía porque adentro se estaba consumando un gran logro del fútbol uruguayense.
Y sentado ahí, al costado. En un banco de caños y chapas, Manuel, La Gata, prendía otro pucho mientras el militar que vestía de negro y embelesaba a con su porte de vendedor de espejitos de colores, pitaba el final del partido.
La Gata apagó el pucho, festejó con sus jugadores y ser perdió en el túnel. Lo que vino después fue otra historia que no le calzó, porque el club entraba en un profesionalismo que el despreciaba, a pesar de seguir un tiempo más. Eso no era para él. Por esos tiempos, El Noni Alba (junto al Nono y Jorge Herrera pilares del Lobo de Telis) declaraba que la Gata “era un gran armador de equipo, cuando repartía las camisetas pocas veces se equivocaba. Creo que en los últimos partidos sintió la presión y estaba un poco cansado de todo”. Con la misma precisión de su pegada, el Noni analizaba el agotamiento del DT que lo llevó a renunciar al cabo de la primera rueda de ese Nacional B, dejándole el lugar a Carlos Roldán, que terminaría descendiendo pero inaugurando otra etapa en Gimnasia. Los malos resultados, rivales más poderosos, escasos refuerzos y el modo de sentir el fútbol, entre semana y los domingos, de Telis fueron demasiado. Y se fue en soledad, mientras la dirigencia firmaba en el comedor de la vieja terminal de ómnibus su acuerdo con Roldán.
Con esa renuncia se terminó una época en el Lobo. Porque la Gata era nuestro DT del barrio, al que le calzaba perfecto el traje de reivindicar un fútbol romántico, que hoy quedó sepultado por el dinero y las urgencias, que nos emocionó siempre a todos. Porque la Gata y sus jugadores eran como nosotros. Eran nuestros vecinos, conocidos, compañeros de trabajo, novios de primas. Eran nuestros, los veías caminar por la plaza o te lo cruzabas en la pizzería, los venías viendo todos los fines de semana desde el local hasta los viajes por todo el país, buscando un gol para una siguiente fase.
En estos días de penurias futboleras, bueno sería retomar un poco las fuentes, beber de aquellas simplezas de hace apenas unos 25-30 años, acaso sea el mejor homenaje a un tipo que nos hizo felices los fines de semanas.