Por Roque Minatta
Cuando los primeros meses del año 1976, nos indicaron que debíamos militar de formas diferente para no ser descubiertos por los feroces patoteros y represores, se nos ocurrió que el pantalón vaquero, ya llamado jean en esa época, comúnmente de marca Lee o Levis, pesado, de lona, todos iguales, todos azules y todos gastados en piernas de militantes de la UES, podían ser una herramienta más eficaz para asociarla a la militancia. Los jeans, a diferencia de otros lompas, poseían seis bolsillos. Dos delanteros pegados al cinto eran chiquitos, molestos, inútiles, costaba meter los dedos en él, pero muchas veces nos aseguraban llevar la llave de casa segura para combatir la irresponsabilidad de adolescentes que nos acechaba por aquellos tiempos, porque antes de perder la cabeza, siempre se pierde la llave de la casa. Los otros dos también delanteros eran profundos y entraban en él los billetes, las biromes que se reventaban, las direcciones y teléfonos de la compañerada, las de las seudoconquistas y otras yerbas que ya empezaban a compartirse con la dura caja box de los 20 cigarrillos, box o se quebraban los particulares 30 por más compactos que hayan sido. Estos eran los bolsillos que necesitábamos, esos bolsillos delanteros largos y profundos deberían pasar a cumplir un rol militante y desplazar su carga a los dos de atrás que eran altamente inútiles hasta el punto que a veces se los sacábamos, de moda adolescente, nomás. Pero cuando decidimos que los bolsillos delanteros de nuestros vaqueros serían parte de la logística militante, los de atrás le hicieron el aguante y ahí fueron a parar los documentos de identidad, los pañuelos moquientos, los forros que nunca usábamos, las direcciones y teléfonos de los cumpas, los escasos billetes, y alguna que otra moneda.
Los bolsillos delanteros fueron transformados en depósitos clandestinos de volantes contestatarios contra la dictadura militar, volantes que rezaban la bronca contra los golpistas y represores y en defensa de la democracia, de las ideas y de la pasión que nos llevaba a la única forma que sabíamos de ser felices. Eso sí, debíamos repartirlos sin que nos vieran los botones, los servicios buchones delatores de la dictadura.
Pero ¿cómo llenar tablones futboleros, baldosas de plazas y de pisos de boliches sin que nos vieran? Fácil, estos bolsillos fueron mutilados y mal le cortábamos el fondo a los delanteros y sacudiéndonos en las baldosas de una plaza, saltando en un tablón de una cancha o bailando en una pista de una disco, los volantes se deslizaban recorriendo nuestros muslos hasta ser expulsados a la altura de los tobillos. Vaya suerte la nuestra que no existiera la moda achupinada en los jeans.
En fin, siempre existen formas de poder hacer algo clandestinamente y lo bueno es que los botones veían los panfletos pero la brutalidad de sus soberbias llevaba sus ojos vigilantes hacia nuestras manos, que siempre estaban arriba, y no se daban cuenta de por dónde fluían esos volantes anti dictadura. Mientras nuestras manos unidas se agitaban en las alturas, socavábamos la dictadura desde los tobillos.
Por eso digo “muchas gracias” a los bolsillos militantes de nuestros lompas.
(*) Profesor de Historia y Ciencias Sociales. Periodista y analista político.










