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jueves, julio 18, 2024

La palabra

Por Ana Hernández

Celebrar la palabra como puente significa ampliar los márgenes buscando el encuentro que faltaba. Galeano dice: “Uno escribe para despistar a la muerte y estrangular los fantasmas que por dentro lo acosan; pero lo que uno escribe puede ser históricamente útil sólo cuando de alguna manera coincide con la necesidad colectiva de conquistar la identidad”.

Entonces qué sería del mundo sin la palabra, probablemente existirán más cuadros que poesía y nos hubieran condenado a la no política. O peor aún todo serían números en las pantallas led, abriríamos los celulares para usarlos como calculadoras y pintaríamos un círculo rojo en la puerta para avisar que ya nos fuimos. Pero aún peor la pasarían los enamorados, mejor dicho, los enamorados cronopios, porque las esperanzas habrían aceptado que ese era el mundo que les tocaba vivir, en su hibridez y estado de confort.

Por las dudas, por si alguien no conoce la descripción de personalidades que hizo Cortázar. Los cronopios son de pensamiento romántico, de mente poética, son pasionales, con tendencia a soñar y con facilidad para apreciar la belleza. Idealistas, y antisociales, más desordenados que el cajón de medias. Normalmente, gente un tanto rara. Yo diría gente con el alma rota. Y, según cómo los representa, lo más raro no es la personalidad: están hechos de una materia verde y húmeda, y tienen forma redonda.

Las famas son algo así como la antítesis de los cronopios. Estirados, arrogantes y tienen todo planeado siempre, necesitan un orden, y son los más frecuentes entre puestos importantes y rectos. Las esperanzas en cambio aparecen menos a menudo en los cuentos de Cortázar, son un híbrido entre cronopios y famas. A parte de darles una menor presencia en su obra, el escritor los castigó también dándoles la personalidad menos interesante. Son muy aburridos, y suelen preferir los caminos más cómodos y seguros, dejándose a menudo dominar por cronopios, o por famas. Lugar y espacio súper merecido, si hay algo que produce sarpullido, entiéndase por esta erupción pasajera de granos o manchitas en la piel, es la moderación por miedo, porque la hecha por cálculo te convierte en otra cosa que Julio no categorizó. Son los que van por la vida con una cubetera en el corazón y el cinturón pélvico en el bolsillo.

Celebrar la palabra. El libro sólo es una consecuencia, en cambio la palabra, además de ser puente y de generar el acceso, forma parte de la poesía. Los sonetos se pueden romantizar o podemos hablar en serio porque la construcción de sentidos social de la vida y permanencia de la condición humana es la comunicación. Eso que las palabras se las lleva el tiempo es mentira. Es mentira la verdad que vendió el mercado como lo hizo con tantas cosas, el ocio empezó a categorizar en viaje o a ser obligatorio. El placer y el ocio no son sinónimos, al igual que la flor no es primavera.

Hoy regreso para defender la palabra, para devolverle su función legítima, esa capacidad de gritar todo lo que aún no tiene nombre. Le da existencia a la cosa. Cuando la voz callada del pensamiento quiso hacerse ver y oír, apareció la palabra. Durante miles de años ha ido transformándose y transformando, mutando la metáfora de la humanidad.

Para mí la madurez no pasa por aceptar las arrugas, ni los kilos nuevos o la flacidez que llegan más temprano que tarde sino por convivir y aceptar la crueldad, orgullosamente. Salí a robarles soles y palabras a los hipnotizadores de miradas y serpientes literarias.

William Faulkner dice: “Porque el que puede actuar actúa, y el que no puede y sufre profundamente por no poder actuar, ese escribe”. En mi caso es tener más iniciativa y curiosidad que talento para cambiar el mundo, por eso escribo sin suerte y sin éxito. Pero si lo tuviera dejaría de hacerlo al mejor estilo cronopia. Prefiero más otro consuelo y es: La palabra existe al igual que los orgasmos para ganarle un minuto a la muerte.

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