Por Ana Hernández
Podría hacer reseñas de nuevas series de Netflix que son las notas más leídas. También como dice Pablo Neruda hoy podría escribir los versos más tristes. No hacerlo nos haría cómplices de un silencio aturdidor. Hay una necesidad discursiva de negar la crisis estructural. Narrar o no narrar, he ahí la cuestión.
El dilema son los dos lados. Ambos se dividen en una disputa que es ideológica, pero sustancialmente es la misma de los últimos 250 años. Es la distribución de la riqueza, la distribución de los recursos naturales, hoy vitales.
La irrupción con desparpajo de las subjetividades que se identifican con figuras antidemocráticas, pero que vende de la manera más simple el empoderamiento popular, llama a cerrar ministerios o a eliminar la moneda local, por ejemplo. Todo es una manipulación mediática de la impotencia de la población que obedece a la incapacidad de significar. No estamos aptos ni entrenados ante la incertidumbre y el desconcierto. Fuimos educados y educadas para controlar. Los significados y los significantes ya no coinciden. En el reverso de esta ideología, aparecen las fantasías de la omnipotencia y los nacionalismos agresivos que sólo construyen identificaciones sociales que renuncian a la comprensión. Y eso lleva a que se niegue y se impida la narración de la misma.
En definitiva, no hay relato de la crisis, de una crisis pre existente y estructural que nadie quiere pronunciar. En la pospandemia, las complejidades vienen cargadas de asuntos sociales con dificultades para interpretar.
Incertidumbre y la vulnerabilidad
Un estudio realizado por la Universidad Nacional de San Martín, desarrollado a partir de 18 grupos focales por el Laboratorio de Estudios sobre Democracia y Autoritarismos (LEDA-Unsam), en torno de las creencias sobre la política y los políticos reflexiona acerca del océano de desconfianza, ira y desorientación que creció en la Argentina de los últimos años.
“La fragilidad de la vida pospandemia no encuentra relatos que den sentido a la experiencia de la incertidumbre y, del otro lado, los discursos políticos sólo usan la escena pública para exhibiciones personales o para comunicar un futuro opaco. ¿Cómo volver a construir las expectativas y esperanzas democráticas?”. Esa es una buena pregunta. Atravesamos un tiempo en el que todo se volvió frágil. En la vida cotidiana, en los sistemas económicos o en la esfera política, la fragilidad se ha convertido en una marca.
La revolución no será trasmitida
Hubo momentos históricos que superan a los pastelitos, los paraguas; los vestidos grandes y galeras altas. Las invasiones inglesas; el heroísmo del pueblo mestizo y esclavo, el cuestionamiento a la autoridad de Cisneros, la Revoluciones de La Paz y Chuquisaca; la rebelión contra el monopolio económico español y el papel que desempeñó Remedios del Valle son cuestiones perfectamente posibles de narrar y contextualizar en la actualidad, aunque nuestro canon no accidental no lo contempla.
Mientras más se demore en tener un relato, más tarde se resolverán o pulverizaran las viejas antinomias. ¿Qué nos queda y qué contextualizamos en la actualidad sobre una revolución que durante mucho tiempo era una foto de lluvia?
¿Qué resignificamos de un hecho histórico en torno del cual se escriben sólo memorias y no las condiciones económicas a las que se combatió?
La contracara promete de manera implícita una especie de refundación de la República, como si fuera posible de un instante al otro. Pasamos del discurso de solidaridad y el sueño de un mundo nuevo, a un mundo donde los nacionalismos se han extremado como respuesta ante la impotencia de no controlar las consecuencias. El discurso, incluso, se ha vuelto más irascible que la realidad.
Las palabras se volvieron vacías; los discursos se multiplicaron, pero ya nadie dice nada. Ya nadie escucha el eco de su voz y abraza en el torbellino el canto de las sirenas.










