La necesidad de la detección a tiempo. El hígado graso complica cada vez más

Es una enfermedad cada día más recurrente en muchos pacientes que asisten a consultorio por sus síntomas silenciosos. Cómo lograr controlar esta afección.

Por: Mario Bonnot

Lisa, llanamente, sin dar vueltas. El hígado graso o esteatosis hepática – como su nombre lo dice -, es la acumulación excesiva de grasa en el hígado que puede ser de dos tipos: no alcohólica por obesidad o diabetes, o de tipo alcohólica claramente por exceso de alcohol y puede progresar a daño hepático más grave como la cirrosis. Su tratamiento principal, difícil para muchos pacientes, es la pérdida de peso, dieta saludable y ejercicio, ya que no hay fármacos específicos para la versión no alcohólica. Por supuesto que evitar el alcohol es la manera de controlar el hígado graso cuando es del tipo alcohólico.



Desafío mundial

La acumulación de grasa puede pasar desapercibida durante años, pero ciertos factores de riesgo y hábitos alimentarios influyen en la aparición de complicaciones graves si no se detecta a tiempo. Es por eso que la enfermedad del hígado graso no alcohólico se ha convertido en uno de los desafíos de salud más frecuentes a nivel mundial dado que suele avanzar de manera sigilosa y representa una amenaza creciente, especialmente en personas con sobrepeso, diabetes o niveles elevados de colesterol. Para lograr su diagnóstico se requiere análisis de sangre, estudios de imágenes comúnmente de ecografía y, en ciertas ocasiones, biopsias hepáticas especializadas.

El hígado graso no alcohólico se produce cuando el órgano acumula un exceso de grasa en la zona superior del abdomen, sin que el alcohol sea el responsable. Existen dos formas principales: el hígado graso simple, donde hay grasa, pero poca o ninguna inflamación o daño celular, y la esteatosis hepática no alcohólica, que implica inflamación, deterioro celular y riesgo de progresión hacia fibrosis, cirrosis o cáncer.

La función del hígado

El hígado es el órgano interno más grande del cuerpo. Con un tamaño similar al de una pelota de rugby si se quiere. Con un peso aproximado de 1,4 kilos, realiza más de 500 funciones. Algunas de sus tareas diarias incluyen producir colesterol, secretar bilis para digerir las grasas y filtrar toxinas mortales de la sangre.

Uno de los mayores desafíos frente al hígado graso no alcohólico es que sus señales de alerta tienden a ser sutiles o incluso inexistentes en las fases iniciales. Por este motivo, muchas personas desconocen que padecen la afección hasta que surgen complicaciones o se detecta de manera fortuita en controles médicos de rutina.

Síntomas y control

Si bien hay ciertos factores de riesgo que aumentan la probabilidad de desarrollar esta enfermedad como el sobrepeso, antecedentes familiares de diabetes tipo 2 y niveles elevados de colesterol, suele ser una enfermedad de síntomas silenciosos.

Solo en algunas ocasiones pueden presentarse manifestaciones como cansancio persistente o dolor leve en la zona superior derecha del abdomen. Sin embargo, estos signos suelen ser inespecíficos y, en muchos casos, pasan desapercibidos por el paciente por lo que, en estos casos, los controles médicos periódicos resultan esenciales.

Una vez detectado la modificación de los hábitos alimentarios es una de las estrategias más importantes para prevenir y controlar el hígado graso no alcohólico. Los expertos coinciden en que una dieta mediterránea equilibrada y saludable es fundamental para reducir el avance de la enfermedad y sus complicaciones. Rica en grasas monoinsaturadas y ácidos grasos omega-3, y baja en carbohidratos, la dieta mediterránea ofrece beneficios significativos mediante el consumo de alimentos de origen vegetal, cereales integrales, legumbres, frutos secos y semillas, así como un uso frecuente de hierbas y especias, aceite de oliva, nueces, frutas y pescado. También quitando o limitando productos como pan blanco, pastas, dulces y chocolates, la carne roja y los productos con azúcares añadidos que deben reducirse al mínimo.

Finalmente se tiene que evitar el consumo de alcohol ya que incluso en cantidades moderadas puede favorecer el daño hepático y en caso de sobrepeso u obesidad, se debe buscar una reducción gradual de peso junto con acompañamiento médico para el control de posibles complicaciones adicionales.