Un pequeño club de rugby perdido en un paraje rural de algún rincón de Nueva Zelanda. Las chicas ponen manos a las obras para acondicionar los vestuarios. Pintar el techo no representa un problema, se les ha unido un flaco de 2 metros de altura: Ian Jones, ex segunda línea de los All Blacks, integrante del mejor equipo de todos los tiempos y Orden de Mérito por los servicios deportivos prestados a su nación. Ian Jones pintando con ellas, es como si Manu Ginóbili apareciera un día sin avisar en algún club de nuestra provincia y se pusiera a reparar las goteras del gimnasio con los chicos de U17. Esa es la escala de su humildad. Se habla mucho de “legado”, de “generaciones doradas” y hazañas deportivas extraordinarias. Pero todos los días personas como Jones, Ginóbili y muchos otros, verdaderos héroes anónimos, protagonizan hechos que dejan huella y demuestran el valor de hacer las cosas juntos.









