Hace casi 300, los antepasados de la fotógrafa Elena Anosova viajaron desde su pequeño asentamiento en el río Nizhnyaya Tunguska, en el extremo norte de Rusia, hasta la taiga, el bosque de la región subártica que se encuentra en el corazón de Siberia. Fundaron un pequeño pueblo en una región remota que propició el desarrollo de una forma de vida única, basada en un vínculo entre el hombre y la naturaleza, que continúa prosperando. De regreso en su tierra, Anosova documentó la vida en estas condiciones climáticas extremas que requiere un movimiento constante para no morir congelado. Todos se mantienen ocupados todo el tiempo: cazan, pescan, cultivan la tierra y los viernes a la noche se reúnen para beber y celebrar en una cita infaltable. No importa que la temperatura sea de -55°, un antiguo dicho local dice que un siberiano no es alguien que no tiene frío, sino alguien que está bien vestido.









