La década de Francisco

Por Emilce Cuda

En el comienzo de su décimo de pontificado, el tema que aún parece no entenderse es el de la unidad sin estrategia. Sin embargo, eso explica de qué pueblo y a qué pueblo habla Bergoglio. Cuando el joven rico pregunta a Jesús qué hacer para salvarse, el Maestro le contestó, sin dar cuenta de ninguna estrategia, que venda todo y se una. El joven se fue. Casi siempre se destaca en este pasaje evangélico la avaricia. Invito a detenerse en la unidad y se verá claramente de qué trata su reforma.
Ese pasaje permite entender por qué, en medio de la tormenta que representa un cambio de época y saltos tecnológicos que llevan al límite la continuidad de la vida en el planeta, el jesuita construye la barca sinodal de la unidad, capaz de portar la humanidad a la otra orilla, más allá del caos atómico, a salvo de la infinita multiplicación que desencadena un sistema criminal.
El 24 de febrero de 2022, mientras los líderes políticos enviaban a sus jóvenes a morir en una guerra que amenaza con ser la estocada final a un sistema de relaciones productivas agotado, el líder religioso de los católicos, con 85 años, tomó papel y lápiz y se sentó a escuchar a jóvenes para buscar juntos soluciones sociales concretas a problemas reales comunes. Esa es la barca, esa es la reforma, esa es la sinodalidad.
Su propuesta evangélica es una llamada a la unidad como bien común supremo, en tanto principio articulador de las demandas por necesidades y sueños vitales insatisfechos, antes que de demandas por intereses sectarios, políticos o religiosos, que lejos de unir, dividen.
La unidad social, producto del amor y no del espanto, es recuperada por Francisco para desacralizar la política y desideologizar la religión. El amor y la unidad son el momento de lo político, a partir del cual se constituye la estrategia que dará sentido a la unidad. Esto no es populismo, esto es cristianismo. Francisco dice que «los Apóstoles no preparaban ninguna estrategia», tampoco ningún plan para evitar riesgos. Es más, advierte que ellos no «hacen un nido» de selectos para salvarse. Por el contrario, ante la necesidad y la amenaza de muerte, a pesar de sus diferencias: confían, se unen y salen a dar lo que han recibido. Primero el amor y la unidad, luego la estrategia. Una lógica evangélica que el pueblo, sin metafísica, comprende.