LA CALLE en el primer título mundial de la Selección Argentina.

y El 25 de junio de 1978 el planeta tierra tenía unos 4.287 millones de habitantes. La Argentina estaba poblada por 27.146.121 personas. Ese 25 de junio en el Estadio Monumental de River, la Selección Argentina y la -en ese entonces- holandesa, sin Johan Cruyff, disputaron la final del campeonato mundial de fútbol ante 80.000 privilegiados.

Por Alfredo Guillermo Bevacqua



Este domingo, en el 240 aniversario de nuestra querida ciudad, se cumplen 45 años de la segunda final del mundo que jugó Argentina, y que esa vez se convertiría en la estrella inicial de las tres que luce hoy. Fui uno de los 80 mil que estuvo en el mismo piso del Monumental hace 45 años. Junto a este diario, tuve el honor de ser uno de los 2.416 acreditados para ocupar lugares reservados a la prensa; que presenció “desde el alto cemento del estadio encumbrado” (1) varios encuentros de ese Mundial, pero que precisamente esa experiencia de estar en el palco, disponiendo incluso de la “incierta ventana de una caja de luces” (2) que ante la jugada dudosa o el gol convertido, nos ofrecía el “replay” (3), la deseché a cambio de poder ver el juego desde el terreno, como si estuviera en la vieja cancha de la Liga, o en la de Gimnasia cuando el fútbol impedía salir por calle Galarza.

Con el tiempo me tocó la posibilidad de asistir al “Mundialito” de Montevideo, donde confluyeron todos las Selecciones campeonas del mundo, y también la de asistir a finales de Copa Libertadores y las Copas América de los años ’79, ´83, ’87 y ’95. Pero nada fue igual como aquella del año 1978. Hoy se cumplen 45 años del primer título mundial conseguido por la Argentina al derrotar a Holanda (ahora Países Bajos) por 3 a 1, con dos goles de Mario Kempes y Daniel Bertoni, y del alto Naninga, que obligó al tiempo suplementario.

Lamentablemente, un título legítimo, ganado por ser el mejor, porque en su equipo se alistó el mejor jugador del campeonato (Mario Kempes), el goleador (Mario Kempes), el mejor arquero (Fillol), el mejor defensor (Daniel Pasarella), ese título ha sido puesto en dudas, cuando la sola mención de los nombres que lo integraron y la fiereza y entrega con que jugaron, bastaría para despejarlas.

Ese Mundial pasó en el tiempo más oscuro y trágico de la historia argentina. De muertos y desaparecidos como nunca antes y después en el continente americano. Los salteadores nocturnos del poder, primero intentaron legitimarse ante el mundo con el fútbol; el pueblo y el mundo separaron las cosas; luego quisieron esa legitimación invocando un justo reclamo, mediante una guerra, en la que fueron víctimas “los pibes que jamás olvidaremos” (4). Fue un día inolvidable, de un período que obliga a la memoria para que nunca más se repita. Fue un día bien de junio, bien de invierno; ni una pizca de sol, totalmente nublado y frío; media hora antes del partido una tenue llovizna roció a “los sin techo”, pero fue fugaz.

Para el partido final las acreditaciones de prensa alcanzaron a 3.624; no fueron todos. Pero los organizadores al ver rebasado el sector destinado al periodismo, dispuso que sobre la vieja y ya desaparecida pista de atletismo de River, se dispusieran tribunas tubulares, destinadas a quienes se quedaban sin butaca y pupitre, cubiertos por el cemento de la Belgrano Alta.

Cuando llegué a Buenos Aires, Jaime Mir, el vicedirector de La Calle, me entregó el sobre con mis localidades para el partido por el tercer puesto Brasil-Italia y para el partido final. Ambas en el sector de prensa Tribuna 3, columna 61, fila 7, asiento A. Desde ahí sería imposible dar la vuelta olímpica. El domingo al mediodía almorzamos en Pippo, en las mesas con mantel de papel de diario y a las 13 horas desde el Teatro San Martín, donde estaba instalado el Centro de Prensa, partimos en el micro que cada cuarto de hora trasladaba gente de prensa hacia el estadio.

Aguardamos en el acceso reservado a la prensa para cambiar el ticket; apareció un alto y compuesto señor, con canas y estampa de redactor de editoriales; encaró al recepcionista y le dijo que “tenía ticket para pista de atletismo, pero que le permitieran ir al palco”; el empleado me señaló y le contestó, “puede cambiar con el señor que tiene palco y quiere ir a campo de juego”; miró con desconfianza e inquirió sobre la validez de mi credencial, le dijeron que era válida, con una arrogancia, propia de La Nación, tomó mi entrada, me entregó la de él y marchó rumbo al ascensor, yo hacia el campo de juego, a los tablones de las tubulares, que se me antojaron iguales a las plateas de Wembley o el Bernabeu. Me ubiqué en la última tribuna, poco antes del corner de Belgrano y Centenario; había tres periodistas holandeses, en el último escalón, un uruguayo y un italiano; los demás eran jóvenes parejas, y atildados señores, correctamente vestidos, sin grabadores, ni libretas de apuntes. Fue raro hasta el momento e n que escuché a un joven de pelo corto, peinado aplastado dirigirse a otro señor llamándolo “Mi capitán”. Es decir, las tubulares no solo era por la gran cantidad de gente de prensa.

A los 37´ del primer tiempo Kempes quedó a dos metros nuestros gritando su primer gol; y en el segundo tiempo cuando arreciaba Holanda en busca del empate, escuchamos nítido el quejido de uno de los mellizos Van de Kerkhof, cuando se dobló por “un cortito” que le aplicó Tarantini en el estómago; el holandés buscó con desesperación a Ramón Barreto, el juez de línea uruguayo, que a 2 metros de ellos, no escuchó, ni vio nada, es que estaba muy atento al juego, como para distraerse en “cosas tan comunes de un partido”. Desde ahí se pudo observar a tres jugadores en una actuación que seguramente no han repetido en sus vidas: Mario Alberto Kempes, Luis Galván y Ubaldo Matildo Fillol. El zaguero santiagueño, oriundo de un pequeño pueblito llamado Fernández, no perdió ningún mano a mano y solo no pudo con la altura de Naninga. Cuanto éste entró, promediando el segundo tiempo, Menotti se enojó con su ayudante Saporitti, porque le aseguró que tenía información que Naninga no jugaría; Menotti, pensaba que Daniel Killer, era el adecuado por su altura para controlarlo. En ese entonces solo podían estar a disposición del técnico 5 suplentes. Fillol, fue como Gatti que “atajaba el viento”, según Víctor Hugo, y qué decir de Mario Kempes, hizo dos goles, asistió en el tercero y en el suplementario hacía los saques desde el arco y le ponía la pelota en el corazón dolorido de Leopoldo Jacinto Luque (5).

Cuando Bertoni, finalizando el suplementario hizo el tercer gol, efectivos policiales se adelantaron y formaron casi una barrera sobre la línea de toque; inmediatamente, muchos nos acercamos y nos pusimos a la par de los efectivos, que pudieron cumplir su cometido solo hasta el momento en que Pasarella, copa en manos y en andas, inició la vuelta olímpica. Todos corrimos tras esa preciada Copa, símbolo de un título, que el fútbol argentino que había entregado para deleite del mundo geniales jugadores, aún no poseía… Y fue esa vuelta el más hermoso paseo que uno recuerda en una cancha.

El Obelisco, y todas las plazas, hasta las del más pequeño pueblito argentino, se llenaron de gente, cantando, saltando y bailando… Era un momento de euforia, de libertad; el dolor y el horror, estaban a pocas cuadras del estadio y no demorarían en volver. Ocurrió un 25 de junio de 1978. Este diario estuvo ahí, al lado de los campeones del mundo.

El número 38 del partido final. La palabra Extra se refiere a la ubicación en la pista de atletismo.