Argentina tuvo, entre 2023 y 2025, la peor performance industrial del planeta con una caída de la actividad de 7,92 puntos porcentuales.

La evidencia estadística disponible para el bienio 2023-2025 configura un diagnóstico que excede la coyuntura y exige ser leído en clave estructural: Argentina registró entre 2023 y 2025 la peor performance industrial del planeta en una muestra de 80 países, con una caída de actividad de 7,92 puntos porcentuales, en un contexto regional donde sus pares no solo evitaron la contracción sino que expandieron consistentemente su base productiva.
Chile creció 5,2%, Perú 6,5%, Uruguay 3,7% y Brasil 3,5% en producción industrial durante el mismo período. México y Colombia, que sí registraron caídas, solo retrocedieron 0,7% y 0,4% respectivamente.
La divergencia no admite explicación por factores externos compartidos.
Lo que dicen los datos verificados
La industria argentina comenzó 2026 con un uso de la capacidad instalada del 53,6%, nivel inferior al 55% registrado en enero de 2025, según el INDEC. En febrero, el indicador subió apenas un punto porcentual hasta 54,6%, pero marcó una caída interanual del 4% frente al mismo mes de 2025, cuando había llegado al 58,6%.
El promedio anual de 2025 es todavía más elocuente: la utilización de la capacidad instalada industrial promedió 57,9% en 2025, el nivel más bajo de los últimos diez años, exceptuando 2020 por la pandemia. Cuatro de cada diez máquinas disponibles en las plantas argentinas estuvieron inactivas durante el año pasado.
En materia de empleo, las fuentes convergen en un rango alarmante. Entre noviembre de 2023 y noviembre de 2025 se perdieron 72.955 puestos industriales registrados, equivalentes al 6% de la plantilla manufacturera total, y la industria expulsó trabajadores en 16 de los 24 meses analizados. Al extender el período hacia 2026, desde diciembre de 2023 se destruyeron 79.672 puestos registrados, con el sector industrial concentrando en el inicio de este año el 97% de las bajas laborales formales del conjunto de la economía.
La destrucción empresarial es igualmente verificable desde distintos ángulos: 2.436 empresas manufactureras dejaron de realizar aportes al sistema de seguridad social en los dos años transcurridos. Proyecciones más recientes del Observatorio de Industriales Pymes Argentinos elevan esa cifra a casi 3.000 establecimientos. Los rubros más golpeados fueron textil e indumentaria, productos metálicos y muebles, todas actividades intensivas en mano de obra con fuerte dependencia del mercado interno.
El deterioro sectorial tampoco es focalizado. Alcanza a 14 de 16 ramas industriales en producción y a 18 de 19 en empleo. Cuando la contracción es casi universal en el entramado fabril, el diagnóstico de ajuste sectorial transitorio resulta insostenible.
Lo que creció fue únicamente lo que no requiere política industrial para expandirse: la refinación de petróleo encabeza el uso de capacidad instalada con 88,9%, seguida por papel y cartón con 65,9% y sustancias químicas con 64,4%. La explotación de recursos naturales no convencionales tracciona. El entramado manufacturero con valor agregado, no.
La inversión que no llega y el daño que no se repara solo
La inversión bruta interna fija se ubica por debajo del nivel de 2022 en términos reales, con tendencia negativa en los últimos tres trimestres de 2025, y la sustitución de equipamiento nacional por importado se profundizó en todas las categorías.
Esto tiene una consecuencia que los modelos de equilibrio general no capturan adecuadamente: cuando una economía pierde capacidad de producir sus propios bienes de capital, deteriora simultáneamente su autonomía tecnológica, su balance comercial estructural y su capacidad de acumulación endógena.
El peso de la industria en la economía bajó del 16,5% en 2023 a 13,7% en 2025, según relevamientos de la Universidad de Buenos Aires. En paralelo, las exportaciones industriales de mayor valor agregado se derrumbaron un 28%. Esa combinación —menos industria, menos exportaciones manufactureras— retroalimenta la restricción externa estructural que históricamente limita el crecimiento argentino.
La pérdida de operarios calificados que migran hacia la informalidad es uno de los daños de más difícil reversión, advierte el análisis especializado. El capital físico se deprecia. Las redes de proveedores se disuelven. El conocimiento técnico acumulado no se recupera con una política de crédito cuando las condiciones macroeconómicas eventualmente mejoren.
La ecuación estructural que el mercado no corrige solo
Desde la perspectiva del desarrollo económico, la combinación de factores que explica este desempeño no es novedosa. Es el resultado previsible de una configuración de política que la teoría estructuralista identificó hace décadas:
Tipo de cambio real apreciado que erosiona la rentabilidad de los sectores transables no primarios. Apertura comercial acelerada sin instrumentos de reconversión: sin crédito sectorial, sin compras públicas orientadas, sin incentivos a la integración de cadenas de valor. Contracción del mercado interno que suprime la demanda sobre la que opera el entramado fabril. Con una contracción del 7,9% acumulada, el aparato manufacturero operó muy por debajo de los niveles previos incluso en comparación con economías europeas golpeadas por shocks energéticos y aranceles de la administración Trump.
El resultado es exactamente lo que la teoría predice: primarización acelerada de la estructura productiva. El PBI general creció en 2025 impulsado por sectores extractivos y financieros. La manufactura cerró el año en recesión y con actividad inferior al promedio de 2023. Esa divergencia interna es la señal más precisa del tipo de crecimiento que está consolidando el modelo actual.
Lo que el mundo está haciendo mientras Argentina mira hacia otro lado
Las economías más dinámicas a escala global son las asiáticas, que concentran el mayor peso manufacturero actual. Las que lideran la frontera tecnológica —semiconductores, baterías, industria verde, biotecnología aplicada— son las que combinaron apertura comercial selectiva con política industrial activa y de largo plazo.
El desarrollo no es proteccionismo anacrónico. Es la articulación estratégica entre apertura, inversión orientada y política productiva activa. Es lo que diferencia a los países que alcanzaron el umbral del ingreso alto de los que quedaron atrapados exportando lo que la naturaleza provee.
La segunda fase que no llegó
La estabilización macroeconómica es condición necesaria para cualquier programa de desarrollo. No es, en sí misma, desarrollo.
Las empresas que cerraron no reabrirán, el know-how y los equipos se dispersan, y los trabajadores que perdieron sus empleos difícilmente los recuperen en el sector. El daño no es solo de flujo: es de stock de capacidades productivas.
Una economía que estabiliza sus cuentas mientras lidera el ranking global de destrucción fabril no está construyendo el piso para el crecimiento futuro. Está consolidando una estructura que reproduce la restricción externa histórica: más dependiente de commodities, más vulnerable a los ciclos de precios internacionales, menos capaz de generar empleo calificado y divisas sostenibles en el tiempo.
Y ese costo —a diferencia del déficit fiscal— no aparece en ningún balance del Estado.










