Carlos Heller
Como he señalado en varias oportunidades en esta columna, la crisis sanitaria mundial ha dejado en evidencia el lado más cruel del sistema capitalista. Según datos de la OMS, en África, además de registrar un bajo nivel de vacunación, existen importantes brechas entre países. Mientras que en Marruecos se vacunó con ambas dosis a un 45% de su población, en Sudáfrica se llegó a sólo un 13% y en Kenya o Sudán sólo 1 o 2 de cada 100 habitantes accedieron a la vacuna. En contraste, a los principales países desarrollados les sobran dosis.
Una vez más queda demostrado que las economías deben ser reguladas por los Estados y que no hay que dejar cuestiones como la salud, en este caso, libradas al mercado.
Estas inequidades, además de perjudicar a las poblaciones de los países sanitariamente más relegados, terminan afectando al mundo entero con nuevas cepas o variantes. Producto de las restricciones que deben aplicarse para minimizar la propagación del virus, se afecta el desarrollo de la economía con altos costos sociales.
Pero estas situaciones no sólo se evidencian en materia sanitaria. La inequidad en la distribución del ingreso a nivel mundial genera situaciones en las que mientras un milmillonario invierte parte de su fortuna para recorrer el espacio o comprar una obra de arte por 35 millones de dólares, cientos de millones de personas no tienen acceso a una alimentación o vivienda dignas.
En definitiva, pedirle al sistema que por sí solo ofrezca un contenido humanista es ir contra la propia lógica del mismo. Esta proposición puede demostrarse, por ejemplo, con los desvíos de los beneficios de las grandes corporaciones hacia las guaridas fiscales, que privan a los Estados donde se generan esas ganancias de los recursos para llevar adelante las políticas públicas necesarias.
Según los últimos datos presentados por la OCDE, las estructuras impositivas de los países desarrollados suelen ser más progresivas que las de los países en desarrollo. El caso argentino es bastante particular. Las voces que alertan acerca de la “gran presión impositiva” que posee nuestro país, si bien son moneda corriente desde hace tiempo, no se condicen con la realidad. Según el citado informe, la recaudación tributaria como porcentaje del PIB en 2019 fue del 28,6% en nuestro país, algo mayor al promedio de Latinoamérica y el Caribe (23%) y por debajo del promedio de los países de la OCDE (34%).










