Hojas Sueltas… Ser para otros

Esther Vivas

La salud de las mujeres es un tema que no solemos tomarnos demasiado en serio y cuando se trata de la de las mujeres a partir de la mediana edad o ya en la vejez, es como si este fuera un asunto inexistente. El cuerpo y la vida de las viejas importan poco. Hace apenas unas décadas, las mujeres de tan sólo 50 y tantos años eran consideradas personas mayores, con escasas perspectivas y con una vida por delante que les deparaba pocas sorpresas. Sin embargo, desde mediados del siglo XX se ha producido un alargamiento espectacular de la esperanza de vida, de manera que vivimos prácticamente un tercio más de vida que antes y con facilidad nos podemos situar en los 80 y tantos inmersas en una vida llena de proyectos y significado propio. En nuestro país, la esperanza de vida de las mujeres es 5 años superior a la de los hombres, pero no siempre les sobrevivimos en buenas condiciones. Buena parte de la longevidad de las mujeres se fundamenta en su capacidad para la intimidad, la conexión y los vínculos afectivos. Esta facilita un estado de bienestar en cualquier momento del ciclo vital, pero en la edad mayor se convierte en un importante capital y un amortiguador de las pérdidas debidas a la edad. El hecho de que las mujeres vivamos más años, sin embargo, no significa que disfrutemos de un mejor estado de salud. Solemos presentar una peor salud generalizada y una mala salud percibida porque tenemos más enfermedades crónicas y discapacidades. Además, unas y otros enfermamos por causas diferentes, muchas de las cuales no se relacionan en absoluto con la biología sino la socialización de género. Desde la infancia ellos son socializados como “seres para sí”, mientras que nosotras lo somos como “seres para los otros”, por lo tanto, vivimos vidas dispares en términos de costos y de esfuerzos que afectan de manera diferente a nuestra salud. El estrés, la pobreza, la edad, las condiciones de trabajo, la desigual distribución de las cargas familiares, la falta de acceso a la cultura, la violencia (visible e invisible), la exclusión social, el estado civil y las relaciones de poder, se fraguan en la infancia. Y se consolidan como factores de riesgo a lo largo del ciclo vital, abocando a las mujeres en la vejez a una vida medicalizada, infeliz e insignificante.