Juan Giani
Uno de los temas que ha requerido la mirada permanente del pensamiento social es el de la ciudad. En tanto emblema espacial de la modernidad su centralidad y protagonismo encarna un conjunto de transformaciones antropológicas, económicas y políticas que se despliegan con fuerza a partir del Renacimiento. El fenómeno de la urbanidad es de larga data, pero su instalación como vertebrador primordial de la vida en comunidad se incrementa a partir del siglo XIX. Vale recordar aquí que la ciudad se estructura en torno a dos categorías claves: la de cercanía y la de concentración. Puesto de otra manera, allí las personas se conectan y se agrupan todo el tiempo, y partir de esa trama se ponen en marcha un conjunto de infraestructuras e instituciones cuyo uso es requerido por sus habitantes (transporte, escuelas, industrias). Si durante el siglo XIX a la ciudad se la exhibe como un progreso civilizatorio (Sarmiento la imagina como un antídoto contra el caudillismo), más de un autor del siglo XX la ve como una forma sofisticada de barbarie (Kusch o Martínez Estrada). Sin embargo, lo que hay que entender en el siglo XXI es que las ciudades no son una acumulación de casas, sino que son una concentración de oportunidades. Oportunidades de trabajo, educación, salud, transporte o incluso de recreación. Eso explica por qué la gente migra sin cesar desde el ámbito rural a las ciudades. Pero las ciudades que no planifican su crecimiento quedan entrampadas con enormes periferias en las que reina la desigualdad, la falta de infraestructura, el hacinamiento y la marginación que provocan una presión social invivible. El problema es de tal magnitud que deber ser abordado contemplando todos sus componentes. El costo del suelo urbano es uno. Sea por la especulación inmobiliaria o por la ausencia de políticas eficientes de reordenamiento territorial, la tierra en las zonas urbanas es inasequible para muchísimos ciudadanos. Las viviendas sociales, además de no cubrir el ritmo de la demanda, se construyen en la periferia, donde el suelo es más barato. Es tan alto el valor del suelo, que todos terminan viviendo en la periferia, allí donde no hay más que casas, donde no hay trabajo, no hay escuelas, no hay agua ni alcantarillado, no hay gas, no hay plazas. La rabia y la frustración bullen en esa olla a presión que son las ciudades mal planificadas y sin oportunidades.










