David Bueno
La Declaración de los Derechos Humanos de 1948 recoge de forma explícita, en el artículo 19, el derecho a la libertad de expresión: “Todo individuo tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; esto comporta el derecho a no ser inquietado por causa de las opiniones”, dice textualmente. Sin embargo, frecuentemente se matiza diciendo que este derecho puede ser restringido legalmente en varios casos, por ejemplo, para proteger la seguridad pública o salvaguardar el derecho a la reputación y dignidad de otras personas, etc. A pesar de que pueda parecer un contrasentido, porque en principio si se limita la libertad de expresión no se defiende este derecho sino que se coarta, suele justificarse para contener las diversas manifestaciones del odio, la intolerancia y la discriminación. Pero, más allá de eso, limitar la libertad de expresión afecta gravemente a la libertad de pensamiento. Con los conocimientos actuales sobre neurociencia educativa, que es la disciplina académica que analiza de cuál forma la maduración progresiva del cerebro afecta a los aprendizajes, sabemos que la forma en que se construye y madura el cerebro condiciona cómo pensamos y nos comportamos, a través de las redes neuronales que se van estableciendo en función de la educación que recibamos y de cómo la recibimos.
También sabemos que el pensamiento está estrechamente ligado al habla. Aunque podemos pensar en imágenes, sonidos y sensaciones, los pensamientos complejos se estructuran en torno a las palabras, ya sean habladas o silenciosas. Dicho de otro modo, la expresión oral, qué decimos y cómo lo decimos, y también qué nos dicen y qué nos dejan decir, hace nuestro cerebro y, en consecuencia, influye en qué pensamos y cómo lo pensamos. La libertad de pensamiento no es absoluta, porque depende de nuestra capacidad de imaginación. Sin embargo, un ambiente social que sea favorable y que promueva el pensamiento intelectual y la crítica potencia la imaginación y la libertad de pensamiento, favoreciendo el establecimiento de conexiones neuronales entre las zonas del cerebro implicadas en estas funciones. Limitar la libertad de expresión implica, limitar la crítica. Y esta limitación afecta negativamente a la libertad de pensamiento, que es la base de la sociedad democrática. Entonces, en lugar de limitar la libertad de expresión, como defienden algunos, no sería más democrático construir espacios de convivencia y respeto donde valorar las críticas ¿para ensanchar la libertad de pensamiento?










