David Bueno
A principios de la década de 1960 unos investigadores de la Universidad de Pennsylvania, liderados Martin Seligman, que trabajaban con perros vieron que, si los acostumbraban a tener descargas eléctricas sin la posibilidad de detenerlas, cuando después les permitían huir no lo hacían, sino que se quedaban acurrucados soportando estoicamente su destino. En cambio, si les permitían detener las descargas eléctricas pulsando un botón con el hocico, cuando después se les permitía huir no dudaban ni un segundo en hacerlo. En las personas se produce un efecto similar. De manera resumida, se ha visto que cuando creemos o nos hacen creer que no tenemos ningún control sobre la situación que vivimos, lo que nos pasa o nuestro futuro, y que por tanto todo depende de decisiones de otras personas, empezamos a manifestar comportamientos de indefensión aprendida. Algunos de los síntomas más habituales son sentimientos de frustración, la renuncia a derechos que deberían ser irrenunciables, la falta de esfuerzo por superar las situaciones que lo provocan, una disminución de la autoestima, apatía y pasividad, falta de motivación y procrastinación ( que es el hábito de dejar para más adelante acciones o actividades a atender). A nivel cerebral se han identificado diversas redes neuronales responsables de estos cambios de comportamiento. Destacan, entre otros, la amígdala cerebral, que es la encargada de generar respuestas emocionales como las de fuga y lucha, que quedan parcialmente inhibidas. Por eso la indefensión aprendida implica conformarse con lo que se tiene, por injusto y desagradable que sea, sin hacer nada por evitar o superar la situación.
Dada la situación de la política y la Justicia que se observa en muchos países , ¿realmente no hay nada que hacer? La respuesta es, evidentemente, que sí que hay mucho camino por recorrer. Estos mismos estudios en neuropsicología del comportamiento dan una respuesta clave. Se ha visto que no todas las personas respondemos por igual ante las situaciones que pueden generar indefensión aprendida. Las que tienen un carácter más pesimista quedan atrapadas mucho antes. Y las optimistas, si lo hacen consciente (y de eso se encarga otra zona del cerebro, la corteza prefrontal), pueden evitarlo. Es necesario, por tanto, mantener el optimismo, pero trabajando de forma querida y consciente la motivación, la autoestima y el esfuerzo, sin renunciar a lo irrenunciable. No debemos aceptar lo que no podemos cambiar; debemos trabajar para cambiar lo que no podemos aceptar.










