Hojas sueltas… (Im) parcialidad judicial

David Bueno

Uno de los fundamentos irrenunciables de una sociedad democrática es la independencia y la imparcialidad judiciales. Pero puede realmente ser imparcial la justicia o si, dada la idiosincrasia humana, esa pretendida imparcialidad es una quimera. Hace tiempo que se sabe que la estructura y el funcionamiento del cerebro, que se va construyendo a lo largo de la vida sobre la base de las experiencias de cada uno, condicionan la forma en que percibimos e interpretamos el entorno y las decisiones que tomamos. Esto incluye el comportamiento de los jueces a la hora de dictar las sentencias, como empezaron a examinar algunos trabajos científicos que plantean la cuestión de si la justicia puede ser imparcial. Sólo así podría entenderse, pero en ningún caso justificar, que ante un mismo delito, haya sentencias vergonzosamente dispares. ¿Pueden los jueces abstraerse de los sesgos de su propio cerebro? La respuesta es que no. Se ha visto que hay tres aspectos que afectan poderosamente a las decisiones que toman. Uno es el aspecto emocional. Las emociones son patrones de conducta preconscientes, y sólo si prestamos atención las podemos racionalizar. Cuando se toma una decisión, también judicial, la zona del cerebro más activa es la amígdala, implicada en la generación de emociones. Esto no significa que las decisiones no puedan incluir elementos racionales y reflexivos, sino que no podemos evitar los factores emocionales, que son inconscientes y dependen de las experiencias y convicciones de cada persona. El segundo aspecto es la empatía que el juez siente hacia los acusados, que entre otros factores depende de su sentimiento de pertenencia a un grupo, en comparación con lo que presupone en el acusado. Trabajos en neurociencia aplicados a las decisiones judiciales han destacado el llamado sesgo de confirmación. Se ha visto que cuando se aporta cualquier prueba, con independencia de que sea verídica o falsa, existe una tendencia muy marcada a sobrevalorar y creer la que coincide con los preconceptos que se tenían, y a infravalorar o descartar la que los contradice, también de forma inconsciente. Por tanto, los preconceptos y la ideología previos de los jueces influyen innegablemente en el valor que dan a las pruebas. Como decía el filósofo del derecho Charles Perelman: “la tarea cognitiva real que realizan los jueces no es tanto descubrir la verdad sino justificar la posterior sentencia que dictan de forma mucho más intuitiva”.