Esther Vivas
Aunque no hay ninguna diferencia nutricional entre los huevos blancos y marrones, ni de calidad, los consumidores prefieren los marrones porque se han asociado desde hace años con huevos de campo. El color depende de la raza de la gallina, las marrones ponen huevos marrones, y las gallinas blancas de tono blanco. El color de la cáscara no tiene nada que ver con la calidad del huevo. Sin embargo, estos hábitos de consumo tienen un impacto en el tipo de gallinas ponedoras que se crían, priorizando unas razas por encima de las otras, con la consiguiente pérdida de diversidad ganadera. Lo mismo ocurre con el consumo de legumbres, cereales, frutas, verduras, carne o lácteos. Cada vez nuestra alimentación depende de menos cultivos. La ingesta de arroz, soja, trigo y maíz, que años atrás se limitaba a determinadas zonas geográficas, actualmente se ha globalizado. Además, lo han hecho sólo ciertas variedades. En la actualidad, tan solo cinco tipos de arroz proporcionan el 95% de las cosechas en los mayores países productores y el 96% de las vacas lecheras pertenecen a una sola raza, la holandesa o frisona, mejorada por estos lares con la Holando-Argentina. Pero estos avances nos llevan hacia un mundo con menos diversidad y mayor inseguridad alimentaria. Se nos ha reducido el abanico de lo que comemos en función de los intereses de las empresas agroalimentarias. Ya sea porque, como en el caso de los huevos, la industria se ajusta a los gustos de los consumidores o, como sucede en la mayoría de las ocasiones, se apuesta por aquellos alimentos más productivos. Se trata de una dinámica que reduce la diversidad agrícola y ganadera, en beneficio del mercado. La pregunta es: ¿qué sucederá si un día una plaga o una enfermedad afecta a dichas variedades? Y no sólo esto, una de las consecuencias de una dieta poco variada es que resulta más difícil ingerir los micronutrientes necesarios. Al mismo tiempo, la preferencia por alimentos densos energéticamente, basados en un número limitado de cultivos agrícolas y productos procesados se asocia al aumento de enfermedades como la diabetes, problemas de corazón o algunos tipos de cáncer. Una situación que se agudizará con el cambio climático, ya que la intensidad de los fenómenos meteorológicos asociados al mismo impactará de lleno en la producción agraria. Una dinámica que afectará en particular a las poblaciones más vulnerables.










