Hojas Sueltas… Divorciados de las ciencias

David Bueno

El avance de la ciencia tiene un impacto indudable en todos los aspectos de nuestra vida, tanto aquellos prácticos, por ejemplo, en biomedicina y nuevas tecnologías de la comunicación, como culturales, en el desarrollo de nuevos paradigmas filosóficos, como la posición que ocupamos en la naturaleza o el concepto de libre albedrío, a partir de estudios de evolución y de neurociencia cognitiva respectivamente. A pesar de ello, las estadísticas indican que ni los medios tradicionales ni los emergentes consiguen hacer llegar con efectividad estos avances a la sociedad. ¿Cómo hacer que el intelecto se interese de forma espontánea y natural por la ciencia? Tradicionalmente se ha dicho que el hemisferio izquierdo del cerebro suele estar especializado en calcular y cuantificar; es analítico, busca la predictibilidad y hace abstracciones; aplica leyes y reglas; es explícito, mecánico e impersonal; genera hipótesis sobre la información que se le presenta y busca algoritmos para predecir qué pasará. En cambio, el hemisferio derecho estaría más atento al conjunto de datos y a su contexto; nos permite comprender las metáforas, la ironía y el humor; es intuitivo e imaginativo, implícito, empático y emotivo. Aunque esta visión no es estrictamente cierta dado que el cerebro funciona como un todo integrado, lo cierto es que todos estos procesos se realizan, inicialmente, de forma más o menos independiente en circuitos neurales específicos, para generar finalmente una única vida mental integrada, la de cada uno de nosotros. Los aspectos tradicionalmente asociados al hemisferio izquierdo tienen una clara relación con la forma que tiene la ciencia de progresar, a través del método científico, un proceso metódico, calculador, racional y analítico en el que uno no debe dejarse llevar por las emociones. Sin embargo, en nuestra vida diaria, las emociones juegan un papel primordial. Todos los estudios en neurociencia cognitiva, por ejemplo, indican que el componente emocional es mayoritario en todas nuestras decisiones, fundamental en cualquier proceso de aprendizaje y clave para determinar nuestros intereses personales, incluido el interés por la ciencia. Uno de los principales problemas para que la ciencia llegue al conjunto de la sociedad es que habitualmente en su transmisión no apelamos a las emociones de las personas a quienes va dirigida, sino mayoritariamente a su racionalidad, lo que no permite que el cerebro se estimule en su conjunto y, en consecuencia, limita el interés intelectual hacia ella.