Ariel Vercelli
Cuando en 1960 una empresa llamada Simulmatics participó en la campaña que llevó a John F. Kennedy a la presidencia de los Estados Unidos, la cantidad de subconjuntos en que podían dividir a los potenciales votantes era 480. Lo que procuraba la Simulmatics era determinar qué elementos de discurso político generarían diferencias favorables. Es decir, conclusiones tales como: “decir tal cosa hará perder esta proporción de votos del segmento X, pero eso se compensará con creces ganando votos del segmento Y». Las computadoras más potentes de aquellos tiempos tenían una capacidad de cálculo, memoria y almacenamiento que eran apenas una ínfima fracción de las del más modesto de los teléfonos celulares que usamos hoy. Tampoco existían medios de comunicación tan específica y sutilmente direccionables como son hoy las llamadas redes sociales para hacer llegar mensajes a medida. Por eso en la actualidad, gracias a las “trazas” que vamos dejando en cada actividad que realizamos en línea (incluyendo nuestras interacciones con otras personas) es posible segmentar nuestras preferencias y aversiones en centenares de miles de categorías. Cada uno de nosotros porta consigo, a todas horas y adonde quiera que nos movamos, un dispositivo que nos localiza con precisión de centímetros y al que confiamos nuestros sentimientos más profundos. Ya no sorprende a nadie que después de mencionar algo en una conversación en línea, o buscar un objeto determinado en la Internet, nos aparezca de inmediato publicidad relacionada. Nuestros detalles más íntimos, aquellas cosas que sólo diríamos a personas en las que confiamos ciegamente, están expuestos. Estamos atrapados en una máquina que aplica las disciplinas de la guerra psicológica a los asuntos de la vida ordinaria, que manipula opiniones, explota la atención, atomiza comunidades, aliena a las personas y socava la democracia. El empleo de enormes volúmenes de datos sobre las personas e ingentes recursos de cómputo en los procesos electorales, con el fin -al menos pretendido- de “inclinar la balanza” en favor de candidatos o posiciones determinadas, es hoy una realidad de la que todos somos conscientes. Pero, la dimensión y las consecuencias de estas manipulaciones, todavía las ignoramos. La cuestión de fondo se extiende aún más allá de la posibilidad de manipular una cantidad de votos: ¿estamos dispuestos a resignar nuestras libertades y nuestros espacios personales a cambio de un discurso halagador o una oferta oportuna? Como sociedad merecemos darnos una respuesta, antes de que sea demasiado tarde.










