Por Marcelo Sgalia (Redacción de LACALLE)
Hay un siempre para la batalla
Y la razón que te demora
Si hay una sombra para cada luz
Corras a donde corras…
Las historias, esas que duelen y estuvieron merodeando a la muerte, son la bienvenida tras esa puerta que solamente abre el sol y cierra la luna. Las historias tienen cuerpo y alma, viven en cada uno de ellos y se cuentan cada vez que alguien llega para prestarles atención. Esas historias, tristes y muchas, se mezclan en el aire, duelen, generan lágrimas, convidan abrazos y venden la esperanza de los que perdieron, de los que creyeron que ya no había mañana. Pero hay un siempre para la batalla, como canta La Renga.
Ahora, en este lugar a dos horas de Concepción del Uruguay, en Zárate, son 124 los que pelean contra las adicciones –en general a las drogas– y los que buscan cumplir en esta granja de rehabilitación los 24 meses para tener la posibilidad de una vida digna. La cocaína, el paco y otras drogas que les vendieron como la llave a la felicidad, hace un rato les mostró su verdadero menú: la cárcel, la muerte y estos lugares. No hay más caminos.
Vencer para Vivir es un programa y diez sedes. Una de ellas es la de Zárate. Ahí están esas pesadas 124 historias. Y de esas, entre 70 y 80 son de nuestra ciudad. Esta granja tiene unos 4 años bajo un programa que ya tiene más de dos décadas en marcha en diversos lugares y que nació cuando un padre recuperó a un hijo de este flagelo hace unos 25 años. Los que pasaron por ahí y completaron el programa, sin una sola pastilla de las que ofrece afuera el sistema para adormecerlos, lucen sus cuadros de “Recuperados”. Y ese título en ese cuadro los dan estas Universidades de la Calle, entre una ruta y un río.
Ese “RECUPERADO”, así en mayúscula, luego podrá ser un Coordinador. Otros rescatarán pibes en la misma situación que cuando ellos llegaron y mostrarán el camino. Se transformarán en ese puente necesario.
Ante las vacantes, lamentablemente en un flagelo que lo único que hace es crecer antes los discursos de siempre de los que gobiernan, se está pensando en seguir abriendo más lugares. El sistema perverso y el mensaje que en la vida los que sirven son los que ganan termina con el poder empastillando a éstos gurises, escondidos en la miseria de la droga; mientras las fotitos enviadas a los medios nos boludea como si fuéramos idiotas. Los gurises siguen muriendo, muchísimos ni siquiera llegan a éstos lugares para intentar recuperarse y los poderosos de siempre se siguen llenando de guita.
Esas 124 historias pelean contra sí mismas en Zárate. Tienen a un lado la Ruta de los que corren y del otro, el límite es el río que los mira con la tranquilidad necesaria. Ellos saben lo que significa estar entre la vida y la muerte. Las historias tienen nombre y apellido. Tras eso, aquí se cuenta en números: “Los meses que llevo o los meses que me faltan”.
La droga no distingue edades ni clases sociales. Y esa variable se muestra claramente en esta hectárea, donde esas 124 historias conviven, se escuchan, se ordenan, se abrazan y sobre todo se luchan. Entre todos, con respeto, como esas filas que se arman para bañarse. «Esto funciona como una escuela de vida», dicen sus directores, pensando en la reincersión.
El lugar crece, entre la ruta y el río. Es producto del laburo de todos los días de esas cabezas ocupadas que se dividen en grupos y por sectores, para mejorar el lugar. Barbería, carpintería, cocina, limpieza, animales, huertas, biblioteca, un comedor comunitario, etc. Oídos para escuchar, siempre, y abrazos disponibles a toda hora. Porque como se lee hasta en los árboles la palabra AMOR es la clave de lo que seguramente faltó o no alcanzó.
Los domingos son para las familias. Las salidas permitidas, con un coordinador, después de los seis meses. Las etapas son nueve y las primeras las más difíciles. El título luego de dos años. Porque hay destinos que no tienen pruebas, como dice la canción “La razón que te demora”.
Quizá el destino sea una mentira
Quizá lo único que quería la vida
Era terminar con vos.
Hay que vencer para vivir, como rezan los árboles que baña este río y donde un par de gurises se abrazan a unos libros mientras el atardecer los invita. Esas historias, las 124, quieren volver a jugar. Saben que se entrenan todos los días para el partido más importante, el de la vida. Pero el de otra vida. Las que todos merecemos tener. Allí hay varios futbolistas jóvenes de nuestra ciudad que ahora, desde hace meses juegan en serio y a otra cosa. El fútbol y el básquet también tienen su lugar ahí. Como terapia.
La ruta sigue más allá
de las luces de la autopista,
secando al ojo de la lágrima
Te perderás de vista
Como un relámpago en la fría noche
Cruzarás los abismos
Esos que guardan a la sombra
Que te ocultan de vos mismo…
* Dedicada a mi hermano Adrián Sgalia. Y a todos y todas los que ponen el cuerpo por una vida mejor, en un mundo tan desigual y cruel.












