Con motivo de la celebración del centenario de la Escuela Taller Tadea Jordán, María Dolores Bonnín de Bourband, una ex alumna y docente de la mencionada casa, residente actualmente Paraná, quiso estar presente en los festejos a través de las siguientes líneas acercadas hasta la redacción de LA CALLE.
“Como ex alumna y ex docente de la Escuela Tadea Jordán, adhiero a la celebración de su centenario. Este texto es homenaje y reconocimiento a las maestras, profesoras, colegas y alumnas, que, en dicha institución, me formaron y guiaron por el camino del tejido.
“La señora Carlota. No hubiera sido lo que soy sin el ir y venir de las hebras con que tejí esa red de errores y de aciertos, de amores y de olvidos que sostienen una historia contada por poetas de fibras y colores. Cada día recorre su casa de punta a punta, no quiere cuartos cerrados. Mientras camina abre ventanas, corre una silla, acomoda la esquina de la alfombra. En su andar llega a la galería, quita hojas secas de las plantas que resisten, y le pone la cara al sol de otoño, que le recuerda la hora de ir a dar clases.
“La señora Carlota conserva un poco de su agilidad, cuando, como en puntas de pie, deslizaba su escaso metro y medio entre los grandes telares. Sentada en el sillón donde su madre reposaba la siesta de invierno, (entre las matas que fueran jardín, le parece ver a sus niños deslizándose en el tobogán, ahora restos, o volando en la hamaca, pura cuerda despeinada colgada del viejo árbol. Madera al fin, como esas moles de tejer, de donde emergía un farol de rulos pelirrojos, guiando cada labor.
“La señora Carlota, ama y señora de ese universo de creaciones y de colores inventados, en el que sus ojitos todo lo veían, y donde al tacto distinguía los cabos de una hebra. Maestra de la técnica ancestral que atraviesa nuestra historia, y que se hace cotidiana en la necesidad de abrigo y de compañía.
“En el enorme salón, su voz apenas ronca sentenciaba: cuidado con esa orilla; más floja la trama; te ayudo a arreglar esta falla; hay que ensamblar el hilo de la urdimbre, y mil otras sabidurías de sus delgados labios, en los que siempre cabía la sonrisa. La misma mano que sacaba el pelo de los ojos a una alumna, en otras enderezaba la espalda, se preocupaba por su abrigo, por su salud, por su familia. Y uno se preguntaba: cuándo tenía tiempo de comerse las uñas.
“Con ella aprendí a aprender, hilando fino ante cada golpe. Me enseñó a enseñar, doble desafío del arte que sana: el pensamiento y la acción; la idea y la praxis. Los nudos desatados que anillaron sus articulaciones, son dolores que le impiden el mano a mano de la tarea del tejido. Con el dolor del alma, sabe que se le pasó la hora de ir a la escuela. Y, entonces, regresa al interior de su soledad, su mirada inquieta busca algo, no sabe qué. Va hasta la biblioteca. Tiene más libros por leer, que los que ha leído. Toca los lomos de cada uno mientras reconoce el aroma de las páginas que pierden el tiempo de las ilusiones.
“De repente algo llama su atención, es una copa que contiene varios ovillos de lanas de colores. Es el mensaje subliminal que le dejara su querida maestra: ‘Mientras guardes algo del material de tu último tejido, tendrás ganas de seguir con tu vida’. Otro de los mitos de la tejedora. Lo pone en duda y al fin decide que vale la pena probar su certeza. Saca los ovillos y desenvuelve cada uno con delicadeza. Hay algo oculto en ellos que quiere descubrir. Se pregunta por qué guarda hebras entre los libros. Descansan sus manos y su mente. Entrecierra los ojos.
“El silencio de su voz interior le recuerda que hace mucho tiempo tramó con palabras la urdimbre de las hebras. Desenreda las palabras, elige una hebra y con paciencia teje su propia leyenda”.









