Por Gerardo R. Iglesias
La reposera había perdido los colores en las tardes del Itapé y apenas sostenía la humanidad del Pocho, que puteaba por lo bajo, con el Particulares (verde) entre los labios. Puteaba porque pensaba: «ta madre, son las dos de la tarde, no pasan ni los perros y la Lita quiere tener abierto por el sabalaje que pasa para el balneario ¿Quién carajo va a comprar una banana pa´llevar al río. Ja joder”.
Los cajones, por la mitad, se apilaban en escalerita, dejando un fino paso por la vereda, bien en fila, derecho a los ojos entrecerrados, pero atentos, del Pocho cuando alguien pasaba. Sabía que los manotazos para que desaparezca una manzana son rápidos. Más a las dos de la tarde, en verano y los gurises con ganas de joder.
Las cortinas colorinches eran la puerta de entrada al negocio que, justo es reconocerlo, la Lita lo tenía impecable. Poca mercadería y cara, pero de limpieza, de punta en blanco mire. Y esa pureza contrastaba un poco con la crotera del Pocho que se había entregado después de una juventud gloriosa, con la sonrisa “de coté”, el pelo engominau y el porte de pecho amplio que le calzaba justo al apodo peronista que portaba con orgullo. Porque para él, para el Pocho, todo era Perón, Eva, el Barrio y el Club. La Lita lo había domau con el paso del tiempo, con sus caderas que se fueron ensanchando junto con el amor por Pocho, que aún cargaba esa dolorosa puteada. Mochila pesada, dolorosa y real, trepando eternamente en su espalda cada vez más encorvada
Lo único del Pocho en el negocio eran el banderín del club y la foto del equipo subcampeón del 64. En esa foto, el Pocho calzaba la 2, era rústico como pocos pero daba miedo verlo. Los memoriosos cuentan que varios nueve rivales terminaban jugando por afuera para evitarlo, porque el Pocho no distinguía pelota de tobillo. En su cancha o en otra. No tenía miedo el Pocho y su fama cruzaba toda la ciudad, metiendo respeto en todos lados. Ese equipo fue subcampeón tras ir puntero todo el torneo. En la última fecha, con el empate ante los cajetillas de la ciudad, daban la vuelta en la cancha de ellos. Para el Pocho ese partido era todo. Primera vuelta olímpica del club de su vida, alegría para todo el barrio y un posible pase al club de la contra de los cajetillas. Pero esto no le importaba al Pocho. “yo juego para mi club y mi barrio. El resto es saraza”.
El partido se iba en cero y la hinchada del sur, que se había cruzado el pueblo caminando, ya festejaba.
En el minuto 89´, un rechazo largo de la contra viajó a la cueva que custodiaba el Pocho. Todos esperaban que la reventará otra vez, a cualquier lado, como tantas otras ordinarias veces, como tantos otros partidos. Pero no. El Pocho esta vez decidió pararla con el pecho y salir jugando. El wing de ellos, que era un chijete, se la robó y clavó el gol, el de la victoria y del campeonato para los cajetillas.
Fue un silencio total. Todos miraron al Pocho. Lo único que se escuchó fue “Pocho y la puta que te parió”.










