El recuerdo de Enrique “Mago” Irel, una gloria del fútbol uruguayense

El “Mago” obtuvo cuatro títulos con Engranaje y cinco campeonatos entrerrianos.

Por Guillermo Bevacqua
Nos cruzamos con otro septuagenario, -como uno-, de aquellos que nos acodábamos en el alambrado bajo de la cancha de Atlético, allá frente al cementerio; de los que nos arrecostábamos en los eucaliptus de “la cancha de la Liga”, y con su ingenio tribunero, nos gritó “¡Que cuadrazo está armando “el Barba” en el cielo; lo llevó al Diego, como técnico a Sabella, y lo convocó al Enrique”.
“El Enrique”, “el Mago” Irel, el de Engranaje, el de la selección liguista, el que hubiera sido crack en Buenos Aires, en Rosario, en Córdoba, en cualquier cancha del mundo.
¡Qué extraño destino el de nuestros grandes jugadores! Ahora, que la televisión y la tecnología nos brinda una platea en el Bernabeu, el San Siro, en Old Trafford, o en el mas hermoso del mundo, en ese que todo futbolero quiere conocer, que todo futbolista quiere jugar: la Bombonera; e imaginariamente nos trasportamos en el tiempo y la comparación en el recuerdo y el interrogante se transforma en certeza: Enrique Irel tenía nivel para jugar en el fútbol grande.
Para nosotros, para los uruguayenses, fue un jugador inmenso: figura excluyente del equipo que rompió definitivamente la hegemonía en los campeonatos locales, convirtiéndose en el primer tricampeón que no se llamara Atlético o Gimnasia. Fue en el trienio 1967, 1968, 1969 en el que postergó a los “grandes” locales, junto a compañeros que eran el complemento de tanta calidad y jerarquía, como Justino Barcos, Adalberto Zurmulhe, Alfredo Domingo Riquelme, Héctor Núñez, entre otros, o en el 1979, cuando luego de un paso por el fútbol del interior del departamento, con 37 años volvió a vestirse de azul para dar una nueva vuelta olímpica con Engranaje. En esta oportunidad seguían Héctor Núñez y Alfredo Domingo Riquelme, y se habían sumado Miguel Mosca, Mario Leiva, Mario Miret, Mario Amarillo. Fue su despedida triunfal; fue el último año en que pudo apreciarse su fútbol lujoso, fino, exquisito. Sus goles no tenían contundencia, no eran explosivos; tenían la suavidad de la caricia a una novia; no podía ser de otra forma porque jugaba en puntas de pie, tal vez por el terreno de nuestras canchas, pero ello no hacía mas que darle otra dimensión a su figura. Demostraba que aún en campos “bombardeados” se podía ser elegante y entregar “redondita” y tranquila una pelota al compañero.
Aún en sus momentos de esplendor mantuvo un bajo perfil; mostrando en la vida diaria, la serenidad con que nos deleitaba en la cancha durante noventa minutos. Hace unos años, una enfermedad le había quitado una de esas piernas que empujó hacia la red cientos de pelotas. El lunes 7, Enrique Irel, “El Mago”, uno de los más grandes de nuestro fútbol, murió. El 11 de noviembre había cumplido 78 años.-

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