
Arquitecto – Docente
Se vuelve a discutir de proteccionismo y libre comercio en la Argentina. Es muy frecuente que en nuestros debates caigamos en la trampa de los eslóganes vacíos, olvidando que la política —y sobre todo la economía política— debe ser, ante todo, una herramienta para mejorar la vida de las personas.
En “Best Things First” (“Las mejores cosas primero”), un libro de Bjorn Lomborg publicado en 2023, este autor danés, conocido por su enfoque pragmático y basado en datos a través del Copenhagen Consensus, nos plantea un desafío ético: si tenemos recursos limitados, ¿dónde debemos invertirlos para generar el mayor bien posible?
El comercio como motor para reducir la pobreza
El libre comercio es mucho más que una teoría económica con sólido respaldo científico y abundante evidencia empírica a lo largo de siglos; para los países en desarrollo, y muy especialmente para las naciones más pobres, el libre comercio no es una entelequia académica; es la diferencia entre el estancamiento y el progreso. Lomborg es taxativo: de todas las metas que el mundo se ha propuesto para 2030, el fomento del libre comercio es una de las que ofrece el mayor retorno social por cada dólar invertido.
El argumento de Lomborg se alinea con una tradición que va desde los fisiócratas, Adam Smith y David Ricardo hasta los pensadores liberales modernos: el comercio permite que los países se especialicen en lo que hacen mejor, lo que aumenta la eficiencia y, por ende, la riqueza total. Pero Lomborg le añade un barniz de urgencia humanitaria. Para él, el comercio es una «máquina de sacar gente de la pobreza».
Los tres pilares de la apertura económica
¿Por qué el libre comercio es vital para los países pobres? Siguiendo la línea de razonamiento de Lomborg podemos enumerar tres pilares fundamentales:
. Reducción de precios y acceso a bienes de capital: Para un pequeño productor en un país subdesarrollado el acceso a maquinaria y tecnología a precios internacionales no es un lujo, es una condición de supervivencia. El proteccionismo, bajo el disfraz de «soberanía», suele ser el mecanismo por el cual se condena al pobre a pagar más caro por productos de menor calidad. Lo mismo puede decirse de los consumidores más pobres. Mientras los ricos que pueden viajar al exterior compran celulares o ropa más barata en Miami o en Europa, los que no pueden acceder a salir del país se ven obligados a pagar precios mucho más caros.
. Difusión del conocimiento y condiciones para la paz: El comercio no solo mueve contenedores; mueve ideas. Al abrirnos al comercio, fomentamos la difusión de culturas diferentes y facilitamos su comprensión mutua. Los mercados requieren y a la vez facilitan el entendimiento entre los países y relaciones pacíficas entre ellos. Como sabia y poéticamente dijo Henry George en 1886, “el comercio ha sido siempre el extintor de la guerra, el erradicador del prejuicio y el difusor del conocimiento.»
. Crecimiento económico como precondición: Lomborg demuestra que el crecimiento impulsado por el comercio es el único camino sostenible para financiar sistemas de salud y educación. Sin generación de riqueza genuina, los derechos sociales se convierten en meras expresiones de deseo.
Lomborg identifica 12 políticas «super eficientes». El libre comercio destaca porque, según sus cálculos, completar la Ronda de Doha o acuerdos similares de liberalización comercial podría incrementar significativamente los ingresos de los países en desarrollo
Lomborg señala que «el libre comercio recibe hoy una acogida mucho más fría en muchos sectores de la que habría recibido hace unas pocas décadas. Particularmente en las naciones desarrolladas, pensadores políticos de todo el espectro destacan cada vez más las desventajas de un mayor intercambio, enfatizando las pérdidas tanto para los trabajadores locales como para los extranjeros. Tienen razón en que existen costos reales que deben considerarse seriamente, pero eso es solo una parte de la realidad. La investigación revisada por pares en la que se basa este capítulo realiza un análisis innovador que concluye que, incluso contabilizando esos costos, el comercio sigue siendo un buen negocio para los países ricos más afectados. Y para las naciones más pobres, es un negocio increíble».
Lomborg nos recuerda que los países que más se han abierto al comercio en las últimas décadas son los que han protagonizado algunos de los milagros de reducción de pobreza más espectaculares de la historia.
No podemos permitir que una visión estrecha nos impida ver los beneficios de largo alcance del libre comercio. A menudo, las barreras comerciales se levantan para proteger a grupos de interés amigos del poder a expensas de la gran mayoría de consumidores y de los productores que pierden acceso a mercados externos. En todo caso, la protección genuina que los productores locales necesitan, y hoy no tienen, es un tipo de cambio competitivo, o sea alto, para poder exportar mucho más, como hicieron países que protagonizaron “milagros” tras la segunda guerra y posteriormente, Japón, Alemania, Corea del Sur.
Contra lo que dicta el prejuicio contemporáneo, el libre comercio no nació como una herramienta de las élites, sino como un grito de libertad de la burguesía y los sectores populares contra los privilegios de las castas rentistas.
Lomborg no hace más que anotarse en una extensa y egregia lista de pensadores que abogaron por el libre comercio. En esa lista sobresale Henry George, que en su obra “Protection or free trade” desmontó con una lucidez quirúrgica las falacias proteccionistas.
Para George, el comercio es simplemente una forma de producción. Impedir que un hombre intercambie el fruto de su trabajo con alguien del otro lado de una frontera es tan absurdo como romperle las herramientas a un obrero. George sostenía que el proteccionismo es, en esencia, una extensión de la guerra en tiempos de paz: si en la guerra bloqueamos los puertos del enemigo para dañarlo, ¿por qué en la paz habríamos de bloquear nuestros propios puertos para «beneficiarnos»?
Del radicalismo de Alem a las ideas de Henry George
Es interesante constatar cómo Leandro Alem, el fundador de la Unión Cívica Radical y Juan B. Justo, el fundador del Partido Socialista, compartían una visión clara sobre los beneficios de la apertura comercial; enfrentándose en esta cuestión a conservadores como Pellegrini.
En el debate público solemos arrastrar un sesgo mercantilista: celebramos cada barco que sale con granos o manufacturas, pero miramos con desconfianza al que llega cargado de productos.
George explicaba con una ironía demoledora que el comercio no es un acto de generosidad, sino de mutuo beneficio. Exportamos para poder obtener algo a cambio que no tenemos o que nos cuesta más producir.
George demostró que, a largo plazo, no se pueden aumentar las exportaciones si se bloquean las importaciones. El comercio internacional es, esencialmente, un trueque mediado por divisas. Si un país se niega a importar, eventualmente asfixia a sus propios exportadores, porque:
. Encarece costos: Los exportadores necesitan insumos importados para ser competitivos.
. Destruye el mercado del comprador: Para que el mundo nos compre, debe tener la capacidad de vendernos. El proteccionismo es, en última instancia, un «auto boicot».
Bjorn Lomborg retoma esta idea. Al calcular el retorno de inversión del libre comercio, Lomborg no solo mira cuánto más venden los países pobres, sino cuánto más barato pueden comprar. La eficiencia que saca a la gente de la pobreza proviene de la integración, no del aislamiento.










