El legado que recibimos, el legado que dejaremos

Por: Pablo Presas (*)

A 243 años de la fundación de Concepción del Uruguay, el mejor homenaje que podemos hacerles a quienes la construyeron no consiste solamente en recordarlos, sino en preguntarnos qué ciudad les dejaremos a las próximas generaciones.

Cada aniversario de Concepción del Uruguay miramos con orgullo hacia nuestra historia. Recordamos el gesto fundacional de Tomás de Rocamora, evocamos a quienes construyeron la ciudad y celebramos casi dos siglos y medio de identidad compartida.



Es un ejercicio necesario. Los pueblos que olvidan su historia difícilmente puedan construir un buen futuro. Pero quizás, a 243 años de aquel 25 de junio de 1783, también sea un buen momento para hacernos una pregunta distinta. No solamente de dónde venimos, sino, sobre todo, qué ciudad queremos dejarles a quienes vendrán después de nosotros.

Las ciudades no se construyen una sola vez. Se construyen generación tras generación. Cada una recibe un legado, lo transforma y tiene la responsabilidad de transmitirlo enriquecido a la siguiente.

Tomás de Rocamora nos dejó mucho más que un acta fundacional. Nos dejó el punto de partida de una comunidad que, con el paso del tiempo, fue construyendo una identidad propia.

Décadas después, otra generación llevó esa construcción a una escala completamente diferente. Justo José de Urquiza no fundó Concepción del Uruguay, pero probablemente nadie haya contribuido tanto a proyectarla hacia el país y hacia el mundo. Si Rocamora imaginó una ciudad, Urquiza ayudó a construir una Nación capaz de hacerla prosperar.

Desde aquí impulsó la organización nacional, promovió la Constitución, fortaleció la educación con el histórico Colegio del Uruguay, defendió la libre navegación de los ríos, fomentó la inmigración y promovió la infraestructura. Entendió que el desarrollo no era una consecuencia del azar ni de la abundancia de recursos naturales, sino de la capacidad de una sociedad para organizarse, educarse y generar confianza. Con las limitaciones propias de su tiempo, fue, antes que nada, un estadista.

Curiosamente, más de un siglo después, buena parte de esas ideas volvieron a ocupar un lugar central en la economía moderna. Douglass North explicó que el desarrollo depende de la calidad de las instituciones, es decir, de las reglas de juego que ordenan la vida económica y social. Más tarde, Daron Acemoglu y James Robinson demostraron que las sociedades prosperan cuando construyen instituciones capaces de proteger la libertad, la propiedad, la innovación y la igualdad de oportunidades.

Esta reflexión también tiene un componente personal. Hace ya más de una década tuve la oportunidad de participar en la Universidad de los Andes, en Colombia, de un curso intensivo dictado por James Robinson, uno de los coautores de «Why Nations Fail», un libro que marcó profundamente mi manera de entender el desarrollo económico. Recuerdo que, al finalizar aquella experiencia, me dedicó un ejemplar de su obra, que desde entonces he vuelto a leer en varias oportunidades.

Con los años, mientras profundizaba en la historia de Concepción del Uruguay y en el legado de Urquiza, descubrí una coincidencia que me sorprendió. No porque Urquiza hubiera anticipado las teorías modernas del desarrollo, sería un anacronismo afirmarlo, sino porque comprendió una idea esencial: las sociedades prosperan cuando construyen instituciones sólidas, reglas previsibles, educación de calidad y un Estado capaz de crear las condiciones para que el talento y el esfuerzo de las personas puedan desplegarse.

Creo que esa sigue siendo una de las enseñanzas más vigentes de nuestra historia.

Porque una ciudad no crece solamente cuando inaugura una obra pública. También crece cuando genera confianza, cuando las reglas son claras y se respetan, cuando quien quiere emprender siente que el Estado acompaña en lugar de obstaculizar, cuando la educación vuelve a ser la principal inversión de largo plazo y cuando las instituciones funcionan más allá de quienes circunstancialmente las conducen.

La semana pasada escribíamos que la mayor fortaleza de Concepción del Uruguay ha sido, históricamente, su capacidad para reinventarse frente a los cambios. Hoy agregaría una idea más: las ciudades no se reinventan por casualidad. Lo hacen porque existen personas preparadas, instituciones que perduran, organizaciones comprometidas y una comunidad capaz de generar nuevas oportunidades cuando el contexto cambia. Esa es la verdadera riqueza de una ciudad.

Vivimos tiempos en los que la discusión pública suele concentrarse en la coyuntura y en la urgencia. Todo eso importa. Pero también necesitamos volver a hablar del largo plazo. ¿Cómo fortalecemos nuestras instituciones? ¿Cómo recuperamos la confianza? ¿Cómo mejoramos la calidad del Estado? ¿Cómo apoyamos a quienes producen, invierten, innovan y generan empleo? ¿Cómo logramos que nuestros jóvenes quieran desarrollar aquí sus proyectos de vida? Esas preguntas probablemente definan mucho más el futuro de Concepción del Uruguay que cualquier discusión del presente.

Cada aniversario celebramos la ciudad que heredamos. Pero también deberíamos preguntarnos cuál será la ciudad que nosotros dejaremos.

Rocamora recibió un territorio y fundó una ciudad.

Urquiza recibió una ciudad y ayudó a construir un país capaz de proyectarla.

Nosotros recibimos una ciudad con 243 años de historia, una extraordinaria tradición educativa, un patrimonio institucional único y una comunidad que ha sabido reinventarse una y otra vez.

La pregunta ya no es solamente qué hicieron ellos.

La verdadera pregunta es qué dirán de nosotros cuando otras generaciones celebren los 300 años de Concepción del Uruguay.

Porque el mejor homenaje que podemos hacerles a quienes fundaron, organizaron y engrandecieron nuestra ciudad no consiste solamente en recordarlos.

Consiste en dejar un legado del que también puedan sentirse orgullosos quienes todavía no han nacido.

(*) concejal y economista