El baterista, que tocó en Almendra, Aquelarre y Tantor, fue honrado por Jaguar, el último grupo que integró.
A poco más de un año de su sorpresiva muerte, el querido baterista Rodolfo García tuvo su merecido homenaje en el concierto que en el auditorio nacional del Centro Cultural Kirchner (CCK) ofreció Jaguar -último grupo que integró junto al bajista y cantante Dhani Ferrón, el guitarrista Lito Epumer y el tecladista Julián Gancberg-, que indefectiblemente se extendió a Luis Alberto Spinetta y también alcanzó a María Gabriela Epumer.
Con Daniel Colombres, Gustavo Spinetta, Andrea Álvarez, Sergio Verdinelli y Javier Malosetti como invitados en la batería; el grupo evocó al ex Almendra, Aquelarre y Tantor, entre otras formaciones claves del rock argentino, fundamentalmente a través del repertorio que conforma «Detrás del río», única placa registrada por la banda.
Se trata de distintas composiciones de los integrantes de Jaguar, especialmente Ferrón y Epumer; algunas canciones de Luis Alberto Spinetta -dos incunables de Almendra y una de Los Amigo-, y una versión de Señorita corazón, de María Gabriela Epumer.
Pero en el concierto también aparecieron sorpresivamente Camafeo, Las habladurías del mundo e Iris, temas que forman parte exclusivamente del catálogo spinetteano, aunque por supuesto que los dos últimos grabados con Rodolfo García en la batería.
Los cruces de nombres entre invitados e integrantes de Jaguar y las relaciones entre las canciones y los intérpretes permitieron que en la evocación a la figura de Rodolfo García también sobrevolara el espíritu de Spinetta y, en un pasaje determinado, de María Gabriela Epumer.
El recuerdo del principal homenajeado también tuvo presencia material a través de su histórica batería Grestch por la que respetuosamente pasaron a lo largo del show los músicos invitados.
Pero más allá de todos estos condimentos que convirtieron al recital en un permanente viaje emocional, también hubo muy buena música, brillantemente interpretada, en donde se entremezclaron sonoridades jazzeras, con pasajes rockeros, baladas y candombe.
Allí radicó la gran virtud de la jornada, pues no hicieron falta palabras grandilocuentes ni golpes bajos para que la emoción se apoderada del ambiente, debido a que fue la música y algunos elementos de índole simbólico los que hicieron todo el trabajo de manera sutil.










