El Diego al que yo recordaré / Por Alberto Bonvin

Por Alberto Aníbal Bonvín
Especial para La Calle

Murió el Diego. Ese Diego que parecía inmortal, que nada podía pasarle, que todo podía superarlo.
Murió el Diego, el que más alegrías le dio al sufrido pueblo argentino; el que hacía magia en una cancha para que todos aquellos que amamos este deporte pudiésemos llorar de alegría por un título o de tristeza con el recordado «me cortaron las piernas».
Murió el Diego, ese pequeño que con tan sólo 8/9 años hacía jueguitos con una pelota y soñaba con ganar un mundial.
Murió el Diego, el que hacía cualquier cosa por estar en un partido vistiendo la casaca de la selección nacional, el que no le importaban las lesiones, ni pelearse con el que sea por la ‘celeste y blanca’.
Murió el Diego, ese que nació en una villa y que de pronto, de la nada y con apenas 16 años fue Dios del Fútbol, el que podía tener todo a la mano y que debía sobrellevar todo sin que nadie lo cuide porque valía mucho más lo que generaba.
Murió el Diego, el del gol a los ingleses, el de «la Mano de Dios», el de tantas genialidades y alegrías para los argentinos donde el fútbol muchas veces, mejor dicho, casi siempre, suple otras alegrías que no llegan en la vida diaria.
Murió el Diego, ese de las frases geniales como «yo me equivoqué y pague pero… la pelota no se mancha», «A Grondona se escapó la tortuga» o aquella de «Coppola es vivísimo. Fuma debajo del agua». Un Diego auténtico ciento por ciento.
Murió el Diego, el que se peleó con el Establishment del fútbol mundial, con los más poderosos. Con Blatter, Plattini y a sus secuaces de la FIFA acusándolos como ladrones y tratando de defender a los jugadores que casi siempre le dieron la espalda sin acompañarlo. Pagó caro esa lucha pero el tiempo le dio la razón, todos los dirigentes de FIFA fueron enjuiciados por enriquecimiento ilícito.
Murió el Diego, el que vivió la vida como pudo; con aciertos y errores pero al que quiero recordar como ese Diego de corazón enorme, amigo de los amigos y capaz de darlo todo cuando se enteraba que alguien la estaba pasando mal. Capaz de pelearse con un encumbrado instituto cuando no quisieron atenderlo al ‘Búfalo’ Fúnes si antes no se pagaba. Capaz de llevar a todo el equipo del Nápoli a un ‘potrero’ para jugar un partido a beneficio ante la negativa de su club.
Murió el Diego, ese que sin grieta también supo dividir a la Argentina entre aquellos que lo adoraban y los que no soportaban algunos de sus comportamientos y afloraba el «Negro de m….» sin pensar que ha sido eternamente difícil «ser Diego Maradona». Reconocido en el mundo, recibido por reyes, príncipes, jeques o presidentes; recibido por los más poderosos; asediado donde fuera y que le complacían todo lo que pedía. Salvo Claudia, Dalma y Giannina, nadie lo cuidó, todos se aprovecharon.
Murió el Diego, el que fue ‘usado’ aunque estuviese muy mal como el día de su cumpleaños 60 y fue llevado a la cancha de Gimnasia que, al final, fue la última que pisó un campo de juego aunque creemos que él no lo sintió.
Murió el Diego y, como no podía ser de otra forma, de un paro cardiorrespiratorio; dio tanto su corazón que alguna vez tenía que fallarle. Por eso, con aciertos y errores propias de cualquier ser humano aunque este no sea ‘cualquiera’, quiero recordar por siempre a Diego como ese chico que fue Dios de la nada, que nos dio tantas alegrías con una pelota; que ayudó a todo el que veía sufriendo. De lo otro que se ocupe Dios de juzgarlo.
Murió el Diego, que ahora irá a reunirse con Doña Tota y Don Diego, sus amados padres para ser eternamentes felices.
Murió el Diego y sólo me sale el grito de «TE QUIERO DIEGO» de Rodrigo en ‘La Mano de Díos’.

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