
Por José Antonio Artusi (*)
El 3 de febrero pasado se cumplieron 170 años de la Batalla de Caseros, hito trascendente de la historia argentina sobre el que vale la pena reflexionar, intentando desentrañar su significado profundo. El 3 de febrero de 1852, con la victoria del Ejército Grande comandado por Urquiza sobre las fuerzas de Rosas, se abre una nueva etapa y se deja atrás otra. Más allá de las virtudes y defectos personales de los protagonistas, sin ignorar sus contradicciones, por encima de sus aciertos y errores al calor de circunstancias apremiantes, lo que hoy nos importa es entender qué representaron, qué encarnaban. ¿Qué significaba Rosas y su régimen? ¿Qué significaba Urquiza y quienes lo acompañaban en aquella gesta, entre ellos el boletinero Sarmiento?
Rosas representaba el atraso y la decadencia, la reacción negadora de los ideales revolucionarios, liberales e igualitarios de Mayo, el rechazo a la modernidad y la Ilustración, la perpetuación perversa de las rémoras medievales del orden colonial hispánico, el autoritarismo, la perpetuación en el poder, la suma del poder público, la dilación de la Organización Nacional, la falta de una Constitución que asegurara el sistema federal, representativo y republicano, la falta de libertades y garantías, la censura y la represión clandestina, la idealización de la muerte de los adversarios y su demonización, el centralismo porteño disfrazado hipócritamente de federalismo, la impostura nacionalista, el aislamiento internacional, la limitación al libre comercio, la tergiversación de la sabia ley de enfiteusis de Rivadavia, la primacía del latifundio ganadero primitivo que condenaba al gaucho a la sumisión y a la ignorancia, el culto a la personalidad, el clericalismo y la falta de libertad religiosa, la confusión entre Estado e Iglesia, el desprecio por la educación popular, el clientelismo y la demagogia populista.
Coincidencias y desencuentros
Urquiza y Sarmiento, con sus coincidencias y desencuentros, con sus matices y limitaciones, propios de la condición humana y del tiempo histórico que les tocó vivir, encarnaban en lo sustancial la antítesis de aquella tendencia reaccionaria y oscurantista. Representaban el progreso y la modernización del país, la recuperación y concreción de las nobles aspiraciones de los mejores herederos del legado de la Revolución de Mayo, la superación de la falsa antinomia entre unitarios y federales y la posibilidad de convivir civilizadamente en una sociedad pluralista, dejar atrás las retrógradas instituciones de la dominación española, la posibilidad de ir construyendo gradualmente una democracia representativa, la limitación de los mandatos (Urquiza y Sarmiento fueron Presidentes durante 6 años y a ninguno se le ocurrió reformar la Constitución para buscar la reelección), la concreción de la tan dilatada y necesaria Organización nacional bajo el manto protector de una Constitución liberal y progresista que garantizara derechos y promoviera la prosperidad, la libertad de prensa y las garantías individuales, el verdadero federalismo y la unión nacional, la apertura al mundo y el libre comercio, la nacionalización de la aduana y la libre navegación de los ríos para fomentar el desarrollo del interior, la inmigración y la colonización agraria, el fomento de la agricultura y la industria, la innovación científica y tecnológica al servicio de la producción, la vida democrática de los municipios en los pueblos que surgieran al calor de las colonias agrícolas, la integración del territorio nacional por el ferrocarril y las comunicaciones, la libertad de cultos y el laicismo, la consideración de la educación pública, laica, gratuita y obligatoria como uno de los pilares ineludibles de la democracia y el desarrollo. Y también el coraje de atreverse a decir verdades políticamente incorrectas antes de tiempo, y de actuar en consecuencia, a riesgo de que sus contemporáneos no los supieran comprender. A Urquiza ese coraje le costó la vida y a ambos, en diversa proporción, las diatribas feroces y falaces de revisionistas y mitristas.
Lecciones del pasado
Que algunas de aquellas magníficas aspiraciones hayan quedado truncas o a medio hacer es harina de otro costal, y en todo caso es un fracaso imputable sobre todo a aquellos que obstaculizaron su tarea, o a los que los sucedieron.
Como expresara magistralmente Oscar Fernando Urquiza Almandoz en páginas del LA CALLE hace 20 años: “Caseros significó la libertad, pero ello no bastaba. Un pueblo es realmente libre cuando sus hombres sólo tienen que inclinarse ante la Constitución y la ley. Los argentinos la reclamaban desde Mayo… Libertad, organización constitucional, educación, son las rocas inconmovibles que sirven de pedestal a su estatua de predestinado. Principios que forman un todo indivisible y configuran la magnífica verdad de sus ideales. Educación para la libertad y organización para los libres… El triunfo de Urquiza debe ser valorado en su justa dimensión. Si Caseros hubiera sido un fin en sí mismo; si el único objetivo de Urquiza hubiese sido derribar un gobierno para reemplazarlo por otro o ungiese él como sucesor de Rosas, para gobernar a su antojo, sin frenos legales, persiguiendo al adversario y conculcando libertades, no valdría la pena levantar estatuas ni exaltar ahora aquel suceso”.
A 170 años de Caseros vale la pena exaltar aquel suceso. Para que las lecciones del pasado nos ayuden a construir un futuro mejor, como el que soñaron Urquiza y Sarmiento.
(*) Arquitecto Especialista en Planificación Urbano Territorial, integra la Cátedra de Planificación Urbanística de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCU.









