Hoy se conmemora el Día Mundial de la Población. Fue proclamado por la ONU en el año 1989, cuando la Tierra superaba los 5.000 millones de habitantes. Se celebró por primera vez el 11 de julio de 1990. Hoy la población de la Tierra es de 8.000 millones. Una cantidad enorme, pero, por anti intuitivo que parezca, el Planeta es suficientemente grande como para acogernos a todos. De hecho, toda la población mundial podría vivir en el estado de Texas. El problema no es la cantidad de seres humanos que competimos por los mismos recursos, el problema es la inequidad: la diferencia entre quienes ganan más y tienen todo y los que tienen muy poco y ganan nada. Eso genera una fricción social muy peligrosa que se experimenta, sobre todo en las grandes ciudades, donde todos los días queda expuesto eso de ¿por qué él sí y yo no? Lo que alimenta un resentimiento y una rabia muy evidentes. El mundo enfrenta un problema de dimensiones inéditas: la ONU estima que más de 400 millones de personas que habitan entre los trópicos se moverán hacia las ciudades producto de las consecuencias del calentamiento global, generando una presión que se convertirá en una verdadera bomba social de tiempo. Y eso ya está sucediendo. El año 2014 marcó una divisoria de aguas para la humanidad: por primera vez en la historia, más de la mitad de la población mundial pasó de la zona rural a vivir en zonas urbanas. Según los cálculos actuales, de aquí a 2050 ese porcentaje podría ascender al 70%. Las ciudades de hoy y del mañana se enfrentan a desafíos sin precedentes. Aunque sólo ocupan el 2% de la superficie terrestre, las urbes consumen el 60% de la energía mundial, liberan el 75% de las emisiones de gas de efecto invernadero y producen el 70% de los desechos del planeta. A medida que se extienden, las ciudades amenazan la diversidad biológica y ejercen una descomunal presión sobre la infraestructura y los recursos —desde el agua hasta el transporte y la electricidad—, con lo que multiplican la repercusión de las catástrofes naturales y el cambio climático. El aumento de la desigualdad y la migración —impulsadas por conflictos y desastres naturales— convierten a las ciudades en epicentros de nuevas fracturas sociales que propician la exclusión y la discriminación. Un perverso círculo vicioso para el que todavía no tenemos respuesta.