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domingo, julio 21, 2024

Cuarenta años es mucho tiempo

A mediados de 1980 yo llevaba casi tres años en Rosario y en la Facultad de Ingeniería. La carrera me gustaba mucho y sentía la pequeña vanidad de que me iba muy bien con los estudios.

Por Sergio A. Rossi (*)

Años atrás, con la clausura dictatorial y al volcarme a disfrutar de las ciencias exactas, la política había desaparecido de mis afanes intelectuales, y estaba por cierto fuera de mi agenda de actividades. Mis lecturas se repartían entre las exigencias de la física y las matemáticas, la revista Investigación y ciencia, aquellas ediciones de ciencia ficción de Minotauro y EMECE, Lewis Carroll y Jonathan Swift, Toynbee, Huxley y Por qué no soy cristiano, de Rusell. Pero a comienzos de aquel año 80 empezó a enturbiarse aquel reino de formas puras y abstractas, de cristal y de acero pulido.
Por un lado el malestar por la dictadura se me volvía cada vez más ominoso. El año anterior, en el desfile militar junto al Monumento a la Bandera, la satisfacción patriótica se me hizo esquiva. Detrás de Videla en el palco se leía a Belgrano escrito en la piedra: “Cuán execrable es el ultrajar la dignidad de los pueblos violando su Constitución.”
Por otra parte me deslicé a leer y releer a todo Sabato, con su crítica al cientificismo y su deriva hacia otros escritores. Volví a leer a Hesse, a Kafka y a Melville, me atosigué con los rusos y las novelas de Sartre y de Camus y otros por el estilo.
El hombre rebelde me hizo repensar mucho sobre esos libros y esos autores; y en medio de esas lecturas me topé, de visita en casa de unos amigos, con un libro de título curioso: Manual de zonceras. Lo pedí prestado y lo leí de un tirón. Me arrimó un poco a la política nacional y a una mirada sobre el peronismo de la que carecía. Siempre lo había mirado con desconfianza. Mis familias paterna y materna, socialista y radical; mis padres, críticos al peronismo que decían que todos los que vinieron después fueron peores. Hurgando un revoltijo de libros apilados atrás en la vieja librería Fénix, frente a la Biblioteca Popular, encontré otra maravilla: Los profetas del odio y la colonización pedagógica.
En el Manual reparé en una cita de Jauretche, en que San Martín hablaba pestes de Rivadavia y Lavalle. Estaba extraída de la Historia argentina de José Luis Busaniche. Mi abuela santafesina me venía recomendando desde chico que leyera ese libro de su tío Lucho, motivo suficiente para que yo no lo leyera. En el viaje siguiente a Paraná se lo pedí y me di a su lectura, y tras ése a la de todos los otros que había en su biblioteca. Los leí con el hábito de entonces, de seguir demostraciones de teoremas. Y en la medida en que iba leyendo a ese liberal que decía no simpatizar para nada con la tradición liberal argentina, iba arribando a una deducción inquietante: el peronismo venía a representar el lado correcto de la ecuación.
Esa demostración no encajaba, claro, con mis valoraciones, entornos y circunstancias, pero tenía el rigor casi matemático de la seriedad profesional del Tío Lucho, hombre de una honestidad intelectual acendrada. Busqué otro libro que nunca había leído, el de su hermano, mi bisabuelo Julio. Ahí encontré un discurso donde él, tras la caída de Yrigoyen y justamente por eso y aún con críticas, consideraba imperioso apoyarlo y reivindicarlo en la desgracia, y por tanto decidía sumarse a militar en el radicalismo.
Vida y muerte de López Jordán, de Fermín Chávez, y Cien años de soledad, leyendo en clave política al coronel Aureliano Buendía, me señalaban un camino, pero yo quedaba suspendido en la trayectoria, como el Aquiles de la Paradoja de Zenón, o como los reflexivos que nunca actúan de Bertold Brecht y su Loa de la duda.
En esas preocupaciones andaba cuando una tarde dejo un rato de estudiar en el departamento de Rioja y 1º de Mayo en que vivía y salgo a caminar por la peatonal. Paso por el kiosco de calle Laprida, miro como en cada uno todas las revistas exhibidas y veo una tapa que me llama: Martínez de Hoz disfrazado con uniforme y gorra militar, y unos dólares por charreteras. Revista Línea. Le compré ese número 3, temeroso, a un kiosquero que me pareció tan temeroso como yo. Recordando el 1984 de Orwell dudé si era deshielo dictatorial o una trampa para cazar disidentes. Practiqué un absurdo cuidado, y en vez de volver a casa por Córdoba hacia el monumento, me metí por la galería Santa Fe y di unas vueltas ridículas para despistar servicios de inteligencia. Llegué al departamento por caminos improbables y leí la revista de un tirón. Al otro día volví y le pregunté si tenía los números anteriores “de esa revista que tenía ayer”. Me pareció que se hacía el zonzo y que hacía como que de casualidad sacaba de una pila los dos ejemplares.
En aquella época casi nadie publicaba contra la dictadura. Exceptuando la absurda y nefasta revista Cabildo, que la criticaba por moderada, sólo HUM(O)R venía siendo un espacio de cuestionamiento, en un equilibrio inteligente que, desde la sátira, punzaba a los tiranos.
Línea se sumaba al ruedo, con una estética moderna, de tapas y contratapas irónicas y llamativas, y con una mezcla de rigor y profundidad ideológica, amplitud política sin sectarismo, y definiéndose con claridad como anti dictatorial, anti oligárquica, nacionalista y popular.
Yo la compraba, comentaba y difundía, sin tomar partido. Cultivamos un hábito con Pablo y Abraham, que vivían cerquita de la plaza Sarmiento. Ellos compraban HUM(O)R y yo compraba LÍNEA, y nos juntábamos con amigos en su departamento a comentarlas. Así estuvimos unos meses.
El 3 de abril de 1981 compro la número 9. Una tapa con el nuevo presidente yanqui, Ronald Reagan, disfrazado de vaquero, a caballo y con un palo enorme en la mano: el regreso del garrote. En la contratapa una parodia de Apocalipsis Now, peli de moda, señalando la catástrofe argentina. Camino la peatonal hasta lo de los chicos y nos ponemos a leerla. Mirá, dice Abraham, José María Rosa en Rosario. ¿Cuándo?, pregunto. No sé, a ver… hoy… en una hora. ¿Y dice dónde?, insisto. Acá cerca, en San Lorenzo y Dorrego; podríamos ir. Mmhh, no sé, dame, a ver, dudo yo. ¡Es en un Instituto Santo Tomás de Aquino!, sigo. Estos son católicos y peronistas. No sé. No me parece. Mirá, me insiste Abraham, si los peronistas son tantos por algo será. Vayamos. Y fuimos.
Timbre. Hola, venimos a la charla de José María Rosa. ¿Tienen invitación? No, lo leímos en la revista Línea. ¿Están suscriptos a la revista? No, pero la compramos siempre. Entonces no pueden pasar, es con invitación o para gente suscripta a la revista. Indignación de Abraham que se quiere ir, yo me pongo a discutir, como un pesado, siempre, hasta que viene otro compañero, discutimos notas de la revista, sobre HUM(0)R, sobre Ernesto Sabato y vaya a saber cuántas cosas más hasta que aparece un tercer compañero que, más amable, corta la discusión, nos dice que disculpemos pero que así está organizada la charla, que comprendamos, y que si tenemos interés volvamos el lunes a conversar tranquilos. Abraham dice que ni loco, y yo que iría a la misma hora.
Vuelvo. Pila Marini me discute, con solvencia y con paciencia, sobre José María Rosa, Fermín Chávez, Urquiza, Caseros y Pavón, unitarios, federales, el fusilamiento de Cullen, peludismo y antipersonalistas, peronismo, Toynbee, cristianismo, y vaya a saber cuántas otras cosas. Una vez por semana durante abril. Me da la razón más de una vez, tironeando suave como un pescador con la línea.
Justo que comenzábamos a cursar Transporte, el 24 de abril escucho el discurso de Martínez de Hoz cuando deja el ministerio de Economía y enumera sus logros. Explica como mérito que ha logrado desactivar un tercio de las vías férreas del país, y echar 100.000 empleados. Me digo que hay que militar contra la dictadura.
Vuelvo a las charlas con Pila, y sigo buscando la cuadratura del círculo a la historia universal y argentina, y la política nacional. Pila me dice que mucho de lo que planteo es razonable, pero que lo que debo decidir es si quiero participar o mirar, hacer algo y sumarme, o reflexionar desde afuera. Me convence, o me da los argumentos y pavimenta el camino para que yo ejecute una decisión que tenía sin saber que la tenía. Está bien, le digo, yo me sumo a militar en la organización, pero aclaro que no soy peronista ni católico. O sea que estoy pero no soy. Sí, claro, dale, me dice muy práctico y con astucia.
En aquel mayo empecé a predicar, vender la revista, repartir con sigilo volantes, y perseguir como un pesado a todos los amigos y conocidos para que se sumen. Incluido Abraham, que lo hizo pronto. Un año después, tras la marcha contra la dictadura del 30 de marzo y en la movilización de abril cuando Malvinas, fue recién que, al cantar la marchita y saltar junto con otros, me sentí peronista.
Ahora que miro hacia atrás y veo que llevo militando en política, sin pausa, 40 años, recuerdo con afecto y con gratitud aquellos días y aquellos compañeros. La tarea nunca se acaba, la causa nacional y popular nos exige seguir y seguir.Cuarenta años es muy poco tiempo.
(*) Ingeniero agrimensor. Escritor. Militante político.

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