Por Analía Fernández Fuks
Sebastián Villa es un ídolo de Boca Juniors y autor de uno de los goles en el partido contra Independiente que le permitió a su equipo ser campeón de la Liga fútbol Profesional. Villa es un ídolo para gran parte de la afición, pese a que fue imputado en una causa por violación en mayo, mientras avanzaba el proceso judicial de otra denuncia por abuso sexual. A la espera de que la Justicia aclare estos hechos, la dirigencia del club lo respalda.
Pero Villa también puede ser Salvio, Pavón, Fabra, Saravia, Rossi, Acosta, Zárate, Centurión, Borré, Cristaldo, Carmona, Barrios. Que a su vez pueden ser Greenwood, Evans, González, Díaz, Fabbro, Hernández, Castro, Robinho, Mendy.
Las hinchadas los sostienen, los periodistas deportivos los legitiman y los cuidan, las dirigencias los protegen.
¿Es la salida punitivista la estrategia para la transformación? ¿Cómo se desmonta una estructura de violencia machista tan arraigada? ¿Cuáles son las responsabilidades de los futbolistas, de los equipos, de las hinchadas, de los y las periodistas?
Según datos de la Coordinadora de Fútbol Feminista, 28 jugadores de fútbol profesionales han sido denunciados por violencia de género en Argentina desde 2015.
Ese año, 2015, fue clave para los feminismos porque se organizó la primera marcha de Ni Una Menos y miles de mujeres, lesbianas, bisexuales, travestis y trans salieron a las calles a denunciar las múltiples violencias vividas, a poner luz sobre la tasa de feminicidios y reivindicar sus existencias y derechos. El movimiento tomó tanta fuerza que traspasó fronteras. Desde aquel entonces, los feminismos se organizaron también desde las bases de los clubes para generar transformaciones: se fundaron las comisiones de género, se crearon agrupaciones de hinchas feministas y se implementaron los protocolos de prevención ante situaciones de violencia de género.
Según el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo de Argentina, actualmente, el 76% de los clubes del país no cuentan con área de género, igualdad y/o derechos humanos. Asimismo, seis de cada 10 clubes carecen de un protocolo ante situaciones de violencia de género, el 19% lo tiene en marcha y un 23% lo está elaborando.
Una escena reciente refleja lo que sucede lejos de los flashes televisivos, de las cámaras de medios de televisión masivos, lejos de los reflectores de la gran ciudad. El último fin de semana de julio, en la tercera división de la Liga Regional de Tres Arroyos, una localidad de la provincia de Buenos Aires, el jugador Cristian Tirone le pegó una trompada por la espalda a la jueza Dalma Cortaldi en medio del partido que ella arbitraba entre Independencia y Deportivo Garmense. Ella fue internada, él detenido y sancionado de por vida por su club.
La complejidad de la violencia machista es que es estructural, que no puede desmontarse con una única estrategia, en un solo sentido. Analizar las situaciones desde distintos ángulos y cruzando distintos ejes deviene prioridad. El fútbol es uno de los epicentros del heterocispatriarcado y del sistema capitalista que se asienta, históricamente, sobre la base de una estructura binaria, donde se forja y potencia la masculinidad hegemónica. Partir de esa premisa para saber que los jugadores de fútbol son víctimas y victimarios del mismo sistema donde sufren si se fugan de los mandatos y al mismo tiempo reproducen esa violencia machista.
Otro de los puntos fundamentales entonces para pensar las estrategias frente a estas situaciones es derribar de una buena vez la división ficticia de lo público-privado, lo que sucede en la cancha y lo que sucede fuera de la cancha como si no hubiera una continuidad, como si no fueran parte de una misma estructura.










