En esta nota de opinión, el concejal y economista Pablo Presas analiza la gestión de residuos en la ciudad; señalando que el problema no es técnico sino de coordinación y liderazgo. Destaca la necesidad de compromiso colectivo, educación y profesionalización; para transformar la basura en una oportunidad ambiental y económica.

En los últimos días participé de un encuentro organizado por Agenda CdelU junto a vecinos y profesionales de distintas áreas. El objetivo era simple, pero profundo: entender qué pasa con la gestión de los residuos en nuestra ciudad y, sobre todo, qué deberíamos estar haciendo.
La conclusión fue tan clara como incómoda: el problema de la basura no es técnico. Es de gestión.
Y esto no es opinión. Es algo que está estudiado, legislado y probado en múltiples ciudades. Incluso en Entre Ríos contamos con un marco normativo claro —la Ley Provincial 10.311 de Gestión Integral de Residuos Sólidos Urbanos (GIRSU)— que define exactamente qué hay que hacer. El desafío no es inventar soluciones, sino implementar correctamente las que ya existen.
¿Qué es el sistema GIRSU y por qué es tan importante?
Cuando hablamos de GIRSU no hablamos solo de basura. Hablamos de un sistema integral que abarca toda la cadena: separación en origen, recolección diferenciada, transporte adecuado, clasificación en planta, recuperación y reciclado, y disposición final segura.
Es decir, no se trata de “juntar y tirar”, se trata de gestionar.
Y esto es clave, porque cada eslabón depende del anterior. Si no hay separación en origen, el sistema se vuelve ineficiente. Si no hay control en la planta, el relleno sanitario termina funcionando como un basural. Si no hay planificación, los costos se disparan y los impactos ambientales se multiplican.
Por eso, gestionar bien los residuos no es solo una cuestión ambiental, es una cuestión sanitaria, económica y de calidad de vida.
La educación: el punto de partida que depende de todos
Ningún sistema GIRSU funciona sin un cambio cultural profundo, y ese cambio empieza mucho antes que en la planta: empieza en la casa y, sobre todo, en la escuela.
En el encuentro de Agenda CdelU hubo ejemplos que muestran que esto no solo es posible, sino que ya está pasando en nuestra ciudad. La directora del Jardín BUMPI contó cómo vienen trabajando hace tiempo con los más chicos en la separación en origen y el reciclado, incorporando estos hábitos como algo natural desde edades tempranas.
También recordé una experiencia de mi hijo en el Colegio Belgrano, donde organizaban competencias entre alumnos para juntar botellas de plástico (PET) destinadas al reciclado. Más allá del juego, lo que se generaba era conciencia, compromiso y aprendizaje práctico.
Esas acciones son las que hacen la diferencia, las que construyen una cultura distinta. Porque reducir, reutilizar y reciclar no son consignas abstractas, son hábitos que se aprenden, se practican y se sostienen en el tiempo, y ahí es donde el rol de las instituciones educativas y de la sociedad civil se vuelve central.
Estas iniciativas no pueden quedar aisladas, hay que visibilizarlas, acompañarlas y multiplicarlas.
El costo de gestionar mal (y la oportunidad que estamos perdiendo)
Para dimensionar el problema, también hay que hablar de números, aun con una limitación importante: hoy la ciudad ni siquiera cuenta con un sistema preciso de pesaje y control de los residuos que ingresan a la planta.
Sin embargo, existen parámetros técnicos ampliamente utilizados que permiten estimar la generación. En ciudades como la nuestra, se calcula entre 0,7 y 1 kilo de residuos por habitante por día, lo que nos ubica en un orden de magnitud cercano a las 90 toneladas diarias, es decir, más de 30.000 toneladas al año.
Gestionar ese volumen dentro de un sistema GIRSU tiene costos significativos. Las licitaciones en Argentina muestran valores de entre 25 y 60 dólares por tonelada para la operación de planta y disposición final, es decir, para que el sistema funcione día a día sobre una infraestructura que ya demandó una inversión millonaria previa.
Si se considera el sistema completo —incluyendo recolección, transporte y tratamiento— el costo total se ubica más bien en un rango de 80 a 150 dólares por tonelada, lo que implica que una ciudad como Concepción del Uruguay puede estar destinando en el orden de 2.500 a 4.500 millones de pesos anuales a la gestión integral de sus residuos.
Es decir, estamos frente a una de las políticas públicas más costosas del municipio, y aun así, una de las menos medidas y controladas.
Pero hay otra cara de ese mismo problema: el valor que hoy estamos perdiendo. Si lográramos recuperar apenas un 20% de esos residuos, estaríamos hablando de unas 6.000 toneladas anuales de materiales reciclables que, incluso tomando un valor mínimo de 50 dólares por tonelada, representan cientos de millones de pesos que hoy literalmente se entierran.
Es decir, no solo estamos gestionando mal un costo: también estamos desperdiciando una oportunidad económica concreta.
El rol del Estado: coordinar, controlar y sostener
Ahora bien, aunque todos tenemos responsabilidad, alguien tiene que ordenar el sistema, y ese alguien es el Estado municipal.
La Ley GIRSU es clara: la responsabilidad es indelegable. Incluso cuando hay empresas concesionarias, el municipio sigue siendo responsable de que el sistema funcione correctamente.
Esto implica planificar, controlar y coordinar, es decir, definir un sistema coherente y sostenible, exigir el cumplimiento de estándares técnicos y articular a los distintos actores públicos, privados y sociales.
Cuando esto falla, el sistema colapsa, y lo hace de una forma que no siempre se ve inmediatamente, pero que deja consecuencias durante años: contaminación de suelos y agua, riesgos sanitarios y pasivos ambientales que alguien va a tener que pagar.
El problema de fondo: sabemos qué hacer, pero no lo hacemos
En el encuentro de Agenda CdelU quedó en evidencia algo que se repite en muchos municipios: las soluciones están claras, pero la implementación es débil.
Falta continuidad en las políticas, falta control, falta coordinación. Y esto genera un círculo vicioso, se invierte en infraestructura, pero sin gestión adecuada esa inversión se degrada rápidamente, entonces volvemos a empezar, con más costos y menos resultados.
Por eso es importante entender algo: no alcanza con tener una planta, no alcanza con tener camiones, no alcanza con tener normativa. Sin gestión eficiente, todo eso pierde valor.
Profesionalizar la gestión: una necesidad urgente
En este contexto es donde cobra sentido el proyecto de ordenanza que presentamos recientemente, que propone la designación de un responsable técnico GIRSU para algo básico, pero hoy inexistente: que haya alguien pensando, monitoreando y articulando todo el sistema de manera permanente.
Un sistema GIRSU no funciona en automático, requiere seguimiento continuo, indicadores, control de procesos y capacidad de corrección. No se trata de sumar burocracia, se trata de sumar gestión, y sobre todo, de evitar que los errores se repitan.
La gestión de residuos es, quizás, una de las políticas públicas más transversales que existen. Involucra al municipio, pero también a las escuelas, universidades, empresas, cooperativas y vecinos. Requiere educación, compromiso y participación, pero también requiere algo que no puede diluirse: liderazgo. Porque cuando todos son responsables, pero nadie coordina, el sistema no funciona.
La buena noticia es que no estamos empezando de cero. Sabemos qué hacer, está escrito, está probado y está legislado. Incluso, como quedó claro en el encuentro, hay consenso social sobre la dirección que debemos tomar.
También es justo reconocer que se vienen realizando esfuerzos importantes. Pero esos esfuerzos, y esos recursos, pueden ser mucho más eficaces si están ordenados dentro de un sistema con un norte claro. La gestión de los residuos es, necesariamente, un proceso de mejora continua, con avances y retrocesos, pero que requiere que todos tengamos ese rumbo claro y lo asumamos como una causa común de la ciudad.
Porque gestionar bien los residuos no es un lujo ni una opción, es una obligación. Porque la basura no desaparece: o se gestiona con responsabilidad hoy, o se transforma en un problema ambiental y económico que vamos a pagar todos mañana. Y en esto, no decidir también es una forma de decidir.
(*) economista y concejal.










