Arturo Brooks
El concepto de “ciudades inteligentes” (smart cities) se originó como una estrategia de marketing para los grandes proveedores de tecnologías de la información. Actualmente se ha convertido en sinónimo de usos urbanos de la tecnología, especialmente de las más avanzadas. Pero las ciudades son más que 5G, big data o inteligencia artificial (IA). Las ciudades son impulsoras cruciales de oportunidades, prosperidad y progreso. Generan el 80% del PIB mundial. Más del 68% de la población mundial vivirá en ciudades en 2050, 2.500 millones de personas más que en la actualidad. Las ciudades verdaderamente inteligentes reconocen la ambigüedad de las vidas y los medios de subsistencia, y están impulsadas por resultados que van más allá de la implementación de «soluciones». Se definen por talentos, relaciones y sentido de propiedad de sus residentes, no por la tecnología que allí se implementa.
Este concepto más amplio de lo que es una ciudad inteligente abarca una gran variedad de innovaciones urbanas. Singapur, que explora enfoques de alta tecnología de drones para delivery, es un tipo de ciudad inteligente. Curitiba (Brasil), la pionera del sistema de colectivos veloces, es otra. Al igual que las «ciudades esponja» en toda China que utilizan soluciones basadas en la naturaleza para gestionar lluvias e inundaciones.
La urbanista estadounidense pionera Jane Jacobs habló en 1961 sobre la importancia de las veredas en su libro “Muerte y vida de las grandes ciudades”. En el contexto de la ciudad, las veredas son vías para la aventura, para la interacción social y los encuentros inesperados.
Igual que las veredas son cruciales para la experiencia urbana, también lo es la idea más amplia de conexión entre elementos.
En términos prácticos, la visión de una ciudad centrada en tecnología está fuera del alcance económico y logístico de muchos lugares. Esto puede llevar a los funcionarios a descartar el potencial real de una ciudad para reducir la pobreza y, al mismo tiempo, mejorar la inclusión y la sostenibilidad. Coordinar los esfuerzos necesarios para alcanzar estos objetivos resulta mucho más difícil que utilizar la última app o instalar otra vistosa pieza más del mobiliario urbano. Pero debemos ir más allá de los discursos de fantasía electorales de los políticos y explorar cómo nuestras ciudades pueden ser plataformas, no sólo para el desarrollo de la tecnología sino para el desarrollo inclusivo y sostenible. El bienestar de miles de ciudadanos depende de esto.










