LOS PUENTES INCONCLUSOS

José Antonio Artusi
Arquitecto – Docente

El pasado 11 de septiembre Jorge Enrique Martí – “el poeta de la entrerrianidad”, tal como lo recordó Adriana Ortea – habría cumplido cien años. Cinco días más tarde se cumplieron cincuenta años de la inauguración del Puente San Martín, entre Puerto Unzué y Fray Bentos. El año pasado había cumplido medio siglo el puente Artigas, que une a Colón y Paysandú. Jorge Enrique Martí estuvo entre los promotores de la concreción de esa obra, y fue un ferviente defensor de la integración regional y el hermanamiento efectivo de nuestros pueblos.

En un magnífico reportaje que le hizo Andrew Graham-Yoll publicado en Página 12 el 16 de abril de 2007, en pleno conflicto por la instalación de una planta de celulosa en Fray Bentos, y ante el corte de los puentes como mecanismo de protesta, Jorge Enrique Martí expresó con contundencia:  “Yo no puedo aceptar bajo ningún concepto que se corte una ruta ni acá ni en ningún lado, y no porque la Constitución y las leyes sean claras al respecto, sino porque si me da la gana de ir por qué diablos me lo van a impedir. Ahora no puedo ir a Paysandú a visitar a mi viejo amigo, el poeta Aníbal Sampayo, que está enfermito, porque están condicionados los horarios. A tal hora sí y a tal hora no. ¿Qué es eso y por qué es así? ¿Cómo me van a cortar el derecho que tengo de ir a Paysandú cuando me plazca? ¿Para qué trabajé tanto por ese puente? Me he ocupado del río Uruguay toda mi vida. No sólo lo he cantado en mis libros, sino que lo he vivido intensamente y conozco todos los problemas que tiene desde hace mucho tiempo y sin que al parecer le hayan preocupado a los preocupados de ahora”.  



El río Uruguay nunca fue, para quienes habitan sus costas, un límite geopolítico ni un abismo infranqueable. Fue, por el contrario, la gran arteria por donde circuló la cultura compartida y la hermandad de dos pueblos que se reconocen en la misma matriz histórica. Sin embargo, a pesar de los avances materiales del siglo pasado, quienes habitamos la región observamos cómo las burocracias persisten en levantar murallas. Urge proclamar la necesidad del libre tránsito fronterizo y el pleno libre comercio entre la Argentina y el Uruguay, derrumbando de una vez las restricciones y los controles estériles que solo sirven para empobrecer a nuestros ciudadanos.

Cincuenta años han transcurrido desde que los puentes fueron habilitados. Medio siglo después tenemos un régimen que los subutiliza. Un puente puede unir dos orillas y, sin embargo, subsistir entre ellas una frontera económica, burocrática y mental. Podemos tener magníficas obras de ingeniería y, al mismo tiempo, conservar obstáculos que dificulten el tránsito de las personas, encarezcan el intercambio de mercaderías y desalienten las relaciones comerciales, laborales, culturales y familiares que naturalmente deberían desarrollarse.

La frontera internacional existe. Argentina y Uruguay son dos Estados soberanos y es razonable que tengan sus propias leyes, autoridades, controles y responsabilidades. Pero una frontera política no debería convertirse en una barrera artificial contra la vida económica y social de pueblos que la historia, la geografía y la cultura han unido mucho antes de que los Estados modernos trazaran sus límites.

Cuando un entrerriano compra un producto uruguayo porque lo considera conveniente, y viceversa, ambos ganan. El comprador obtiene algo que valora más que el dinero que entrega; el vendedor obtiene algo que valora más que la mercadería que entrega. No hay un vencedor y un vencido. Hay un intercambio voluntario del que las dos partes se benefician mutuamente. Esto, que parece tan elemental, ha sido oscurecido demasiadas veces por la idea de que las fronteras económicas “protegen” a los pueblos.

El proteccionismo y las restricciones al comercio han sido históricamente la muleta de los mercantilismos burocráticos y los grupos de presión que usurpan el bienestar de la gente común bajo el pretexto del «resguardo nacional».

Cuando se limita el intercambio comercial entre Colón y Paysandú, o entre Concordia y Salto, o entre Gualeguaychú y Fray Bentos, lo que se cercena es la libertad de las personas de adquirir bienes y servicios al mejor precio y la capacidad de las pymes y productores de ampliar sus mercados. La libertad de comercio dinamiza el trabajo e incentiva la competencia productiva, que a su vez acarrea aumentos de productividad y eficiencia.

El eminente economista y periodista norteamericano Henry George advirtió magistralmente en su obra “Proteccionismo o Libre Comercio” que «el libre comercio no significa otra cosa que la libertad. Significa que los hombres deben tener el derecho inviolable de cambiar el fruto de su trabajo por el fruto del trabajo de otros, sin que el Estado se interponga para cobrarles un tributo por el solo hecho de cruzar una línea imaginaria en el mapa.» Una línea imaginaria en el río Uruguay, podríamos decir nosotros.

Henry George desmontó la falacia proteccionista demostrando que lo que destruye la riqueza de una nación en tiempos de paz mediante barreras aduaneras no difiere estructuralmente de lo que lograría un bloqueo naval enemigo en tiempos de guerra. Imponer aduanas en los puentes del río Uruguay equivale a autoimponernos un bloqueo comercial que empobrece a toda la región. Para George, el proteccionismo no era una defensa neutral del interés general, sino una forma de imponer costos a unos para beneficiar determinados intereses.

El poeta e historiador cordobés Arturo Capdevila exaltó la hermandad de los pueblos hispanoamericanos y la absurda artificialidad de las fronteras económicas internas. En sus encendidos escritos sobre la refundación continental y la unidad iberoamericana, Capdevila clamaba con vehemencia: «Nuestras fronteras no fueron trazadas para dividir a los hermanos, sino para señalar los ámbitos de una misma libertad. Las aduanas interiores y los aranceles aduaneros sobre la carne y el pan común son la victoria del prejuicio sobre la razón, la mezquindad estatal oprimiendo el destino indisoluble de nuestra América.» Evocando el sueño de Rivadavia, Capdevila describía un Estado sostenido por la renta del suelo, sin castigar el trabajo con gabelas y con aduanas, “esos fosos de castillo sin ley”.

Para comprender el impacto transformador de la supresión de barreras, basta con posar la mirada en el continente europeo. Durante siglos, la frontera francoalemana fue escenario de conflictos sangrientos. Sin embargo, mediante la implementación del Mercado Único y el espacio Schengen, Europa comprendió que la paz duradera y la prosperidad se erigen sobre la libre circulación de personas, bienes, servicios y capitales.

Hoy en día, un ciudadano europeo cruza de Alemania a Francia o de España a Portugal con la misma naturalidad con la que se transita entre dos municipios de una misma provincia. Esta fluidez transformó regiones históricamente deprimidas en vibrantes polos de desarrollo transfronterizo, donde la oferta laboral, la salud, la educación y el comercio se integran armónicamente.

Si las naciones europeas —que hablaban lenguas distintas y venían de destruirse mutuamente en dos guerras mundiales— lograron derribar sus garitas para erigir la zona de comercio e intercambio más próspera del planeta, ¿qué nos impide a nosotros, que compartimos tantas cosas hacer exactamente lo mismo?

Es hora de abandonar la retórica hueca de la «integración regional» que llena los discursos diplomáticos, pero se desvanece al llegar al puesto de control del puente. La verdadera integración no se logra con cumbres de mandatarios ni con tratados burocráticos inoperantes; se logra eliminando las trabas administrativas y permitiendo que la gente comercie, trabaje, estudie y viva con absoluta plenitud a ambos lados de la frontera.