Santiago Luna tiene 30 años y hace casi una década se recuperó de su adicción a los juegos en red. Hoy tiene una familia, trabaja y comparte su experiencia con quienes atraviesan un proceso similar.
Por: Matías Dalmazzo
Vencer para Vivir abrió una sede en Concepción del Uruguay para el tratamiento de personas con distintas adicciones. Este viernes, la institución reunió a pacientes, familiares, directivos y coordinadores de distintos centros, en una jornada a la que también fue invitada la redacción de La Calle.
En ese marco, dialogamos con Santiago Luna, un joven oriundo y criado en la ciudad que realizó su tratamiento en una de las sedes de Vencer para Vivir en Pilar. Su adicción a los juegos en red lo llevó a alejarse de su entorno y a buscar ayuda. Hoy, a los 30 años, cuenta cómo atravesó aquel proceso y cómo fue reconstruyendo su vida.
—¿Cuál fue la adicción que te tocó combatir?
—Fui adicto a los juegos en red durante muchos años. Conocí Vencer para Vivir y pude alejarme de esa adicción y llevar una vida mejor.
—¿Qué nos podés contar de esa adicción? Muchas veces, cuando se habla de adicciones, se habla de las drogas y se dejan este tipo de adicciones de lado, si bien hoy es una de las que más preocupa.
—Yo me recuperé hace 10 años en la Quinta de Vencer para Vivir, el 29 de septiembre de 2016. Ya hace casi 10 años. Sí es verdad que por ahí es algo relativamente nuevo, pero hoy es algo que tenemos al alcance de nuestras manos.
Hace unos años quizás no era tan común, pero en estos últimos tiempos, sobre todo después de la pandemia, se ha intensificado mucho el uso de los dispositivos. También tenemos al alcance de la mano (en todos los celulares) las apuestas online. Los juegos siempre estuvieron disponibles, antes en la computadora o en las consolas, y hoy también en el celular. Está al alcance, vamos a decir, de cualquier persona.
—¿Cómo empezó tu adicción y cuándo te diste cuenta de que era una adicción?
—Mirá, siempre estuve relacionado con las computadoras, quizás por el trabajo de mi papá, que trabajaba en una oficina. A veces, los fines de semana o los días de guardia, yo iba y estaba frente a una computadora jugando al Alpine o haciendo juegos, vamos a decir, inofensivos o sencillos. Siempre tuve esa atracción o ese gusto.
Después, de más grande, me llamaban la atención juegos como Call of Duty, Counter-Strike y otros juegos populares. Yo los jugaba y me gustaba ser popular o ser el mejor. Por eso también jugaba demasiado.
También lo vi como un refugio. Mis padres se separaron y yo tenía como una contención ahí. Buscaba esconderme en mi mundo. Era una forma de tapar, de no hacerme cargo y de esconderme un poco de la realidad.
Y así fue como comenzó. Me di cuenta de que era una adicción cuando dejás de lado todo lo demás de tu vida o pasa a ser lo más importante: ir a la escuela, tener amistades, ir a un club, relacionarte con tu familia. Solo vivís para eso.
—¿Cuánto tiempo te llevó tomar la decisión de afrontar el problema y cuál fue el detonante?
—El tiempo que conviví con la decisión fueron cuatro o cinco años. Sí, el último tiempo fue muy fuerte.
Tuve por ahí deseos de, no sé si de quitarme la vida, pero sí pensamientos de decir: ¿Para qué vivimos? ¿Por qué es esto? Si esto es la vida, no la quiero. Entonces, como que estuvo eso y ahí es cuando uno empieza a dudar o a preguntarse qué está pasando o qué me está pasando, mejor dicho.
Yo era joven y recurrí a mis padres. Fui a un ambulatorio, pero ahí yo manifestaba que no era lo que necesitaba, que quizás necesitaba algo como una internación.
Claramente, el ambulatorio no me sirvió. Volví y, después de un tiempo, logré internarme gracias a la ayuda de mi madre y de unos amigos, entre ellos José Quiroz, que ayudaron a tomar la decisión y me llevaron. Yo no conocía el lugar.
—¿Llegaste a perder dinero con este tema? ¿Llegaste a estar “ahorcado”, como se suele decir y como se conocen algunos casos? ¿O fue más el hecho de no poder estar sin esa actividad lo que te llevó a afrontar el problema?
—Sí, un poco de las dos. Quizás el dinero pasa a ser secundario cuando la vida está en juego o está en riesgo la integridad de una persona. No por eso deja de ser importante ni deja de tener relevancia.
Como era menor de edad, siempre recurría a mi padre o a mi abuela por dinero y les decía que necesitaba para tal cosa de la escuela o para unas zapatillas. Yo siempre lo guardaba y lo utilizaba solamente para eso.
Llegué a sacarle plata a mi hermano, a mis amigos o hasta a mi familia, a mi mamá. Entonces, claramente, los que se endeudaban eran ellos y los que sufrían la pérdida económica eran ellos. Sí quedaron quizás algunas deudas que tuvieron que pagar ellos, pero bueno, eso también estuvo.
—¿Se fue reconstruyendo el vínculo con tus amigos? Entiendo que habrás tenido dificultades también con ellos debido a esta adicción. Con el paso del tiempo y tu recuperación, ¿volviste a vincularte con tus amigos?
—Mirá, particularmente esa es una de las cosas que se trata en el centro. Las viejas amistades son las que no podemos volver a tener. Más allá de que sean buenas personas o no, o tengan el vicio o no, son personas comunes, son lugares comunes, son hábitos que tenemos que dejar.
Después de un tiempo, ciertas personas, situaciones o lugares nos pueden llevar, o nos llevan, a donde estábamos antes. Entonces, claramente, buscamos nuevas amistades y nuevas relaciones.
—Hoy, 10 años después del tratamiento, ¿cómo te encuentra la vida? Más allá del centro, ¿cuáles son tus actividades personales? ¿Qué esperás de acá para adelante?
—Después de 10 años siento que amo la vida. Claramente, no ha sido lineal mi vida después de estos 10 años. Tuve, vamos a decir, subidas y bajadas.
Hice un emprendimiento de jardinería. Me dediqué a eso muchos años y sigo dedicándome hace siete años. Me fue bien, no me fue tan bien, ahora no me va tan bien, pero bueno.
Sí recuperé por ahí mi relación con mi familia, que creo que es lo mejor: el vínculo. Pude decir las cosas que tenía que decirle a mi mamá, pude decirle las cosas que tenía que decirle a mi papá, pude decir lo que tenía que decir. El adicto no dice. Esa es la palabra: no dice.
Entonces, reconstruir los vínculos también. Formé una familia, estoy en pareja actualmente y tengo un hijo de cuatro años. Ellos son mi motor, son mi guía. A veces siento que no estoy al 100 por ciento, a veces estoy al 20, y siempre está ahí mi hijo y mi señora para ayudarme.
Salgo a remar, hago actividades al aire libre. Tuve un kayak, después no tuve el kayak. Entonces, salgo a remar, caminar o lo que sea, conectar con el aire libre es algo que me hace muy bien. Lo pienso seguir haciendo y lo voy a seguir haciendo.
Hace bastante tiempo que no voy a la granja y también hace un tiempo que decidí acercarme o volver. Entonces, hoy creo que es la mejor oportunidad para volver al centro y dar un testimonio, por ahí una escucha o compartir un poco la experiencia.
—O sea, hoy tu vínculo con el centro es más que nada venir, seguir acompañando, escuchar a los demás y dar tu historia de vida. Ya no formás parte de los tratamientos ni del grupo interdisciplinario.
—No, exactamente. No formo parte de los internos y tampoco formo parte del grupo.
—¿Qué sentís cuando ves tanta producción en redes sociales auspiciada por las casas de apuestas? Y que, al mismo tiempo, pareciera que no se hace nada para regularlo.
—Por un lado, siento que son distracciones que las hay, siempre las hubo y siempre las va a haber. En su momento quizás estaba el casino, la ruleta o, en el bar, las cartas. Hoy lo tenemos al alcance de la mano, a través del celular.
Lo que la tecnología ha hecho es como un arma de doble filo. Antes teníamos un reloj de pulsera, una cámara digital por un lado y otras cosas. Hoy lo tenemos todo en un dispositivo. Es un arma de doble filo: tiene sus ventajas y sus desventajas.
Sobre este tema, vale aclarar que muchas acciones y muchas personas, con el fin de ganar dinero, no ven el daño. Y como fue en su momento con el tabaco o el alcohol, si esto también se empieza a ver como algo que daña a las personas, que de hecho lo hace, debería haber más regulaciones por parte del Estado, por parte de la ciudad y de los gobiernos en cuanto a estas actividades.
Habría que regular las apuestas online, los juegos, lo que sea, así como también el uso de las redes sociales y los dispositivos. Las redes sociales, en los chicos, en los adolescentes, en las personas mayores y en los adultos, son totalmente dañinas porque te venden algo que no son.
Ves a una persona en una foto, con un paisaje, y decís: “Uy, qué bien que lo está pasando”. Capaz esa persona fue a disfrutar, a desconectar, pero en realidad no está pasando tan bien. Está mostrando que está pasando bien, pero en realidad no lo está pasando bien.
Muchas veces nos escondemos y, detrás de las redes sociales, también hay abusos. Hay personas que cometen delitos, bullying, grooming, como se le llama ahora. Los adolescentes por ahí están más expuestos a eso porque hoy, si no tenés redes sociales, la gente no te ve, no existís. Tu parte virtual no está.
Entonces, es muy dañino y hay que tomarlo con mucho cuidado hoy en día. En realidad, podemos vender por las redes sociales y ofrecer cosas, pero hay que tener mucho cuidado con eso también.










