De Paso Vera al desafío de preservar y desarrollar toda nuestra ribera, con una mirada que combine el cuidado ambiental, la planificación y el crecimiento de Concepción del Uruguay.

Durante las últimas semanas hemos discutido mucho sobre ambiente en Concepción del Uruguay: primero por las intervenciones realizadas en Paso Vera y después por la propuesta de estudiar un desarrollo turístico diferente para la Isla del Puerto. Hubo cuestionamientos y posiciones enfrentadas.
Quizás haya llegado el momento de levantar un poco la mirada y procurar que la arena no nos tape el bosque.
Paso Vera: no ver fantasmas donde hubo un error
Sobre Paso Vera conviene poner las cosas en su verdadera dimensión. Las organizaciones ambientalistas hicieron bien en advertir sobre lo ocurrido. Desde el HCD convocamos a funcionarios de Obras Públicas, de la administración de la Isla del Puerto y del área jurídica municipal. Se dieron explicaciones, se reconoció que hubo un error, comenzaron las tareas de reparación y quedó claro que deberán extremarse los cuidados para evitar que vuelva a suceder.
Además, todos los concejales acompañamos por unanimidad un proyecto de comunicación. Ante un problema ambiental corresponde saber qué ocurrió, corregirlo, aprender y mejorar los procedimientos.
Paso Vera es un ambiente extremadamente dinámico. Quien fue concesionario durante casi una década recuerda que la cantina quedó originalmente elevada casi cuatro metros respecto de la playa y hoy prácticamente está al nivel de la arena. Esa misma acumulación alcanza periódicamente el camino de acceso, que requiere mantenimiento anual. Sin esas intervenciones, con el tiempo sería imposible acceder al balneario.
Esta vez se trabajó en un sector donde no correspondía. Eso estuvo mal. Fue advertido, reconocido y comenzó a repararse. No se trata de minimizar un error ambiental, sino de corregirlo, aprender de él y evitar que vuelva a suceder.
También creo en transformar
Pero defender el ambiente no significa sostener que todo debe permanecer exactamente como está. También creo en la transformación. Nuestra propia ciudad es resultado de muchas de ellas. La Defensa Sur implicó grandes terraplenes y movimientos de suelo para proteger barrios enteros de las inundaciones.
Y todavía más contundente es el ejemplo de la Isla del Puerto. Para construir su avenida costanera se realizaron casi 2 millones de metros cúbicos de movimiento de suelo. Se construyó además un puente de más de 200 metros, kilómetros de avenida, infraestructura, espacios públicos y playas.
No fue una intervención menor y tuvo mucha oposición ambiental. Hoy, sin embargo, sería difícil imaginar Concepción del Uruguay sin la Costanera de la Isla, convertida en uno de nuestros espacios públicos más disfrutados y en uno de los principales atractivos turísticos.
Transformar no es necesariamente destruir. El equilibrio está en evitar los extremos: ni una urbanización sin planificación que deteriore el ambiente, ni un conservacionismo extremo que impida el progreso.
El hotel como un ícono dentro de una estrategia
Lo mismo vale para la propuesta de estudiar un desarrollo turístico de categoría en la Isla del Puerto. Es una idea que implica responder varias preguntas ambientales serias para evaluar sus impactos y condiciones de viabilidad. Pero tampoco parece razonable decidir, antes de estudiar nada, que nada puede analizarse.
Si los estudios permiten una intervención responsable y controlada, quizás dentro de pocos años exista allí un hotel integrado al paisaje y un centro de convenciones capaz de atraer eventos nacionales y convertirse en un nuevo ícono de Concepción del Uruguay.
Ojalá suceda. No porque alguien haya ganado una discusión, sino porque significaría que logramos transformar sin destruir y que habremos sumado un ícono capaz de ayudarnos a consolidar a Concepción del Uruguay como una ciudad de eventos y experiencias durante todo el año, aprovechando nuestra historia, el río, la naturaleza, el deporte, la gastronomía y nuestra producción regional. Porque detrás del turismo también hay hoteles, restaurantes, comercios, transportistas, proveedores y, sobre todo, trabajo.
El cuidado ambiental también empieza en cada uno
Controlar al Estado y exigir que el Municipio haga bien su trabajo es importante, pero el cuidado ambiental no depende únicamente del Estado. Depende también de nuestras conductas como comunidad, y ahí las organizaciones ambientales pueden cumplir un papel enorme ayudando a educar y generar conciencia.
Cuidar nuestros humedales y nuestro río empieza en casa: separando residuos y evitando que la basura termine en calles, baldíos o cañadones y, finalmente, en nuestros arroyos y el río Uruguay. Y también con algo muy simple: cuando vamos a Paso Vera, Banco Pelay, la Isla o cualquier espacio natural, lo que llevamos debe volver con nosotros. No hay política ambiental eficaz si toda la responsabilidad se deposita en el Estado y ninguna en nuestras propias conductas.
También debemos ser coherentes con el uso de nuestras áreas naturales. Paso Vera ofrece un buen antecedente: durante años existieron ranchos en la punta norte, el Municipio logró retirarlos y recuperó ese espacio para todos. En la Isla del Puerto todavía subsisten construcciones particulares en sectores que progresivamente deberían volver al uso público, evitando nuevas ampliaciones y recuperando esos terrenos a medida que se vayan desocupando.
Y, además, hay que entender que preservar cuesta dinero. La Isla necesita personal, limpieza, seguridad, iluminación, mantenimiento, caminos, sanitarios e infraestructura, con un costo que supera los mil millones de pesos anuales para el presupuesto municipal. Por eso el desafío no es solamente decidir qué no puede hacerse, sino construir un modelo que permita tener dentro de veinte años una Isla más natural, mejor preservada, más accesible y también económicamente sostenible.
Preservar y desarrollar
Por eso creo que deberíamos avanzar en la creación de una Agencia para la Preservación y el Desarrollo de la Ribera Uruguayense, un ámbito permanente que reúna al Ejecutivo, al HCD, el CECOM, universidades, especialistas, organizaciones ambientales, clubes, prestadores turísticos y sectores productivos, y que permita pensar nuestra ribera a veinte o treinta años.
Su misión debería abarcar tanto la protección ambiental como el desarrollo turístico, incluida la viabilidad del hotel y el desarrollo de todo el frente costero, pero también el estudio de la erosión, la sedimentación, la dinámica del río, la conservación y recuperación de playas, los humedales, la protección costera y la adaptación frente a crecientes e inundaciones.
Banco Pelay es un buen ejemplo: preservarlo no significa simplemente dejarlo como está, sino entender cómo está cambiando y analizar qué puede hacerse para recuperar y conservar sus playas sin alterar el equilibrio natural del río. Lo mismo con Paso Vera y con las costas de los arroyos que abrazan la ciudad.
Porque Concepción del Uruguay debe cuidar profundamente su río, sus humedales y sus reservas, pero también necesita transformarse, generar más turismo, inversiones, oportunidades, trabajo y bienestar. Ese es precisamente el equilibrio que deberíamos buscar: preservación y desarrollo, para no tener que elegir entre ambiente o progreso, sino conseguir ambos.
Que la arena, finalmente, no nos tape el bosque.
(*) Economista y Concejal










