El cierre de comercios céntricos vuelve a poner en discusión el presente de una actividad que atraviesa una fuerte retracción. Menos consumo, endeudamiento, importaciones, ventas desreguladas de los famosos “emprendedores” y ausencia de respuestas concretas para quienes sostienen locales, empleos e inversiones.
Alcanza con caminar unas pocas cuadras por el centro de Concepción del Uruguay para advertir que algo está pasando. Locales vacíos, persianas bajas, vidrieras que cambian de dueño y comercios donde la preocupación de quienes están detrás del mostrador resulta cada vez más evidente. Esta semana, el cierre de un conocido comercio de electrodomésticos céntrico volvió a poner la realidad frente a los ojos de todos: donde durante años hubo atención al público, ahora un cartel invita a comprar por internet.
No fue el único caso. La propia referencia a los cierres de Sensei y Disley, realizada por el presidente del Centro Comercial de Concepción del Uruguay, Walter Magri, muestra que no se trata de una situación aislada. Según explicó, el comercio atraviesa una fuerte retracción del consumo, con familias que destinan cada vez más de sus ingresos a necesidades básicas y recurren al endeudamiento para sostenerse. También señaló el impacto de las importaciones y de los cambios en los hábitos de compra.
El diagnóstico está sobre la mesa, pero el problema aparece cuando llega la hora de hablar de soluciones. La respuesta parece reducirse, una vez más, a decirle al comerciante que debe adaptarse, vender por redes, digitalizar sus catálogos y aprender a utilizar nuevas herramientas.
Capacitar puede ser necesario y vender por internet también forma parte del presente, pero no alcanza para explicar cómo se sostiene un comercio que paga alquiler, impuestos, servicios, salarios, cargas y todos los costos que implica mantener una puerta abierta. Mientras tanto, proliferan los discursos de quienes se presentan como “emprendedores” por revender productos a través de las redes, muchas veces sin afrontar la misma estructura de costos y obligaciones que un comercio establecido.
No se trata de cuestionar que alguien pueda buscar una alternativa para generar ingresos desde su casa. El problema aparece cuando se pretende poner en el mismo plano a quien realiza una actividad informal de reventa y a quien durante años apostó por un comercio genuino, alquiló un local, invirtió, contrató trabajadores y asumió riesgos. La discusión debería ser otra: cómo generar condiciones para que el comercio formal pueda sobrevivir y para que aquellos que hoy venden desde internet también puedan crecer y convertirse, si así lo desean, en verdaderos comerciantes.
En el medio aparecen además las discusiones sobre horarios, turismo y la necesidad de tener un comercio más activo cuando muchas veces la ciudad no tiene circulación suficiente para sostenerlo. Se acumulan opiniones, propuestas aisladas y diagnósticos, mientras la realidad avanza por otro camino. El cierre de Boston después de casi ocho años, sumado a los demás locales que bajaron o anuncian que bajarán sus persianas, debería ser suficiente para entender que no se trata solamente de adaptarse a una nueva tecnología: hay una actividad económica que necesita consumidores, reglas claras y condiciones para trabajar.
Concepción del Uruguay no está aislada de lo que ocurre en Entre Ríos ni en el país. Cuando cae el consumo, se multiplican las deudas y mantener un comercio abierto se convierte en una carrera de obstáculos, las consecuencias terminan apareciendo en las calles: menos locales, menos empleo y menos movimiento económico. Si quienes tienen responsabilidades de gobierno no encuentran respuestas y se limitan a observar el fenómeno, el riesgo es que la ciudad termine acostumbrándose a una postal que no debería ser normal: comercios cerrados y una actividad que, poco a poco, deja de ser el motor que alguna vez fue.












