Retropía: la utopía del pasado no es posible

Arq. Marcos Di Giuseppe

Hay una tentación permanente en la política argentina, y también en la de nuestras ciudades: creer que la respuesta a todos los problemas de hoy está en algún punto del pasado. Que alcanza con “volver a un tiempo mejor”. Que hay una fórmula heredada, ya probada, que solo hace falta reeditar.

Esa idea es un espejismo. Y sostenerla tiene un costo altísimo: nos impide pensar el futuro con la libertad que necesitamos para construirlo. Porque mientras discutimos lo que fuimos, el mundo real —el que decide dónde se instala una inversión, dónde se queda un joven, dónde se genera trabajo— sigue moviéndose sin pedirnos permiso.



Debemos dejar de pensar que nada de lo que viene de los principios de nuestra historia institucional puede ser modificado. Si seguimos gestionando con la mirada puesta únicamente en el espejo retrovisor, los resultados no van a cambiar.

Ahí aparece la primera incomodidad, y hay que decirlo con todas las letras: no hay atajos ni recetas heredadas que alcancen. Esa incomodidad no es un obstáculo a evitar. Es, exactamente, lo que nos tiene que hacer pensar el futuro: no como consigna, sino como método de gestión.

Ese es el verdadero desafío que tienen hoy las administraciones locales: dejar de buscar en la comodidad del pasado las soluciones a problemas que son, en esencia, nuevos. No se trata de negar la historia ni los valores que nos constituyen. Se trata de dejar de usarla como excusa para no actuar.

Y no actuar, hoy, es una decisión cada vez más cara. Se paga en algo mucho más concreto que cualquier estadística: en la vida cotidiana de la gente.

Porque cuando hablamos de comunidad, ¿de qué hablamos en realidad? No de un organigrama ni de un plan de gestión. Hablamos de calidad de vida. De proyectos de vida.

…De felicidad.

La felicidad de una comunidad tiene que ver con algo tan simple como sentirse parte de la sociedad: con el orgullo local. Esa sensación de satisfacción que cada vecino siente al definir de dónde es, se construye con la misma capacidad de una comunidad de reconocerse en lo que hace y en lo que proyecta.

Sin ese orgullo, no hay desarrollo que se sostenga en el tiempo, porque nadie invierte, se queda ni construye futuro en un lugar del que reniega.

La salida, entonces, es mirar hacia adelante.

El horizonte necesita previsibilidad. Un acuerdo sobre reglas básicas, una apuesta cultural sostenida en el tiempo, y una clave de futuro que también pasa por el trabajo conjunto con otras ciudades y regiones que hoy manejan atributos similares a los nuestros. No se trata de competir por parecerse al pasado de otro, sino de construir una agenda propia de desarrollo, con buenas y malas noticias incluidas, asumidas con madurez.

La retropía —la utopía de un pasado que ya no vuelve— da sensación de comodidad. Pero no es un lugar donde gobernar.

El futuro, en cambio, todavía está por escribirse. Y esa hoja en blanco no la va a llenar la nostalgia.

La vamos a llenar con el coraje de las administraciones locales para dejar la mirada complaciente hacia atrás y asumir, de una vez, el rol de protagonistas que el desarrollo de nuestras comunidades exige.

Ese es el desafío. No hay otro.

(*) Presidente del Ente Autárquico Puerto Concepción del Uruguay e integrante del Ateneo Crisólogo Larralde.