El diagnóstico productivo que llegó de afuera

Por Gustavo Reija (*)

La visita de la directora gerente del Fondo Monetario Internacional a Buenos Aires fue leída, con razón, como un respaldo político al programa económico. Elogió la desinflación, la acumulación de reservas y la disciplina fiscal, y descartó la necesidad de fondos adicionales. Sin embargo, debajo de esa foto de aval hubo un diagnóstico que merece atención, porque introdujo categorías que el relato oficial suele omitir.

En su conferencia en el Palacio de Hacienda, la funcionaria dedicó un espacio central a las pequeñas y medianas empresas. Sostuvo que son las que generan la mayor parte del empleo y advirtió que, si bien la desocupación se ubica por debajo del 8%, una porción considerable de esa ocupación es informal. Señaló, además, que junto a los sectores que traccionan —petróleo, gas, minería y agro— conviven rubros que no despegan: la construcción, los servicios y la logística. Y recomendó algo llamativo: que el Gobierno oriente su acotada capacidad fiscal precisamente hacia esos sectores rezagados, y que acelere la inversión en rutas e infraestructura para conectar la economía.



El vocabulario ausente

Lo notable no es que un organismo de crédito hable de pymes o de infraestructura. Lo notable es el contraste con el discurso del propio Gobierno. La narrativa oficial descansa en una idea sencilla: estabilizar es, por sí mismo, desarrollar. En ese esquema, el Estado se corre, el gasto de capital se comprime y el mercado asigna. La obra pública se contrajo con fuerza en términos reales y la inversión pública quedó entre las principales variables de ajuste. El potencial exportador de los recursos naturales aparece presentado, muchas veces, como si fuera la totalidad del modelo.

En ese lenguaje no hay lugar para nociones como entramado productivo, sectores rezagados o direccionamiento del gasto. No es un descuido: es una omisión conceptual. Cuando la conducción económica sostiene que no hay nada que orientar porque el equilibrio fiscal ordena todo lo demás, las categorías que empleó el Fondo simplemente no caben.

Lo que enseña la experiencia

Conviene traer aquí, sin atribuirlas a ningún nombre en particular, algunas conclusiones bastante establecidas en la literatura del desarrollo económico. La primera es que no da lo mismo producir cualquier cosa: hay actividades que difunden conocimiento, generan rendimientos crecientes y arrastran a otras, y actividades que se agotan en sí mismas. La segunda es que ese arrastre opera a través de encadenamientos, hacia atrás y hacia adelante, que un tejido diversificado de pymes articula mucho mejor que un puñado de enclaves exportadores. La tercera, más incómoda para la ortodoxia, es que el Estado no se limita a corregir fallas de mercado: también puede orientar la dirección del cambio productivo y asumir riesgos que el sector privado, por sí solo, no toma.

Nada de esto es exótico. Es, en rigor, aquello que la propia funcionaria del organismo insinuó cuando pidió concentrar la capacidad fiscal en los sectores que no arrancan. El punto es que una cosa es nombrar el diagnóstico y otra, muy distinta, formular la política que lo resuelve.

El límite de la receta

Porque el Fondo nombró la enfermedad, pero recetó una aspirina. Su propuesta para reactivar a las pymes y a los rubros postergados es esencialmente financiera: más crédito, desarrollo de instrumentos hipotecarios hoy casi inexistentes, mayor inclusión para dinamizar el consumo. Es una mirada que confía en que, removidas las trabas y ampliado el financiamiento, la economía real se acomodará por su cuenta.

La experiencia sugiere lo contrario. El crédito es condición necesaria, no suficiente. Sin una demanda interna sostenida, sin inversión pública que complemente a la privada y sin una estrategia que decida qué se quiere producir y con quiénes, el financiamiento barato tiende a dirigirse hacia donde ya existe rentabilidad —los enclaves— y no hacia donde haría falta construir capacidades. Se puede abaratar el crédito de una pyme metalúrgica, pero si su mercado se contrajo y la obra pública que la demandaba desapareció, el problema nunca fue la tasa.

Una paradoja doméstica

De ahí lo que dejó, en el fondo, la visita. El organismo históricamente asociado al ajuste terminó recordándole a la política local que existe un problema productivo, que la estabilización no se convierte de manera automática en desarrollo y que hay sectores y empresas que requieren algo más que orden macroeconómico. Lo hizo a medias y con una solución insuficiente, es cierto. Pero lo hizo. El interrogante que queda abierto es más doméstico que técnico: si el diagnóstico sobre las pymes y la cadena productiva tuvo que llegar desde afuera, algo revela eso sobre las prioridades de quienes conducen la economía desde adentro.