CUANDO EL CAMBIO YA CAMBIÓ

Por Juan Martín Garay (*)

Hace algunos años escribí que la política confundía el recambio con el simple reemplazo de dirigentes. El tiempo no desmintió aquella idea: la volvió insuficiente. Hoy la Argentina enfrenta un desafío mucho más profundo. Ya no alcanza con cambiar los nombres. Lo que está en discusión es la capacidad misma de la política para interpretar una sociedad que cambió más rápido que quienes pretenden representarla.
Hace algunos años publiqué una columna titulada El recambio. Allí sostenía que uno de los errores más frecuentes de la política consistía en creer que la renovación dependía exclusivamente de las personas. Cambiar dirigentes no significaba necesariamente cambiar la política. La historia argentina ofrecía innumerables ejemplos de gobiernos que modificaron sus protagonistas sin alterar las prácticas, los métodos ni la forma de ejercer el poder.
Con el paso del tiempo, aquella reflexión no perdió vigencia. Por el contrario, los hechos terminaron confirmándola. Sin embargo, la realidad también obligó a revisarla. Porque el problema dejó de ser únicamente el recambio. El cambio, paradójicamente, también cambió.
Hoy la discusión ya no pasa solamente por quién gobierna o quién aspira a hacerlo. La verdadera pregunta es otra: ¿la política sigue siendo capaz de comprender la sociedad que dice representar?
Esa distancia —cada vez más visible— constituye, probablemente, el fenómeno político más importante de nuestro tiempo.

LA SOCIEDAD SE MOVIÓ PRIMERO



Durante décadas la política organizó la vida pública con relativa estabilidad. Los partidos expresaban identidades reconocibles, las discusiones ideológicas ordenaban el debate y los liderazgos se construían lentamente, al calor de las estructuras partidarias y de los territorios.
Ese mundo ya no existe.
La revolución tecnológica aceleró los tiempos. Las redes sociales modificaron la circulación de la información. La crisis económica alteró las prioridades de millones de argentinos. La confianza en las instituciones se deterioró. Las nuevas generaciones comenzaron a mirar la política con otros códigos y otras exigencias.
Mientras todo eso ocurría, buena parte de la dirigencia continuó discutiendo como si el escenario permaneciera intacto.
Allí comenzó a abrirse una brecha que todavía persiste: la sociedad empezó a formular preguntas nuevas, mientras buena parte de la política seguía ofreciendo respuestas viejas.
No es casual que los liderazgos tradicionales hayan perdido capacidad de convocatoria ni que las identidades partidarias ya no alcancen, por sí solas, para explicar el comportamiento electoral. La ciudadanía se volvió más volátil, más exigente y menos tolerante frente a las promesas incumplidas. La confianza dejó de ser un capital acumulativo para convertirse en un vínculo que debe renovarse permanentemente.

EL ERROR DE ESPERAR EL TURNO

Existe una vieja tradición en la política argentina que supone que los gobiernos caen por desgaste y las oposiciones regresan por simple agotamiento del oficialismo. Como si la alternancia fuera un mecanismo automático y la memoria colectiva funcionara con fecha de vencimiento.
Los últimos años demostraron exactamente lo contrario.
La sociedad ya no parece votar por turnos. Vota por expectativas. Pero tampoco olvida.
Ese dato explica buena parte del presente argentino. El oficialismo conserva apoyo aun atravesando uno de los programas de ajuste más severos desde el retorno democrático. No necesariamente porque todos compartan sus decisiones, sino porque una parte importante de la sociedad todavía considera que la experiencia anterior no representa una alternativa superadora.
Del mismo modo, la oposición no recuperará la confianza únicamente señalando las dificultades del Gobierno. La crítica, por sí sola, ya no construye legitimidad.
Toda propuesta de poder necesita responder una pregunta que la ciudadanía formula en silencio: ¿por qué esta vez sería diferente?

EL DESAFÍO DEL PERONISMO

Ninguna fuerza política enfrenta hoy un desafío mayor que el peronismo.
Su historia demuestra una capacidad extraordinaria para interpretar los cambios sociales y reinventarse frente a contextos completamente distintos. Esa flexibilidad fue, probablemente, una de las razones principales de su permanencia como actor central de la política argentina durante ocho décadas.
Sin embargo, ninguna tradición política puede vivir únicamente de su propia historia.
El peronismo necesita volver a hacer aquello que mejor supo hacer: escuchar antes de hablar.
La discusión no puede agotarse en la disputa por liderazgos, candidaturas o alineamientos internos. Tampoco alcanza con administrar nostalgias ni con reivindicar gestiones pasadas. La sociedad de 2026 no formula las mismas preguntas que la de 2019, ni las de 2003, ni las de 1983.
La política que pretenda representarla tampoco puede responder con el mismo lenguaje.
Toda identidad política necesita memoria. Pero ninguna puede convertir la memoria en su único proyecto de futuro.
El desafío consiste en recuperar la capacidad de interpretar el presente sin renunciar a los principios que le dieron origen. Adaptarse no significa abandonar las convicciones; significa encontrar nuevas formas de expresar los mismos valores frente a una realidad distinta. Esa ha sido, históricamente, la mayor fortaleza del peronismo. Volver a ejercerla será una condición indispensable para su futuro.

GOBERNAR TAMBIÉN EXIGE REINVENTARSE

El desafío no pertenece solamente a la oposición.
Todo gobierno corre el riesgo de creer que el respaldo electoral constituye una legitimidad permanente. Sin embargo, las democracias contemporáneas funcionan bajo otra lógica. La confianza pública ya no se acumula; se renueva todos los días.
Las mayorías son cada vez más inestables. Los liderazgos se construyen con mayor rapidez, pero también se erosionan mucho más velozmente. Gobernar exige interpretar una sociedad que cambia mientras se gobierna.
Quien no advierte esa velocidad comienza a administrar inercias. Y las inercias, tarde o temprano, terminan convirtiéndose en derrotas.
La eficacia de un gobierno ya no se mide únicamente por su capacidad para administrar el Estado, sino también por su aptitud para comprender una ciudadanía que exige respuestas inmediatas, transparencia, coherencia y una mayor cercanía con los problemas cotidianos.

EL VERDADERO RECAMBIO

Quizás el mayor error de la política argentina siga siendo creer que el problema son únicamente los nombres.
No alcanza con dirigentes jóvenes si reproducen las mismas prácticas de siempre. Tampoco alcanza con reemplazar figuras históricas si las organizaciones continúan encerradas en idénticas lógicas de funcionamiento.
El verdadero recambio consiste en cambiar la manera de ejercer la representación. Significa comprender que la autoridad ya no proviene solamente del cargo, de la trayectoria o del aparato partidario, sino de la capacidad para interpretar el presente con honestidad intelectual, actuar con coherencia y asumir que ninguna fuerza política posee un derecho adquirido sobre la confianza de la sociedad.
Hace algunos años escribí que el recambio era una condición necesaria, pero insuficiente.
Hoy creo que esa idea merece una corrección.
La Argentina no está reclamando simplemente nuevos dirigentes.
Está reclamando una nueva cultura política.
Porque el cambio ya cambió.
Y quien no sea capaz de comprenderlo llegará, inevitablemente, demasiado tarde.

(*) Abogado y Concejal, vice presidente 1ro. del HCD de Concepción del Uruguay y Presidente del Bloque PJ