
Arquitecto – Docente
El 12 de julio de 1536, hace 490 años, murió en Basilea Desiderio Erasmo de Rotterdam. Tenía alrededor de setenta años. La fecha exacta de su nacimiento nunca pudo establecerse con certeza, lo cual tiene cierta gracia en un hombre que pasó la vida persiguiendo la precisión filológica. Stefan Zweig lo llamaría, cuatro siglos después, el primer europeo consciente de serlo.
Lo enterraron en la antigua catedral de Basilea, y las autoridades protestantes permitieron unas exequias católicas —o, si se quiere, ecuménicas— para un sacerdote que nunca dejó de serlo; lo cual ya dice algo sobre la singularidad de este hombre: era tan incómodo para unos como para otros que ni en el funeral lograron clasificarlo.
Erasmo no encaja en ninguna de las categorías que el siglo XVI tenía disponibles, y esa es exactamente la razón por la que sigue siendo contemporáneo. Era un hijo ilegítimo de un clérigo de Gouda que pasó por un convento agustino más por necesidad intelectual que por vocación religiosa, que mendigó su sustento dando clases y copiando manuscritos hasta que el latín que manejaba con una elegancia sin par le abrió las puertas de la Europa culta. Fue amigo de Tomás Moro en Inglaterra, conocido de los príncipes más poderosos de su época, corresponsal de reyes, discutido y admirado desde Lisboa hasta Polonia. Lo retrató Holbein, lo admiró Durero. Y, sin embargo, cuando el siglo se partió en dos con la Reforma de Lutero, Erasmo eligió no subirse a ninguno de los trenes.
El Elogio de la locura, escrito en una semana en casa de Tomás Moro durante una de sus estadías en Inglaterra, y dedicado a ese amigo con un juego de palabras en griego —«Moria», locura, «Morus», Moro— es uno de los libros más agudos del Renacimiento. Es un libro que finge ser frívolo y es devastador; que parece reírse de todo y en realidad diseca con bisturí la estupidez organizada del poder. La Stultitia, la Locura personificada, toma la palabra y elogia a quienes la sirven: los reyes, los papas, los teólogos, los filósofos, los guerreros, los mercaderes. La ironía tiene dos filos: si la locura gobierna el mundo, ¿quién es el verdaderamente cuerdo? Y si los cuerdos son los que se apartan del mundo, ¿qué clase de cordura es esa? Con el tiempo, el libro circuló por toda Europa de contrabando, metido en el fondo de los baúles junto a la ropa interior, como recuerda algún cronista de la época. Fue uno de los primeros grandes fenómenos editoriales de la imprenta, ese invento reciente que Erasmo comprendió mejor que nadie y que usó con una maestría que todavía hoy sorprende.
Pero el Elogio de la locura es el Erasmo accesible, el que entra en las antologías y en los cursos de historia de la literatura. El otro Erasmo, el que importa para entender qué fue exactamente lo que eligió en los años cruciales, es el que escribió De libero arbitrio («Sobre el libre albedrío») en 1524, como respuesta directa a Lutero. Porque Lutero le había tendido la mano, lo había reconocido como precursor, había aspirado a tenerlo como aliado en la ruptura con Roma. Y Erasmo dijo que no. No porque defendiera la corrupción de la Iglesia —que criticaba con más ferocidad que cualquier reformador—, sino porque veía en el movimiento luterano algo que le resultaba más peligroso que los abusos que denunciaba: el fanatismo, la certeza absoluta, la disposición a dividir el mundo en creyentes y réprobos, la idea de que un hombre podía estar tan seguro de la voluntad de Dios como para condenar a otro por disentir.
El libre albedrío no era para Erasmo solo una cuestión teológica. Era la pregunta sobre si el ser humano tiene la capacidad de razonar, de equivocarse, de corregirse, de no ser arrastrado como lo que Zweig llamó con exactitud un «pelele inconsciente» por las corrientes del fanatismo colectivo. Lutero respondió con su De servo arbitrio («Sobre el esclavo albedrío»), un texto brillante y furioso en el que sostenía que el hombre no puede nada por sí mismo y que la gracia divina lo determina todo. La polémica entre los dos es, reducida a su esencia, la polémica entre la razón crítica y la fe militante; entre el que quiere comprender y el que quiere convertir.
La posición de Erasmo le costó todo. Los luteranos lo despreciaron por tibio y por cómplice de Roma. La Iglesia Católica terminó sometiendo buena parte de su obra a la censura de la Contrarreforma, y varios de sus libros pasaron a integrar los índices de obras prohibidas después del Concilio de Trento, como si sus décadas de crítica al clero no hubieran bastado para convencerlos de que era un enemigo. Cuando Basilea se convirtió al protestantismo en 1529, Erasmo hizo sus maletas y se mudó a Friburgo de Brisgovia —fiel a su costumbre de habitar donde reinaran los libros y la palabra, como escribió Zweig, antes que cualquier bandera—. Volvió a Basilea solo al final, porque tenía trabajo pendiente y la salud no le daba tregua, y allí lo encontró la muerte.
Zweig lo eligió como sujeto biográfico en los años treinta del siglo XX, cuando el fanatismo volvía a partir Europa en dos —o en varios pedazos, que es peor— y cuando la figura del humanista que se niega a enrolarse en ningún bando se había vuelto de una actualidad insoportable. La biografía que Zweig publicó en 1934, el año después de que Hitler llegara al poder, no es solo un libro sobre el siglo XVI: es un espejo, y el que mira en ese espejo no necesita que le expliquen qué está viendo. Zweig, que terminaría suicidándose en el exilio en 1942, sabía perfectamente lo que le costaba a un hombre razonable sobrevivir en una época de fanáticos.
Lo que resulta perturbador de Erasmo, y lo que lo vuelve tan necesario como incómodo, es que su posición no fue la del cobarde ni la del oportunista. Fue la del hombre que entendía la complejidad mejor que sus contemporáneos y que no estaba dispuesto a simplificarla para ganar adherentes. Hay una diferencia enorme entre el que no elige bando porque le da lo mismo y el que no elige bando porque ha comprendido que los dos bandos están cometiendo el mismo error fundamental: creer que la verdad es un territorio que se conquista por la fuerza. Erasmo eligió la segunda posición. Pagó el precio correspondiente.
La tradición política latinoamericana ha premiado bastante más la lealtad de facción que la duda tolerante. La historia política del continente es, en buena medida, la historia de sucesivas polarizaciones en las que se exige de cada ciudadano que defina de qué lado está, como si la razón crítica fuera una forma de traición y la lealtad incondicional una virtud. Los que intentan pensar en lugar de alinearse suelen terminar siendo atacados desde ambos flancos con idéntica ferocidad, lo cual debería ser, aunque rara vez lo es, una señal de que están haciendo algo bien. En ese sentido, el 12 de julio no es solo la fecha en que murió un humanista del siglo XVI. Es la fecha en que conviene recordar que la libertad de pensamiento no es un lujo ni una abstracción académica: es la condición de posibilidad de cualquier república que merezca ese nombre.











