DE LA VANGUARDIA REFORMISTA A LA AMNESIA POLÍTICA

Arquitecto – Docente
Resulta fascinante —y a la vez profundamente desalentador— observar la manera en que algunas ideas transformadoras caen en el sumidero del olvido en la Argentina. El caso del Ingreso Ciudadano a la Niñez es quizás uno de los ejemplos más curiosos de esa “amnesia política”. Lo que alguna vez fue el corazón de una propuesta de vanguardia para combatir la pobreza estructural y desarticular el clientelismo quedó reducido a un archivo que nadie recuerda.
Estamos hablando de una herramienta que promovía equidad y autonomía. Sin embargo, los bloques legislativos de los partidos que alguna vez lo propusieron han dejado hace mucho de reivindicarlo, mientras la realidad social muestra indicadores estructurales de pobreza infantil que interpelan a cualquier dirigente con sensibilidad ética y rigor técnico.
Para entender la magnitud de esta pérdida de memoria, conviene recordar que el Ingreso Ciudadano a la Niñez no nació como un parche asistencialista. En su ADN original, fue impulsado por la UCR y sostenido luego por la Coalición Cívica, y más tarde por el PRO. El INCINI fue concebido como una pieza clave de un sistema moderno de seguridad social. Llegó a ser parte de la plataforma de Cambiemos. En la campaña de 2015 Mauricio Macri prometió “universalizar la asignación por hijo” y al finalizar su mandato en 2019 la cuenta de Twitter de la Casa Rosada sostuvo como un logro que estábamos “más cerca del ingreso universal a la niñez”. Era verdad, la AUH se había extendido a hijos de monotributistas, entre otras medidas. No era plenamente universal, se podía ver el vaso medio lleno o medio vacío. Ambas opciones eran mejores que no verlo.
La premisa era simple, pero disruptiva: un piso de ingresos garantizado por el solo hecho de ser ciudadano; sin intermediarios, sin punteros y sin la arbitrariedad de la “contraprestación”, que muchas veces encubre servidumbre política. Empezando por donde hay que empezar siempre, por los niños; pero claramente mostrándose como el primer paso de un esquema integral de ingreso ciudadano que permitiera erradicar la indigencia en la Argentina.
El proyecto representaba una ruptura con los planes sociales focalizados y condicionados, que terminaron como emblemas del clientelismo populista y las imposturas demagógicas. Proponer el Ingreso Ciudadano, primero para los niños y después para todos, era apostar por la libertad: reconocer que la dignidad no se otorga como una dádiva, sino que es un derecho elemental que el Estado debe asegurar para que mercado y sociedad civil funcionen sobre una base mínima de justicia. Era partir de aceptar que la democracia republicana requiere de condiciones materiales para el ejercicio pleno de la libertad por parte de todos sus ciudadanos.
¿Qué ocurrió con esa audacia intelectual? ¿En qué momento la gestión de la coyuntura devoró la capacidad de pensar reformas estructurales?
Uno de los errores más frecuentes en el debate público argentino es suponer que el ingreso ciudadano pertenece en exclusiva ciertas tradiciones de izquierda o al progresismo tradicional. Una mirada más amplia y despojada de prejuicios nos podría mostrar que muchos de sus antecedentes más sólidos y concretos se encuentran en tradiciones liberales y republicanas, y hasta conservadoras.
Veamos por ejemplo algunos antecedentes de la cuestión en Estados Unidos.
El Impuesto Negativo a la Renta de Milton Friedman. El Premio Nobel ídolo de ultraliberales no proponía un sistema asistencial burocrático; planteaba una transferencia directa como mecanismo eficiente y menos distorsivo para eliminar la pobreza, al tiempo que reducía la maquinaria burocrática del Estado de bienestar, muchas veces más orientado a defender los intereses de esa propia burocracia que los de sus supuestos beneficiarios.
El plan de Richard Nixon. Un gobierno republicano logró media sanción en la Cámara de Representantes del Family Assistance Plan en 1970. De haberse convertido en ley, habría establecido un piso federal de ingresos para familias con niños. No era exactamente lo que hoy se conoce como “ingreso básico universal”, pero marchaba decididamente en esa dirección.
El Fondo Permanente de Alaska. El caso más exitoso y vigente: un gobierno republicano diseñó un sistema por el cual parte de las regalías petroleras se distribuyen anualmente de manera igualitaria entre todos los ciudadanos. No como caridad, sino como dividendo social derivado de la propiedad común de los recursos naturales.
La visión de Elon Musk y Sam Altman. Plantean que algún tipo de ingreso universal será una necesidad frente a la automatización y la inteligencia artificial. No desde el sentimentalismo, sino desde el pragmatismo económico: preservar demanda, estabilidad social y funcionamiento sistémico. Elon Musk va aún más allá, plantea que el ingreso universal podrá ser “alto”, no “básico”.
El problema de la Argentina actual es que el debate se empantana en una falsa dicotomía: o un Estado elefantiásico, ineficiente y discrecional que reparte migajas por intermediarios, o un ajuste que ignora las condiciones de partida de los sectores más vulnerables.
El Ingreso Ciudadano a la Niñez rompe esa trampa: Al ser universal, elimina el estigma de la miseria. Al ser incondicional, elimina el poder de los intermediarios y rompe la “trampa de la pobreza”. Al ser individual, empodera a la persona frente a las estructuras corporativas.
No es solo una política social; es una arquitectura institucional de libertad.
El INCINI podría financiarse con una reforma tributaria que recuperara las rentas no ganadas del valor del suelo y de los recursos naturales. Algunos están pensando en gravar también las rentas de la inteligencia artificial. En ambos casos, no se trata de sacarle a unos para darle a otros. Se trata de algo mucho más simple, de devolverle a cada uno lo que es suyo. Además, obviamente, absorbería lo que hoy se gasta en la AUH, las deducciones por hijos en el impuesto a las ganancias y las asignaciones familiares.
Mientras el Partido Demócrata norteamericano y muchos partidos social demócratas europeos se pierden en absurdas guerras culturales ajenas al ciudadano común y pierden contacto con la realidad de sus bases, la Argentina reformista y liberal no puede darse ese lujo.
Reivindicar el INCINI no es “volverse populista”. Es recuperar una visión republicana de la seguridad social: entender que no hay mercado libre posible si parte de la población nace condenada a la desnutrición o a la falta de estímulos básicos. Es aceptar que la libertad de elegir —tan invocada hoy— es una ficción sin medios materiales mínimos para ejercerla.
Si el actual gobierno nacional pretende ser heredero genuino de las ideas de la libertad, debería reflexionar seriamente sobre cuál es la mejor manera de desmontar el sistema clientelar de “planes”. Y si la oposición republicana quiere ser relevante, debe recuperar sus propias banderas.
El INCINI espera en algún archivo o en viejos borradores. Es hora de actualizarlo a los desafíos de la economía digital, y presentarlo como lo que siempre fue: el primer paso de una reforma estructural para una nación que se niega a condenar a su futuro antes de dejarlo caminar.
La amnesia política es una enfermedad costosa. A ese precio lo pagan millones de niños que no pueden esperar a que la dirigencia política recupere la memoria —o el coraje— para defender con convicción y lucidez lo que alguna vez propuso.










