Las reiteradas descalificaciones del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, contra el papa León XIV —incluida la difusión de imágenes generadas por inteligencia artificial con iconografía religiosa— provocaron el repudio de sectores católicos y evangélicos conservadores que integran su principal base de apoyo electoral.
El conflicto escaló cuando Trump acusó al pontífice de ser «débil en materia de delincuencia» y «pésimo en política exterior», además de afirmar que «le está haciendo mucho daño a la Iglesia católica» al actuar como «un político». El mandatario acompañó sus mensajes con imágenes creadas por inteligencia artificial en las que aparecía caracterizado con elementos religiosos, lo que generó acusaciones de blasfemia incluso entre sus aliados evangélicos más leales.
León XIV respondió desde el vuelo que lo trasladaba de Italia a Argelia: «No le tengo miedo al gobierno norteamericano. La Iglesia tiene la obligación moral de ir contra la guerra. El Evangelio es claro». El vicepresidente JD Vance se sumó a la ofensiva al cuestionar la teología papal y sostener que «estaba Dios del lado de los estadounidenses que liberaron a Francia de los nazis».
El enfrentamiento tiene antecedentes. El papa criticó las redadas y deportaciones masivas de migrantes impulsadas por la administración Trump y cuestionó a quienes «ridiculizan a quienes hablan del calentamiento global», en alusión a la decisión presidencial de retirar a Estados Unidos del Acuerdo de París. También condenó como «verdaderamente inaceptable» la amenaza de «aniquilar toda una civilización» lanzada contra Irán.
La designación de Robert Prevost como arzobispo de Nueva York en reemplazo del cardenal Timothy Dolan —amigo personal de Trump y figura influyente entre los católicos conservadores— fue interpretada como una señal del Vaticano hacia la Casa Blanca. La participación de tres cardenales estadounidenses en el programa «60 Minutos» para criticar al presidente habría sido el detonante de la furia presidencial.
El episodio expone una fractura profunda con el voto religioso que resultó decisivo en las victorias electorales del republicano. La difusión de imágenes que asimilan su figura a la de Cristo y la descalificación directa a la máxima autoridad de la Iglesia católica —el primer papa nacido en Estados Unidos— erosionan el respaldo de una base que históricamente le brindó lealtad incondicional. La historia demostró, desde Juan Pablo II en adelante, que subestimar la influencia moral y política del papado es un error de cálculo que puede tener consecuencias devastadoras.










