La política sin alma: el verdadero riesgo de la Argentina

Por Juan Martín Garay (*)

Mientras se discuten números y ajustes, la Argentina atraviesa una crisis más profunda: la pérdida de sentido ético en la política. Sin una guía clara, no hay rumbo posible.



Una crisis que va más allá de la economía

La Argentina no atraviesa solamente una crisis económica. Tampoco es únicamente una crisis política. Lo que está en juego —una vez más— es algo más profundo: una crisis ética que atraviesa a toda la dirigencia y termina impactando directamente en la vida cotidiana de la gente.

Vivimos en un país con enormes potencialidades, pero atravesado por una contradicción persistente entre lo que somos capaces de generar y lo que efectivamente logramos construir como comunidad. Como si faltara un criterio común, una referencia firme que ordene prioridades y permita distinguir lo esencial de lo accesorio.

Entre la desconfianza y la antipolítica

El escenario actual muestra una política atrapada entre dos extremos peligrosos. Por un lado, una dirigencia desacreditada, que arrastra errores propios que nunca terminaron de resolverse. Por otro, una reacción que propone reemplazarla por lógicas de mercado, tecnocracia o liderazgos personalistas.

En ambos casos, el problema es el mismo: la ausencia de una ética pública que ordene el rumbo colectivo. Cuando la política pierde su dimensión humana, se vuelve una estructura vacía. Funciona, pero no orienta. Administra, pero no conduce.

La advertencia: sin humanismo no hay política

El psicólogo Hugo Polcan lo plantea con claridad: la política necesita respaldarse en una filosofía humanista. No como consigna, sino como principio rector. Porque cuando desaparece la mirada sobre la persona concreta —el trabajador, el jubilado, el joven que no encuentra oportunidades—, la política pierde legitimidad.

Lo estamos viendo. Se habla de eficiencia, de equilibrio fiscal, de variables macroeconómicas. Pero cada vez menos de las consecuencias humanas de esas decisiones. Tal vez porque se ha perdido la costumbre de medir con justicia el impacto real de cada decisión.

La crisis de representación no es casual

La desconfianza social no apareció de un día para el otro. Es el resultado de años en los que muchas veces se confundió gestión con marketing, conducción con imposición y poder con privilegio.

Pero también es consecuencia de una reacción que, en nombre de la antipolítica, termina debilitando aún más la herramienta que debería ordenar la vida en común. Porque la política no desaparece, pero sí puede perder su forma, desviarse de su propósito y alejarse de aquello que le da sentido. Y eso es lo que hoy está en juego.

Democracia estable, pero insuficiente

La Argentina ha logrado sostener más de cuarenta años de democracia. Eso no es menor. Pero la estabilidad institucional, por sí sola, no alcanza. Si no hay resultados concretos en términos de desarrollo, equidad y calidad de vida, la democracia pierde densidad. Se vuelve formal, pero no efectiva.

Sin bases sólidas, cualquier construcción —por más importante que parezca— termina mostrando fisuras. Y ahí vuelve a aparecer el problema de fondo: la ética. Sin ética, no hay confianza. Sin confianza, no hay representación. Y sin representación, no hay sistema político que se sostenga.

Volver a una política con sentido

El desafío no es solo económico ni mucho menos electoral. Es reconstruir un sentido. Volver a dotar a la política de valores, de contenido, de propósito.

No se trata de negar errores ni de mirar hacia otro lado. Se trata de asumir responsabilidades y trabajar sobre ellas: corrigiendo, mejorando, dando forma a algo mejor.

La Argentina necesita una política que vuelva a poner en el centro a la persona. Que entienda que gobernar no es solo administrar, sino también conducir con sentido humano.

La pregunta que define todo

En medio de tantas discusiones, hay una pregunta que sigue sin respuesta clara: ¿Para quién se gobierna? Si la política no puede responder eso con honestidad y coherencia, todo lo demás pierde sentido.

Porque el verdadero riesgo no es solo el fracaso de un gobierno. Es algo más profundo: que la política termine perdiendo su razón de ser. No dejemos que eso ocurra. De nosotros depende. Lo nuestro es la gente.

 

(*) Abogado y Concejal. Vicepresidente 1° del HCD de Concepción del Uruguay. Presidente del Bloque “Juntos por Uruguay” – P J.