
Arquitecto – Docente
En ‘Sam Altman y la ley de Moore para todo’, publicado en esta hoja el 11 de marzo de 2025, explorábamos las premisas de Altman sobre la drástica reducción del coste de bienes y servicios gracias a la IA, y su propuesta de distribuir esa abundancia mediante un fondo financiado con impuestos a empresas tecnológicas y a la tierra.
En esta segunda parte se aborda la urgencia de una adecuada arquitectura política, económica y social para que esa abundancia no derive en una distopía de exclusión y dominación. Desde la publicación de aquel manifiesto de Altman en 2021 que citábamos en la primera parte hasta este presente de 2026, el desarrollo exponencial de la Inteligencia Artificial no solo ha confirmado las tendencias, sino que ha pulverizado los cronogramas más optimistas.
IA que transforma el trabajo y la transferencia de valor
Lo que en 2021 parecía una especulación teórica de Sam Altman, hoy es una realidad tangible. El último año ha marcado un punto de inflexión con el desarrollo de modelos de lenguaje que ya no solo «imitan» el pensamiento, sino que ejecutan tareas complejas de razonamiento médico, legal y técnico.
Andrew Yang, excandidato presidencial en los Estados Unidos, ha recalibrado su discurso. Ya no habla solo de un «Bono» para paliar la pobreza, sino de un Dividendo de la IA.
Si en su momento su propuesta parecía una respuesta defensiva ante la pérdida de empleos industriales, sus declaraciones en el último año han dado un giro cualitativo. Yang sostiene ahora que la IA representa la mayor transferencia de valor de la historia hacia unas pocas corporaciones tecnológicas.
La Inteligencia Artificial se entrena con la suma de la cultura humana: nuestros libros, nuestras fotos, nuestros datos. Yang argumenta que, si la materia prima de la riqueza del mañana son nuestros datos colectivos, el beneficio debe retornar de forma automática a cada ciudadano. Esta idea se ensambla perfectamente con el American Equity Fund propuesto por Altman. Ya no hablamos de una transferencia asistencialista, sino de una retribución por propiedad intelectual colectiva. La propuesta es clara: si la IA puede realizar el trabajo de miles de profesionales en segundos, la renta generada por esa eficiencia debe alimentar un fondo que garantice un piso de dignidad.
La importancia del suelo y la captura de plusvalías
Además, existe un mito persistente sobre la «inmaterialidad» de la Inteligencia Artificial. Sin embargo, el desarrollo exponencial del último año ha revelado una realidad física contundente: la IA demanda una cantidad masiva de energía, agua para refrigeración y suelo. Los centros de datos —los «templos» de esta nueva era— son infraestructuras gigantescas que requieren ubicaciones estratégicas, recursos naturales y conectividad.
Resulta fascinante observar cómo Altman rescata la figura de Henry George para sostener su esquema fiscal. A menudo se piensa que en una economía digitalizada y «desmaterializada», la tierra pierde relevancia. Nada más alejado de la realidad. Altman comprende una paradoja fundamental: a medida que la tecnología abarata el software, el hardware y la energía (la «Ley de Moore para todo»), el valor se desplaza hacia lo que no se puede reproducir mediante algoritmos: el suelo urbano bien localizado.
Altman propone capitalizar su fondo gravando tanto a las empresas como al valor de la tierra. Pero es necesario precisar el concepto georgista: lo que debe gravarse no es la inversión productiva (los edificios o los servidores del data center), sino el valor del suelo libre de mejoras.
Al gravar la tierra —ese recurso de oferta fija que nadie creó—, capturamos la renta que se genera por el simple hecho de que la sociedad y la tecnología progresan a su alrededor. Si una empresa de IA decide instalar un centro de datos en una región, el valor de la tierra circundante se dispara, no por el esfuerzo del dueño del lote, sino por la infraestructura y la demanda tecnológica externa. Gravar ese valor del suelo «desnudo» permite financiar el dividendo social sin castigar la innovación ni la construcción. Es el incentivo perfecto: penaliza la especulación del suelo y fomenta la inversión en capital productivo.
El crecimiento de la riqueza generado por la IA se capitaliza, inevitablemente, en el valor de los terrenos donde la gente quiere vivir y disfrutar de los beneficios de esa nueva sociedad. Si no capturamos esa plusvalía el dividendo tecnológico terminará siendo absorbido por los propietarios de la tierra en forma de rentas inmobiliarias más altas. El esquema de Altman no es solo una herramienta de recaudación, sino un mecanismo de justicia distributiva que impide que la especulación inmobiliaria se convierta en el sumidero de las ganancias de la inteligencia artificial.
El escenario de 2026 nos muestra un sistema tributario diseñado para un mundo que ya no existe. Seguimos intentando financiar el Estado de bienestar mediante gravámenes al trabajo y al consumo.
En el paradigma de la «Ley de Moore para todo», el trabajo humano deja de ser la principal fuente de valor agregado. Por lo tanto, gravar el trabajo es castigar una actividad en retirada. La propuesta de Altman y las advertencias de Yang coinciden: debemos desplazar la carga fiscal hacia la renta de la IA y hacia la renta de la tierra. Si además el impuesto a la IA se paga y redistribuye en acciones, el ciudadano se convierte en dueño directo del progreso. Si a la empresa tecnológica le va bien, el fondo soberano aumenta su valor y, consecuentemente, el dividendo que recibe cada individuo. Es la socialización de los beneficios del progreso a través de la propiedad, no de la burocracia.
Hacia un capitalismo de IA para todos
La transición no será sencilla. La resistencia de algunas élites y el escepticismo generalizado son obstáculos reales. Aquí es donde la «tecnificación de la política» se vuelve vital. Necesitamos sistemas transparentes para gestionar estos fondos de equidad y asegurar que la distribución sea equitativa y libre de clientelismo.
Andrew Yang insiste en que este «capitalismo para todos» debe ser descentralizado. El dinero debe llegar directamente a las cuentas de los ciudadanos, permitiendo que cada persona elija cómo invertir su tiempo: en educación, en cuidados, en arte o en nuevos emprendimientos. La IA nos otorga, por primera vez en la historia, el potencial de divorciar la supervivencia económica del empleo alienante.
Si el futuro va a ser, como predice Altman, «casi inimaginablemente grandioso», no será por generación espontánea. Será porque habremos tenido la madurez política de entender que la inteligencia de las máquinas es una herencia común. La Ley de Moore para todo no debe ser solo una métrica de potencia de cálculo; debe ser una ley de progreso social. El desafío es pasar de una economía de la escasez a una economía de la abundancia, donde la tierra, el trabajo y el capital se pongan, finalmente, al servicio del desarrollo humano integral.
Fuentes:
Altman, Sam. «Moore’s Law for Everything.» Sam Altman (Blog), 16 de marzo de 2021. https://blog.samaltman.com/moores-law-for-everything.
George, Henry. Progreso y miseria: Indagación acerca de la causa de las crisis industriales y del aumento de la falta de trabajo con el crecimiento de la riqueza. El remedio. Madrid: Civitas, 2018.
International Energy Agency (IEA). «Data Centres and Data Transmission Networks.» IEA Reports, 2025. https://www.iea.org/reports/data-centres-and-data-transmission-networks.
Yang, Andrew. «The Data Dividend and the AI Era.» Forward Party Perspectives, 12 de enero de 2026. https://www.forwardparty.com/perspectives/data-dividend.










