Una democracia sin diálogo

Por Juan Martín Garay (*)

 

El reciente fallecimiento del filósofo Jürgen Habermas disparó una serie de análisis sobre su obra, la que bien puede servir para interpretar a la Argentina actual de “la palabra rota”.



CUANDO LA COMUNICACIÓN DEJA DE BUSCAR VERDAD Y SOLO BUSCA IMPONERSE

En tiempos donde la política se grita más de lo que se piensa, volver a Habermas no es un ejercicio académico: es una necesidad urgente.

Habermas sostuvo que una sociedad democrática no se sostiene solo en instituciones, sino en algo más profundo: la calidad de su comunicación. Su teoría de la acción comunicativa plantea que el lenguaje no debería ser un instrumento de manipulación, sino un medio para alcanzar entendimiento entre ciudadanos libres e iguales. Es decir, la legitimidad política no nace de la fuerza ni del marketing, sino del “mejor argumento”.

Pero esa idea —tan potente como exigente— parece hoy en crisis.

LA PALABRA COMO CAMPO DE BATALLA

En la Argentina actual, la comunicación política se ha desplazado peligrosamente desde la búsqueda de consensos hacia la lógica del enfrentamiento permanente. La esfera pública —ese espacio donde los ciudadanos deliberan sobre lo común— se ha degradado en un escenario de slogans, operaciones y descalificaciones.

Habermas advertía que cuando la comunicación se distorsiona, la democracia pierde su base de legitimidad. Porque la esfera pública no es solo visibilidad: es discusión racional. Cuando eso se rompe, lo que queda no es debate, sino ruido.

Por eso hoy vemos dirigentes que hablan para sus propios públicos, no para convencer al otro. Medios y redes que amplifican el conflicto en lugar del argumento. Y ciudadanos atrapados en burbujas donde la verdad importa menos que la identidad. No hay diálogo: hay trincheras.

DE LA DEMOCRACIA DELIBERATIVA A LA DEMOCRACIA DEL ALGORITMO

Uno de los grandes aportes de Habermas fue su idea de democracia deliberativa: un sistema donde las decisiones se legitiman a través del intercambio público de razones. Pero ese ideal choca hoy con una realidad distinta.

Las redes sociales —que prometían ampliar la esfera pública— muchas veces la fragmentan. El propio Habermas, en sus últimos años, advirtió sobre el impacto de la digitalización en la calidad del debate democrático.

En Argentina, esto se traduce en una política cada vez más condicionada por la lógica viral, la simplificación extrema y la emocionalidad por sobre la argumentación. La consecuencia es clara: se decide más rápido, pero se entiende menos.

UNA SOCIEDAD QUE DISCUTE SIN ESCUCHAR

El problema no es solo de la dirigencia. Es netamente cultural. Habermas pensaba la comunicación como un proceso donde cada participante reconoce al otro como interlocutor válido. Ese reconocimiento hoy está en crisis. Lamentablemente, en la Argentina, el adversario político ya no es alguien con quien debatir, sino alguien a quien desacreditar. Así lo piensa cierta dirigencia.

Cuando eso ocurre, como ahora, la política deja de ser construcción colectiva y se convierte en imposición. Y allí aparece el riesgo mayor: una democracia formalmente vigente, pero vaciada de sentido. Sin diálogo ni respeto.

RECUPERAR LA PALABRA, RECUPERAR LA POLÍTICA

La reciente muerte de Habermas reactivó una pregunta incómoda: ¿es posible todavía una esfera pública racional en sociedades atravesadas por la polarización? La respuesta no es sencilla, pero sí clara en un punto: sin diálogo real, no hay democracia sustantiva.

Argentina necesita menos épica discursiva y más ética comunicativa. Menos consignas y más argumentos. Menos enemigos y más interlocutores. Porque, en definitiva, como enseñó Habermas, una sociedad no se define solo por lo que decide, sino por cómo lo discute.

Y hoy, más que nunca, el problema argentino no es solo social, político o económico. Es, profundamente, un problema de comunicación y, ante todo, humano.

 

(*) Abogado y Concejal. Vicepresidente 1° del HCD de Concepción del Uruguay. Presidente del Bloque “Juntos por Uruguay” – P J.