A 50 años del golpe de Estado, familias de víctimas de la última dictadura lograron identificar restos de sus seres queridos en el ex centro clandestino de detención «La Perla», en Córdoba. Sus testimonios revelan una paradoja profunda: aunque el hallazgo cierra un círculo de décadas de incertidumbre, la herida no se cierra porque la memoria debe seguir viva y la lucha continúa por los 30.000 desaparecidos.
Hipólito Atilio Valverde, hijo de Eduardo Valverde Suárez (abogado, delegado de la FUA y fundador de la ADA), desaparecido el 24 de marzo de 1976, expresa: «Me preguntan por qué no cierro estas heridas y la realidad es que no tengo interés en que cierren. Necesito que se vean, que esta sangre no sea olvido sino presente». La familia no tenía esperanza de encontrar restos porque Eduardo fue de los primeros desaparecidos y los métodos de los militares cambiaron con los años. Sin embargo, su ADN dio positivo. Atilio relata que «flotó» de la emoción, sintió alegría por las familias que todavía buscan, y lloró «de lugares que uno no conoce».
Oscar Omar Reyes, ingeniero mecánico y militante comunista, fue secuestrado el 18 de octubre de 1977 en Córdoba. Su hijo Rodolfo, de 6 años entonces, recuerda cómo su madre «se ponía delante nuestro para protegernos». Tras el hallazgo, afirma: «Dejamos de ser hijos de desaparecidos y ahora somos hijos de un asesinado por la dictadura. Voy a tener, en mis bajones, dónde hablar o con quién… Aunque sea un pedacito de tierra, será nuestra pequeña sepultura». En el juicio, un sobreviviente relató que Oscar nunca delató a nadie bajo tortura: «Sentí alegría y orgullo, él nunca iba a traicionar a nadie».
Mariana Sanmartino, sobrina de las mellizas Adriana y Cecilia Carranza (secuestradas en mayo de 1976 a los 18 años), cuenta que un diente hallado confirma que estuvieron cautivas en «La Perla», pero no se puede determinar a cuál de las dos pertenece. «Tal vez nunca sepamos de quién es ese diente, pero para gran parte de la familia esto es un cierre. Para quienes estamos más ‘enroscadas’, no». Su madre, de 88 años, esperaba «cumplirle a los viejos el llevarles a las nenas a la tumba». Mariana destaca que la lucha sigue: «Acá no se terminó nada. Se cierra un círculo, sí. Llegamos a un punto al que no pensábamos que íbamos a llegar pero ahora se sigue con más fuerza. Hay que hablar de los 30 mil y de todas las familias rotas».
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