La lección del Minotauro y del laberinto de Creta

Por: Hernán Rodríguez Vagaría (*)

“… híbrida especie y malvada criatura era. Con doble naturaleza de toro y mortal…” Eurípides.



“… y aunque el mito que narra estos hechos resulta increíble, hemos decidido, sin embargo, no pasarlo por alto…” Diodoro de Sicilia, Libro IV, Dédalo en Creta.

“…Lo de más allá, fantástico y patético, lo habitan poetas y mitógrafos y ya no ofrece garantía ni evidencia…” Plutarco, Libro I, Teseo.

“…Dioses que se meten en toros. ¡Que linda invención! Lo mismo es ir al templo. Vengo del templo. Contemplo. Doy al templo, y lo interior es todo vicio y error…” Lope de Vega, el Laberinto de Creta.

Tenemos ojos para ver (como nos dijo Mateo 13,9) y queremos ver (pero no vemos), como el Minotauro a la salida. Queremos ver y por eso nos engañamos con mitos y fábulas para poder ver más lejos. Para ver lo que no vemos con los ojos abiertos. La del Minotauro es, sin dudas, una tragedia dentro de otra más basta (como cada vida que pasa). Y ninguna de ellas fue cierta (o sí). La verdad, la mentira, la realidad y la fantasía son irrelevantes para un mito. También lo son para las fábulas pero éstas tienen moraleja. Los mitos, en cambio, son historias que merecen ser contadas y aprendidas (en cada pueblo). Esconden sus enseñanzas en el drama (la tragedia) de los hombres que vivieron (y murieron) con los Dioses.

¿A dónde nos lleva el Big Bang, LUCA, la Eva Mitocondrial y el Adán Cromosómico sino también al laberinto de Creta? Las llaves no hacen a la prisión. La isla es una prisión sin puertas y también todo nuestro planeta. Lo sabía Dédalo que huyó de Creta y lo sabía Minos que salió a perseguirlo. También el Inframundo es un laberinto.

“…La bajada al Averno es cosa fácil. La puerta del sombrío Plutón está de par en par abierta noche y día, pero volver pie atrás y salir a las auras de la vida, eso es lo trabajoso… Solo unos pocos (…) amados por Júpiter (…) lo lograron…”. (Eneida, Libro VI, Respuesta de la Sibila).

Conmovedor (o perturbador) resulta que todos los hombres (hombres y mujeres) compartamos un ancestro femenino común (Eva Mitocondrial) que vivió aproximadamente hace 200 mil años (en el noreste de África) y un ancestro masculino común (Adán Cromosómico) que vivió 50 mil años antes o después que ella (en el sur de África). Es conmovedor (y perturbador) porque todos los hombres y mujeres que conocemos (las personas contemporáneas) nacieron de una madre que desciende de Eva y de un padre que desciende de Adán. Por azar o por mérito propio, los encantos vitales de nuestra Eva Mitocondrial y de nuestro Adán Cromosómico aseguraron la continuidad ininterrumpida de nuestra especie, generación tras generación, pueblo tras pueblo, haciéndonos parte de una única y persistente familia (de caníbales, invasores y sobrevinientes), sin lugar para el Minotauro.

Pasífae, esposa de Minos, estaba viva y lloró cuando Androgeo (Ἀνδρόγεως), hijo de ambos, murió cerca de Tebas. Estaba viva cuando Dédalo arrojó a su sobrino por un precipicio (crimen por el que tuvo que huir de Atenas) y cuando Egeo, padre de Teseo, se arrojó por un acantilado (cuando creyó muerto a Teseo). Pasífae, todavía lloraba a su otro hijo, el Minotauro, cuando Ícaro cayó al mar (poco después de escapar de Creta) y cuando Ariadna murió de pena (en otra isla).

Minos, hijo de Europa, era rey de Creta cuando nació el Minotauro pero no pudo matarlo ni se animó a encerrarlo bajo llave. Tampoco pudo repudiar a Pasífae porque sus pecados le recordaban a su madre y porque el Minotauro, su hijastro, bien podía ser rey y también su medio hermano (otro hijo de Zeus). Minos debía convivir o rebelarse a su destino. Eligió esconderlo y rumiar su vergüenza, masticar su venganza. “…Cada uno es su propio Dios: La Fortuna rechaza las suplicas de quien no hace nada…”, admitió Escila, despechada por Minos.

Todos los seres vivos (animales y plantas) de nuestro planeta compartimos un ancestro común que vivió aproximadamente hace 4.200 millones de años (LUCA -Last Universal Common Ancestor-). Por ello sabemos que la vida que late en cada uno de los animales y plantas de nuestro planeta, irrumpió una única vez – hace 4.200 millones de años- y nunca más. Los únicos seres vivos que conocemos descendieron de LUCA porque nuestro planeta nunca conoció (ni engendró ni cobijó) otra forma de vida. La vida en la Tierra desciende de una misma llama (o soplo divino) que se ha mantenido encendida, generación tras generación, especie tras especie, haciéndonos parte de una única y persistente familia (de caníbales, invasores y sobrevivientes), sin lugar para el Minotauro.

Teseo, hijo de Etra y Egeo, desembarcó en Creta con 13 jóvenes. Fueron llevados porque eran la ofrenda y el tributo que abonaba Atenas a Creta cada 9 años. La venganza de Minos: La memoria de Androgeo. Teseo no fue a Creta por azar sino por decisión. Si moría el Minotauro terminaría el castigo para Atenas. Egeo le rogaba que no fuera pero no pudo convencerlo. No se volvieron a ver. Hoy, a la distancia, resulta verosímil pensar que Ariadna estaba enamorada de Teseo tanto como enamorada del Minotauro. El hilo sirvió para que aquel regresare (vivo) pero también podría haber servido para que éste saliera (vivo). No conocemos la versión del Minotauro ni tampoco la de Ariadna. La historia que sobrevivió y llegó a nuestros días, es la que escribió Teseo con la misma mano que mató al Minotauro y con la misma mano que tomó Heracles para rescatarlo del Hades. Pasífae y la lujuria bubalina de Pasífae ya eran una leyenda cuando Teseo resbaló (o lo arrojó Licomedes) en un barranco de la isla de Esciros en donde encontró su muerte (y la inmortalidad).

¿Será cierto acaso que no somos de nuestro planeta sino del espacio exterior? ¿Migramos alguna vez en soledad (¿desde donde?) junto a un asteroide o un cometa (¿por cuánto tiempo?) antes de recalar, germinar y comenzar a transformar la Tierra desde entonces? Es conmovedor (y otra vez perturbador) porque todas las especies que conocemos (hoy casi todas extintas) se han comportado como inquilinas. Las diferencias entre las especies no son tantas como las similitudes. Todas somos caníbales, invasoras y sobrevivientes. Es la vida toda (y no solo la de los hombres), la que se apoderó de un planeta hospitalario y yermo para moldearlo desde entonces: “…ésta es la señal de la alianza que hago con ustedes y con todos los seres vivientes que viven con ustedes…” (Genesis 9, 12). “…Sean fecundos, multiplíquense, llenen la tierra y sométanla…” (Genesis 1, 28). Nada cambia en esta historia si Dios fuere jardinero o alfarero.

El Minotauro, híbrido como la mula, el ligre y el tigón, y tan híbrido como los hombres actuales, mezcla de sapiens, neandertales y denisovanos, no fue aceptado por Minos. Minos, era implacable con todos (y por eso es Juez de los muertos en el Averno). Dante (que sospechaba de su humanidad) lo describió con cola de rumiante. Vivió sus días hirviendo de rencor desde la muerte de Androgeo y el nacimiento del Minotauro. Y así murió. Hirviendo en una tina caliente, preparada por las hijas de Cócalo, en la casa de Cócalo (quien cobijó a Dédalo cuando huyó de Creta).

Difícil es recordar pero también perdonar.

Muchos se resisten a aceptar que Dios “…modeló al hombre con arcilla del suelo, sopló en su nariz el aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo…” (Genesis 2, 7). Quizás solo plantó la semilla de la vida. Pero salvo por Epicuro y “…tutti suoi seguaci…” (como nos diría Dante en su Comedia) queremos encontrar sentido en la concepción etérea y eterna del alma y en la efímera vulgaridad de nuestra carne corrupta: “…la carne d´Adamo…”. Porque en esa distinción reside la única esperanza frente a la muerte. Dios necesita ser ejemplar y los hombres necesitan esperanza. Todo lo demás es un mito. La lujuria bovina de Pasífae, la “…falsa vacca…”, no es justo reprocharla porque la despertó la ira de Poseidón (contra Minos) y fue posible por la ingratitud de Dédado (hacia Minos, su mecenas). Su lujuria es pequeña frente al libido insatisfecho de las hermanas Ohlá y Ohlibá, enamoradas de sus amantes de una noche con miembro de burro y esperma de sementales (Exequiel 23). El pecado de Pasífae (si le cabe) no fue la verdadera “…infamïa di Creti…” sino la cobardía de Asterio, el Minotauro, que aceptó su mundo sin rebeldía. El laberinto de Creta era su casa y también su laberinto. Como nos pasa a todos. Su crimen y condena fue haber nacido y morir sin esperanza (sin defenderse, diría Borges en boca de Teseo). Fue el primero, el único y el último de su híbrida especie.

Hoy las paredes de aquel laberinto ya no existen pero seguirán allí, en el mito sempiterno, mientras el cuerpo sea nuestro templo y mientras los hombres, cerrando sus ojos, deban enfrentar su laberinto y definir la medida de su esperanza.

 

(*) Abogado y profesor universitario
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