
El gran economista John Maynard Keynes argumentó en su ensayo de 1930 “Posibilidades económicas para nuestros nietos”, que “la humanidad está resolviendo su problema económico”. La acumulación de capital y el avance tecnológico habían puesto el nivel de vida en una trayectoria ascendente que, según Keynes, pondría fin a “la lucha por la subsistencia” en 100 años.
La perspectiva de resolver este problema económico llenaba a Keynes de temor. La humanidad, afirmó, “será privada de su propósito tradicional”. Keynes temía que “los hábitos e instintos del hombre común, inculcados en él durante incontables generaciones, podría desecharse en unas pocas décadas”, y predijo que la sociedad experimentaría “una ‘crisis nerviosa’ general”.
Brink Lindsey, vicepresidente del think tank libertario Niskanen Center, en su nuevo libro, “El problema permanente: La transición incierta de la abundancia masiva al florecimiento masivo”, sostiene que las predicciones de Keynes se han cumplido: las democracias liberales adineradas han resuelto el problema de la provisión material, y ahora están sufriendo una crisis nerviosa.
Según Lindsey, los ricos de hoy sufren de sobrepeso y obesidad, son adictos a sus teléfonos y tienen habilidades de alfabetización en declive, así como un coeficiente intelectual bajo.
En comparación con generaciones anteriores, experimentan peores resultados en salud mental, tienen menos amigos cercanos y pasan más tiempo solos y menos tiempo teniendo sexo. También tienen menos probabilidades de casarse, procrear y asistir a servicios religiosos, mientras que tienen más probabilidades de sufrir sobredosis de drogas. Estas sociedades muestran dinamismo reducido, un crecimiento de la productividad más lento, crecientes divisiones de clase y una caída de la confianza en el gobierno y el sistema democrático.
“Para decirlo sin rodeos”, escribe Lindsey, “la sociedad se está desmoronando”.
La valoración de Lindsey es coherente con los argumentos de los comentaristas post-liberales de que el capitalismo democrático está agotado, un experimento fallido y un obstáculo para el florecimiento humano.
La era de las maravillas
El argumento de que el capitalismo está agotado tiene su raíz en la preocupación generalizada de los últimos años sobre la capacidad de las economías avanzadas para seguir innovando. Esa preocupación parece infundada en nuestra actual era de maravillas, con los fármacos GLP-1 para la diabetes y la pérdida de peso, así como el rápido progreso en tratamientos para enfermedades potencialmente mortales como el Alzheimer y el cáncer. Luego está la IA generativa, que incluso las previsiones más pesimistas esperan que aumente notablemente el crecimiento de la productividad.
La crítica postliberal identifica muchas áreas de preocupación genuina, pero no cuenta toda la historia, es decir, que las sociedades democráticas adineradas están mejor que nunca en muchos indicadores importantes. Por ejemplo, la esperanza de vida en los países desarrollados está aumentando de nuevo, tras una caída durante la pandemia, y ahora es mayor que en los años 90, cuando el apoyo al neoliberalismo estaba en su apogeo. Además, la tasa de mortalidad por enfermedades cardíacas está descendiendo. Lo mismo que se reducido la tasa de delitos violentos.
Al mismo tiempo, los trabajadores en esas economías prósperas tienen muchos más días de vacaciones que en el pasado.
El “problema permanente” para el hombre, escribió Keynes en 1930, no es la lucha por la subsistencia. Es “cómo usar su libertad frente a preocupaciones económicas urgentes, cómo ocupar el ocio, que la ciencia y los intereses compuestos le habrán proporcionado, para vivir bien, con sabiduría y amabilidad”.
Los comentaristas postliberales piensan que el capitalismo democrático ha fracasado en este aspecto. Lindsey sostiene: “Cuando el reto era combatir la escasez material, el capitalismo cumplió. Ahora, sin embargo, cuando la tarea es convertir la abundancia material en riquezas espirituales generalizadas, está a la deriva”.
Tal vez Keynes (y Lindsey) cometieron un error conceptual crucial al asumir que la lucha por la subsistencia precede a la lucha por vivir bien. Es más preciso pensar que ocurren simultáneamente. Al fin y al cabo, la filosofía moral seria se remonta al siglo V a.C., aunque los antiguos griegos no dominaban la provisión material.
Tampoco deberíamos concluir —como predijo Keynes y Lindsey afirma— que la lucha por la subsistencia ha quedado atrás. Vivir a nivel de subsistencia es mucho más caro en 2026 que en 1800. No hemos resuelto el “problema económico” —y probablemente nunca lo haremos— porque los bienes y servicios considerados “necesidades básicas” crecerán y se expandirán con el tiempo.
Dos cosas son ciertas: en relación con nuestros antepasados, ocupamos un mundo de abundancia material. Y no estamos viviendo tan sabiamente ni tan bien como podríamos.
Pero lo primero no ha causado lo segundo.












