Las sandalias de Narmer o la historia olvidada del hombre-peatón

Un ensayo que recorre la antigüedad clásica, los relatos fundacionales y la iconografía egipcia para rescatar una figura olvidada: el hombre-peatón. Desde Narmer hasta los Evangelios, una reflexión profunda sobre el poder, el cuerpo y la memoria que aún caminan con nosotros.

 



Por: Hernán Rodríguez Vagaría (*)

“…En Biología, en Civilizaciones, en Lingüística, por todas partes, tal la goma en manos de un artista, el Tiempo borra cada línea débil en los diseños de la Vida. Por medio de un mecanismo, cuyo detalle, en cada caso, parece evitable y accidental, pero cuya universalidad prueba que refleja una condición fundamental de nuestro conocimiento, los embriones, los pedúnculos, las fases iniciales de crecimiento, sean cuales fueren, van desapareciendo, hacia atrás, a nuestra vista. Fuera de las máximas ya fijadas, fuera de las culminaciones consolidadas, nada (ni en forma de testigos, ni tampoco en estado de huellas), subsiste de lo que ha existido antes que nosotros. Dicho de otro modo, solo las prolongaciones terminales de los abanicos se continúan hasta el presente por medio de sus supervivientes o de sus fósiles…”. Teilhard de Chardin, cap II, el fenómeno humano.

La antigüedad nos ha legado imágenes indelebles que reverberan y pueden sentirse todavía. Vívidos recuerdos, épicas batallas, lágrimas sin consuelo y tragedias que nos dejan el gusto de la esperanza. Alguno dirá que nos han llegado de la antigüedad solo unas pocas líneas, algunas piedras, algunas esculturas, unas breves palabras, y algún que otro nombre. Otros, con otras palabras, dirán que no ha llegado casi nada. No es tanto, es cierto, pero lo que tenemos enfrente es un puente inagotable que nos une con el pasado.

Los egipcios sabían que el “nombre” es una palabra mágica y distinta de las otras. Con los años y sus jeroglíficos se convencieron de que el “nombre” es la verdadera barca que nos conduce al olvido o hacia la eternidad. Como nos enseñó el Génesis, detrás de cada “nombre” hubo un doloroso parto, una vida de cardos y sinsabores, y un instante en el que ese hombre, esa mujer (de quien nos llegó su nombre), mordió el polvo de su propia muerte. Esa vida, esa muerte nos interpelan porque nos enfrentan a nuestra propia vida y a nuestra propia muerte.

Las otras palabras (que no son nombres) también tienen su magia y nos transportan al pasado porque cargan las sugerencias de todo lo que podemos (y debemos) imaginarnos a partir de ellas.

Podemos así sentir la furia del mar devorando a los jinetes del faraón, en las páginas del Éxodo. Y podemos así, entrecerrando los ojos, oler la polvareda suspendida frente a las murallas de Troya, mojada por las lágrimas de Príamo junto al cuerpo tibio de Héctor, y sentir la respiración agitada y triunfal del Pélida Aquileo, en las páginas finales de la Ilíada.

No es una novedad decirlo pero el sentido común de nuestros pueblos se forjó entre los pliegos de sus historias fundacionales. Y por ello, alguien se tomó el trabajo de contarnos en el Viejo Testamento que Abel, el pastor, murió en manos de Caín, el labrador. ¿No fue acaso Rómulo, el augur legislador, quien mató a su hermano Remo por incumplir la ley mientras nacía el Derecho Romano? La tragedia pírrica de Aquiles, el de los pies ligeros, consistió en matar a Héctor, el domador de caballos.

La historia de Occidente galopa desde entonces (nótese, como estandartes literarios del cambio de época, a la argucia elegida por los griegos para entrar en Troya y a los barcos de Odiseo cabalgando las aguas del ancho y venturoso mar para regresar a su hogar) pero hubo un tiempo en el que reyes y reinas no tenían caballos para montar, cetros, coronas ni tronos.

La historia del hombre-peatón es una historia que no está oculta ni ausente en ninguna de las obras clásicas pero requiere mayor atención para no perderla de vista. La historia del hombre-peatón no solo atraviesa los siglos con sus propias contradicciones de dominación, resistencia, humildad y erotismo (como sucede con la historia del hombre-jinete), sino que, la historia del hombre-jinete pudo alcanzar formas sublimes (épicas) porque reposa sobre la estética mayoritaria de los hombres-peatones y contrasta contra ella.

No existe una lucha inconciliable entre caballeros y plebeyos pero resulta innegable que la profundidad del contraste permite colorear gran parte de las historias del Hombre de Hierro hasta el presente. Millones de años luchó nuestra especie para ponerse de pie como para no desconfiar y, a la vez, dejarse domar por las figuras ecuestres. La caballería es una ciencia bélica que no lleva más que cuatro mil años.

Es en ese contexto que debemos entender la naturaleza violenta del cetro y de la caballería en nuestra historia, en contraste con la majestuosa autoridad de las piernas y de los tobillos de las ninfas.

En con ese contexto presente que podemos entender mejor porque Hesíodo decidió comenzar su Teogonía refiriéndose a los delicados pies de las Musas Heliconíadas y porque Homero se detuvo a describir las hermosas sandalias de Atenea en el primer canto de la Odisea. Desde que caminamos, nos gustan las piernas y nos dejamos dominar por ellas. Una fuerza primitiva y legítima que nos domina dulcemente. El verdadero santo grial del softpower.

Contra ese poder, la tuvo fácil el cetro primero y la caballería después. Nada pudieron hacer las piernas ni las patadas contra el poder destructivo del garrote y del machete. El nuevo poder se burló de la vieja autoridad tildándola de hipnótica y complaciente. Nos avergonzamos y nada pudimos decir cuando nos dijeron que vivíamos bajo la misma dominación que subyuga a los perros, entre las piernas de los amos.

En un comienzo los imperios no necesitaron caballos para prosperar y les bastó con el cetro. Lo vimos con las primeras dinastías de Egipto y también con los imperios amerindios. El reinado del cetro duró poco como lo advirtieron las Amazonas, despeinadas y con su torso al viento. La caballería rápidamente pasó por encima a la infantería y desde entonces la carrera armamentística no ha podido detenerse. Ni podrá. El hardpower se sostiene por la amenaza que representa y que debe seguir cundiendo.

Como pasa con la poesía, todo lo dicho resulta incierto. Pero cuando visites los Evangelios de Juan y de Lucas, otro significado le darás a la prostituta que lava reclinada los pies a Cristo, con sus lágrimas, su pelo y su exquisito perfume. Otro significado le darás a Jesús lavando los pies a sus discípulos. Cuando visites Egipto, te detendrás a mirar la paleta de Narmer (primer faraón de Egipto) y encontrarás detrás de él a un testigo exquisito. Es el hombre-peatón, con las sandalias en sus manos, viendo nacer una nueva época para los hombres.

(*) Abogado y profesor Universitario.

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